Opinión

  • | 2007/07/19 00:00

    Modelo de subdesarrollo

    Tal vez el Presidente no esté ‘loco’ pero sí estamos bajo un modelo de desarrollo o subdesarrollo que parece diseñado por locos.

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Varios columnistas en sus recientes escritos han sugerido que el Dr. Uribe requiere un análisis psiquiátrico; desde el punto de vista de la oposición, esto no es propiamente broma, puesto que tanto la obstinación para no reconocer fracasos, como la habilidad —casi genialidad— para convertirlos en razones para perseverar, son típicas del trastorno de personalidad que se conoce como un desorden obsesivo-compulsivo. Y porque, respecto a su política, a los ojos de quienes no comparten la orientación (autoritaria y de derecha) o la forma de manejo del Gobierno (culto a la personalidad), estos son típicos de personas mentalmente enfermas.

Sin embargo, desde el enfoque de la economía política la personalidad de los gobernantes es menos relevante que los modelos que se implementan: modelo económico, de orden público, internacional, etc., o en conjunto modelo de desarrollo. Son estos los que sirven de guía teórica de hacia dónde y cómo supone dirigirnos el Gobierno, pero además permiten evaluar y calificar el 'bien' o 'mal' de un determinado momento, según cumple o no las expectativas y lo que se espera de ese modelo de desarrollo.

Ya se ha señalado que nosotros tenemos poco como modelo de desarrollo, y como, hasta hace alrededor de un año, por las características que estaba tomando, podría ser más pertinente hablar de 'modelo de subdesarrollo': una relación política de dependencia prácticamente total de una potencia extranjera, sometidos no solo a sus directrices, sino comprometidos con sus políticas (o peor, sus guerras) internas y externas (contra la droga o contra Irak); una sociedad cada vez más fragmentada y con mayor desigualdad; todo bajo un régimen político de culto de la personalidad, donde el uso de la fuerza militar o la imposición de las mayorías parlamentarias sustituyen la búsqueda de cualquier consenso; y la economía basada en las remesas de los exilados, en el sector minero (y las respectivas alzas del petróleo, el carbón y el níquel), en las 'ayudas' o donaciones extranjeras (en especial como mayor receptor de recursos de los Estados Unidos), y en la rentabilidad de las actividades ilegales (narcotráfico, por supuesto).

Desde entonces lejos de aparecer alternativas a cada uno de estos rasgos, estos se han marcado más: más personalización del poder, más 'pupitrazos' en el Congreso, más polarización alrededor de temas como orden público, parapolítica, acuerdos humanitarios o diálogos de paz, más búsqueda de soluciones o 'victorias' militares; más viajes a visitar a Bush y más molestias con los vecinos fronterizos...

Pero lo más interesante es qué ha sucedido en la economía en el entretanto:

Lo único que existía de modelo era el supuesto que el libre mercado con la libre competencia eran la divinidad, que la globalización nos traería la tecnología y el capital de los inversionistas extranjeros con lo cual alcanzaríamos el mercado externo, y así el desarrollo lo impulsaría el crecimiento del sector exportador.

Lo sucedido es que, excluyendo la construcción, los sectores que arrastran el crecimiento son el comercio, las comunicaciones, el sector financiero y la minería, en su gran mayoría en manos extranjeras, y excepto las últimas actividades que agotan nuestros recursos naturales y no involucran valor agregado ni producción de riqueza, ninguna del sector productivo o que aporte a las exportaciones; en el último informe anual pasamos de una balanza comercial favorable superior a US$1.600 millones a una desfavorable de más de US$160 millones, y todo parece indicar que la tendencia aumenta, con un déficit del primer trimestre de este año superior a todo el del año pasado.

Además, la revaluación, como mayor causante de esta situación, lejos de ser combatida es casi fomentada: en algo por el Banrepública, el cual, como medida de control de la inflación y para contrarrestar la tendencia a la aceleración de la economía, solo ha acudido al alza de intereses, con la consecuencia de volver más atractiva la traída de capitales golondrina al país (más cuando las tasas externas estaban muy bajas); pero sobre todo por el Gobierno, para el cual el menor precio del dólar representa un costo menor de la deuda externa y del costo de servirla, reduciendo el déficit del ejercicio y mejorando la presentación ante las calificadoras de riesgo, lo cual le permite aumentar su deuda, como si con el ingreso de la venta de activos se pudiera seguir indefinidamente compensándola (el efecto que la tasa de cambio produce en el sector productivo en cuanto a la capacidad de competir no solo en los mercados externos sino también en el interno parece no importar, y por eso los recursos se destinan a una feria de subsidios de compensación de las pérdidas que la revaluación produce, y no a corregirla o a estimular la producción).

Por eso, además del fracaso en cuanto a lo poco que tenía de modelo (aún sin incluir la no vigencia del TLC), los efectos son paradójicos o francamente caóticos: el liderazgo del crecimiento representado por la inversión extranjera en bancos y comercio (grandes superficies, Carrefour, Éxito, Makro) no se basa en la conquista de mercados externos sino en la explotación del interno; y el del sector minero y energético, a pesar de su crecimiento, no lleva a reinvertir en ellos sino a resignarnos a solo recibir regalías (de Carbocol, Catalina, Chuchupa, Cravo Norte, y programar la venta de Ecopetrol, ISA, Isagen, etc.); ambas cosas para beneficio externo, puesto que, como es lógico, las utilidades son para ellos, y por eso el flujo de la cuenta corriente es negativo*.

Y si el sector designado como líder —el exportador— anda en esas, ¿qué decir del sector-víctima: el campo? Más allá de lo cuestionable que es abandonar y desproteger las actividades agropecuarias porque comparativamente con los otros sectores económicos no pueden ser competitivas, y del absurdo de ser indiferentes a lo que esto repercute como problemas sociales y políticos, el manejo actual pareciera orientado a crear tanto caos como es posible. Como indicador, su crecimiento —de un lamentable 1,5%— muestra la poca atención o los pocos resultados de las políticas que se toman —no sabiendo qué sería más triste—. En tales condiciones desconcierta que en vez de buscar darle mayor dinámica, la gestión del Ministro consista en aparecer todos los días ante las cámaras repartiendo subsidios para compensar pérdidas (bananeros, cafeteros, floricultores, 'agros ingresos seguros', Certs, etanol, etc.), en vez de presentar programas de mediano y largo plazo que permitan elevar la productividad y la rentabilidad de la inversión rural.

No menos inquietante es lo que puede depender del narcotráfico, cuando un solo capo aparece con caletas de casi US$400 millones en efectivo, y en EE.UU. la mayor pureza y el menor precio de la droga que producimos significa mayor oferta. O, más triste aún, lo que contribuye el aumento de 130.000 emigrantes en el último año y del 20% en el monto de la remesa promedio para compensar la revaluación, con lo cual en 2007 pasará éste a ser el primer renglón de divisas, bastante por encima del petróleo.

Tal vez el Presidente no esté 'loco' pero sí estamos bajo un modelo de desarrollo o subdesarrollo que parece diseñado por locos.



* Ver El Tiempo, 08/07/2007
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