Opinión

  • | 1999/11/19 00:00

    Negociación y ética

    La sociedad colombiana tiene que aprender a compartir un proyecto común.

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Empezó la negociación de la paz. En principio, los negociadores tienen una agenda, que no es más que una for

ma organizada de plantear en doce puntos lo que en pocas palabras alguien ha descrito como "se negocia todo, menos la democracia y la soberanía nacional". Nos corresponde preguntarnos cómo va a ser esa negociación, de casi todo, en manos del equipo compuesto por los cinco representantes del gobierno, que reclama la representación de la mayoría de los colombianos que se expresan por medio de elecciones democráticas desde hace muchos años, y los tres integrantes de las Farc, que se declaran voceros del pueblo que sufre los rigores de una sociedad injusta.

La idea consiste entonces en que los negociadores se van a apoyar en el trabajo de los comités temáticos que coordinan el ministro Néstor Humberto Martínez y el comandante Iván Ríos. Los integrantes

de estos comités recorrerán el país y, por todos los medios posibles, recogerán las recomendaciones, observaciones y peticiones de los ciudadanos y las pondrán a disposición de los integrantes de la mesa central, que tendrán la libertad de decidir qué les sirve, y qué no les sirve.

Es evidente que hemos puesto en muy pocas manos una responsabilidad gigantesca. Así, mientras la sociedad civil tiene las marchas como único medio de expresión, el poder real descansa en la sabiduría de los negociadores. De repente, y después de todos los esfuerzos que hemos hecho para llegar a donde estamos, me asalta una inquietud, pues siento que estamos ignorando un punto central para el eventual éxito en el proceso de paz: ¿Qué somos hoy los colombianos?

Este interrogante no es una extravagancia seudointelectual. Si pretendemos construir un nuevo país, no podemos dejar de lado lo que somos. El error de creer que la construcción es la sumatoria de lo que todos quisiéramos es fatal, pues vuelve a crear unas expectativas que no se corresponden con lo que somos. Acá aparece la ética. Y la definición de Ética Pública Cívica que tiene Adela Cortina, filósofa conocida en esta revista por sus aportes a la ética empresarial, sirve para entender de qué se trata el problema. Dice así: "La ética pública cívica consiste en aquel conjunto de valores y normas que comparte una sociedad moralmente pluralista y que permite a los distintos grupos no solo coexistir, no solo convivir, sino también construir su vida juntos a través de proyectos compartidos y compartir respuestas comunes a los desafíos a los que se enfrentan".

Identificar nuestra maltrecha ética pública cívica es una tarea que no hemos hecho y que tenemos que hacer con premura, si no queremos que las negociaciones se reduzcan a un ejercicio de sordos, entre unos pocos con mucho poder y poca razón, que deciden por la mayoría. Tenemos que

avanzar, las marchas multitudinarias nos permiten decir lo que no queremos, pero encontrar los elementos mínimos que compartimos es el primer y fundamental paso para construir lo que sí queremos. Este es el tipo de tarea que podría asumir un conglomerado de fundaciones empresariales, gremios y otras expresiones organizadas de la denominada sociedad civil. No es tan difícil y todavía estamos a tiempo.
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