Opinión

  • | 2004/10/01 00:00

    Mercado y democracia: ¿socios o enemigos?

    En la triste realidad política de la mayoría de los países latinoamericanos, cuando una cosa avanza, la otra retrocede.

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Libertad económica y libertad política son parte y esencia del modelo de civilización del mundo desarrollado, pero no es evidente que estos dos tipos de libertades tiendan a reforzarse mutuamente en otras latitudes. América Latina es la región del mundo en desarrollo que comparte más de cerca el sistema de valores del Norte. Sin embargo, desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego, mercado y democracia funcionan más como enemigos que como socios.

Para evitar confusiones: aunque los latinoamericanos no están satisfechos con la forma como funciona la democracia, por mayoría abrumadora consideran que es la mejor forma de gobierno. De hecho, la democracia ha sido sorprendentemente resistente en condiciones tan improbables como las de Venezuela con Chávez, las de Perú con Toledo o las de Ecuador o Bolivia bajo el asedio continuo de las organizaciones indígenas. En los siete últimos años han caído por presión popular siete presidentes sin concluir su mandato, pero no ha caído la democracia.

El problema no son las supuestas dudas que tienen los latinoamericanos con la democracia, como equivocadamente concluyó un estudio reciente de Naciones Unidas. El problema es el desencanto con la economía de mercado y lo que ello implica para el funcionamiento de la democracia.

Considere la siguiente estadística, tomada del comportamiento típico del electorado latinoamericano en las dos últimas décadas: el partido de un gobierno que baja a la mitad los aranceles a las importaciones es abandonado por la cuarta parte de sus electores en las siguientes elecciones. ¿Cómo es posible entonces que se haya hecho la apertura? Muy sencillo: se hizo a espaldas del electorado, que estaba distraído con la crisis macro (como en Argentina o Perú a comienzos de los 90) o con reformas políticas que generaban grandes expectativas (como en Colombia o Brasil).

¿Y qué ocurre cuando un gobierno vende al sector privado por un monto equivalente a 2% del PIB una serie de empresas estatales que estaban produciendo pérdidas y que prestaban un pésimo servicio? Ocurre que es castigado luego con la pérdida del 15% de sus votos. Pero si la opción que toma el gobierno para cubrir el déficit fiscal no son las privatizaciones, sino una reforma tributaria que hace más efectivo el sistema de impuestos, pierde el 10% de los votos (si es que consigue el apoyo del partido en el Congreso para aprobarla).

Con excepción de Chile, los países latinoamericanos no han logrado desarrollar economías de mercado robustas, con un cierto consenso en las reglas del juego económico. Los esfuerzos de reforma económica han quedado incompletos y en muchos países han resultado más ciertas las predicciones pesimistas de los antirreformadores que los sueños de los modernizantes. Aún es muy pronto para decirlo, pero es posible que el péndulo de las políticas económicas esté regresando al intervencionismo.

En el corto plazo, la democracia ha triunfado, de Argentina a Venezuela, pero está entrando en un casino. En varios países, el electorado ha castigado a los partidos políticos que impulsaron la economía de mercado, y le ha apostado al resultado incierto de las promesas populistas. Con dos desenlaces posibles: la vía de Hugo Chávez o de Néstor Kirchner, que es pan para hoy y hambre para mañana; o la vía de Lula da Silva en Brasil o Lucio Gutiérrez en Ecuador, que les pide un compás de espera a los electores para jugarle la suerte al as escondido de unas nuevas reformas de corte ortodoxo.

Poco auguran ambas apuestas para el futuro de la democracia, no porque los latinoamericanos vayan a perder la fe en la menos mala de todas las formas de gobierno, sino porque -en ambas fórmulas- el éxito (improbable en un caso, incierto en el segundo) lo cosecharían los presidentes en persona y no los partidos ni los sistemas políticos a los cuales ellos han decidido darles la espalda de una u otra forma. En cambio, si el resultado es el fracaso, perderán el prestigio no solo los presidentes, sino lo que quede de unos partidos descompuestos y sin ideología.

De ahí el conflicto entre mercado y democracia en América Latina. En el papel, se necesita más de ambas cosas para acercarse al desarrollo. En la triste realidad política de la mayoría de los países latinoamericanos, cuando una cosa avanza, la otra retrocede.



Nota: El autor está vinculado al BID pero esta columna no compromete a esa institución.
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