Opinión

  • | 1998/11/17 00:00

    ¡Mucho ojo con las pensiones!

    Se está gestando una amenaza contra uno de los pocos avances sociales y el único logro fiscal de los 90: el establecimiento de los fondos privados de pensiones.

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Todavía me es difícil creerlo. Parece una de esas historias de horror del pasado gobierno, pero fuentes de absoluta confianza me aseguran que no, que está ocurriendo en éste. Algunos funcionarios de muy alto rango están planeando hacer lo que no se atrevió a hacer Samper: meterles la mano a los dineros de los pensionados para financiar el déficit fiscal y para apoyar con inversiones forzosas a sectores particulares.



Qué digo planeando. Ya se produjo el primer asalto, en la forma de una torcida de brazo para que los Fondos de Pensiones compraran $253.000 millones en bonos del gobierno (TES) a tasas por debajo de las del mercado. Hay también unas propuestas para obligarlos a invertir en titularización de cartera para vivienda social y se cocinan otras iniciativas para apoyar la reforestación... y quién sabe qué más.



Algunos lectores reaccionarán con sorpresa. ¿Por qué el escándalo? ¿Qué hay de malo en que los ahorros para las pensiones se utilicen para comprar bonos del gobierno, como en tantos otros países, y todavía más para promover la vivienda social, la reforestación u otras inversiones meritorias? Como sé que los funcionarios a quienes les caiga el guante van a salir precisamente con respuestas de ese tipo, quiero dejar las cosas muy claras.



No hay nada de malo, señores, en que los ahorros pensionales se utilicen para inversiones productivas. La esencia del sistema de capitalización individual es, precisamente, que esos fondos se canalicen hacia inversiones, porque si se guardaran en una caja fuerte jamás lograrían el rendimiento necesario para pagar las pensiones futuras. Más aún, aunque esos ahorros ya se están usando muy productivamente, la aspiración de reorientarlos para ciertas inversiones de largo plazo no es ilegítima siempre que se cumplan dos condiciones. Primera, que no se ponga en peligro la seguridad de los recursos. Segunda, que esas inversiones rindan por lo menos tanto como las mejores alternativas.



Incluso aceptando que las inversiones propuestas cumplieran la condición de seguridad (sin lo cual las iniciativas serían criminales), los esquemas que he conocido no satisfacen la condición de rentabilidad. Y eso es obvio: si las inversiones propuestas además de ser seguras pagaran tasas competitivas, no se requeriría que fueran forzosas.



Ahora bien, es cierto que las tasas de interés están por las nubes y que los trabajadores afiliados a los fondos de pensiones están recibiendo, como todos los ahorradores, un rendimiento excelente. Creo que las tasas deben bajar fuerte y rápido para evitar un desastre económico, algo que por fin parece haber entendido la autoridad monetaria. Pero una cosa es propiciar un descenso general de las tasas de interés y otra muy distinta obligar a los fondos de pensiones a invertir en condiciones inferiores a las del mercado. Las reglas de juego del sistema de capitalización individual exigen que los recursos rindan en todo momento las tasas de interés vigentes en la economía.



Perder lo logrado



Recuerdo que hace un lustro, durante la discusión de la reforma pensional, los defensores del statu quo esgrimieron el argumento seudo-científico de que el sistema de capitalización no era viable pues en un horizonte de varias décadas los ahorros no podrían obtener un retorno real mayor que la tasa de crecimiento de la economía en el largo plazo, que no llega al 5% anual.



Quienes sabíamos que la creación de los fondos era esencial para dar a los trabajadores una real opción de futuro y para desactivar la bomba fiscal del ISS, tuvimos que acopiar estadísticas históricas que mostraban que el rendimiento del ahorro en el largo plazo sí podía ser mayor que el 5% y dedicamos muchas horas a exponer las falacias teóricas de los enemigos del cambio. Pero claro, la rentabilidad promedio de largo plazo sí podría resultar insuficiente si, cuando las tasas de interés son altas, se obliga a invertir los ahorros pensionales en condiciones inferiores a las del mercado, que nadie les va a compensar a los trabajadores si más adelante las tasas caen, incluso por debajo del 5% real.



Acabo de mencionar que el interés en desactivar la bomba fiscal jugó un gran papel en la creación del sistema de los fondos privados de pensiones porque, en contraste con el sistema de capitalización individual, el ISS acumula un déficit que se hace más inmanejable cada año que pasa. Una terrible paradoja es que los apremios fiscales inmediatos y el deseo de un Estado paupérrimo de apoyar con recursos privados algunas inversiones meritorias, podrían llevar a que un gobierno modernizador como el de Pastrana destruyera, sin proponérselo, no sólo uno de los mayores avances sociales de los 90, sino su único logro en materia de ordenamiento fiscal.



Porque todo es comenzar. Una vez se vulnere el principio de que las regulaciones a los fondos de pensiones sólo deben imponer límites máximos de inversión, en defensa de la seguridad de los ahorros, y nunca mínimos para canalizar recursos baratos a ciertas actividades, quedará la puerta abierta para que éste y futuros gobiernos entren a saco en los ahorros pensionales, siempre con las mejores intenciones del mundo. A partir de ese momento, la deserción de los trabajadores de los fondos de pensiones y su regreso al ISS no tardaría en producirse, ensombreciendo todavía más las perspectivas fiscales de largo plazo.



Todavía no se han expedido normas que obliguen a los Fondos de Pensiones a trasladar recursos al fisco en condiciones preferenciales, pero sus administradores ya recibieron el mensaje de que lo hacen por la buenas o serán obligados. El momento es crítico. Si el Estado pierde la sindéresis económica, los Fondos deberían conservarla y demostrar su compromiso con los afiliados. Si las autoridades insisten en el desatino, es preferible que lo hagan en forma abierta y que carguen con la responsabilidad de sus acciones.
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