Opinión

  • | 1999/04/09 00:00

    Mejor tarde que nunca

    Corea y Brasil están gozando de la euforia económica gracias a sus ajustes cambiarios.

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La Junta del Banco de la República, cuyo disparo de las tasas de interés el año pasado indujo la actual depresión con crisis financiera, dedica amplio espacio de su último informe al Congreso a justificarse. Insiste en que haber impedido el alza del dólar, aunque fuera estrangulando la economía, evitó que nos fuéramos por el despeñadero y se toma el trabajo de presentar, como contraste con Colombia, el caso de Indonesia, país que sufrió un colapso económico tras el abandono de su propia banda cambiaria en 1997.



Al respecto hay que comenzar por reconocer que la política recesiva ejecutada por la Junta ha sido muy exitosa. Gracias a la recesión, la presión cambiaria no sólo ha desaparecido desde hace meses sino que el peso se ha revaluado. Y ése no es un logro pequeño en un país que tuvo el año pasado un déficit corriente de 6,8% de Producto Interno Bruto, casi un récord mundial.



También hay que aceptar que, en todos los países que durante los últimos dos años optaron por abandonar sus sistemas de cambio fijo o sus bandas cambiarias bajo estrés financiero, se produjo un salto del dólar y una dislocación económica, incluyendo una estampida de los capitales externos y cierto aumento de la inflación.



Sin embargo, me preocupa que nuestra autoridad cambiaria insinúe, contrariando el sentido común, que en tales países habría sido posible mantener los tipos de cambio fijo o las bandas cambiarias una vez iniciado el desplome de sus reservas internacionales. La verdad es que esos países se quedaron sin opciones. Los asiáticos por lo menos lo entendieron rápido y no empeoraron la situación disparando hasta el cielo sus tasas de interés, aunque al quedarse sin financiamiento no pudieron evitar el traumatismo de un ajuste abrupto de su sector externo. Otros, como Rusia, Brasil y Ecuador, agravaron las cosas al prolongar un déficit externo irrazonable, financiándolo durante unos cuantos meses más a tasas de usura.



La recesión no puede ser un instrumento para mantener el precio del dólar en determinado rango.





Me preocupa, también, que la Junta invierta los términos de la ecuación y pretenda que la recesión (una consecuencia inevitable de altas tasas de interés) sea aceptada como un instrumento legítimo para mantener el precio del dólar en determinado rango, en lugar de preguntarse qué precio de la divisa haría posible recuperar el equilibrio externo sin necesidad de sacrificar la producción y el empleo.



La experiencia de los recientes ajustes cambiarios en países emergentes dista de ser ideal precisamente porque ninguno de tales ajustes se efectuó en forma automática o preventiva, sino cuando ya se habían agotado las opciones, haciendo que el remezón fuera violento. Pero, como ya han pasado veinte meses desde que estalló la crisis asiática, contamos con una perspectiva más adecuada para evaluar y comparar cursos alternativos de acción.



Corea es el mayor de los tigres asiáticos y allí la sorpresa de la crisis fue más dolorosa. Pero es también el país que mejor ilustra las ventajas de haber aceptado el ajuste cambiario en lugar de dar coces contra el aguijón. Entre junio de 1997 y febrero de 1998 el won se devaluó más de 100% frente al dólar precisamente porque, tras el campanazo de Tailandia, los prestamistas e inversionistas externos decidieron recortar abruptamente su exposición en Corea, como en todos los países emergentes, y el gobierno decidió que no valía la pena tratar de retenerlos con tasas de interés absurdas.



Por supuesto, con semejante salto del dólar y una recesión debido a la pérdida de financiamiento muchas empresas coreanas tuvieron problemas para atender sus compromisos en dólares de manera que las agencias calificadoras de riesgo degradaron a Corea. Hace un año, las perspectivas lucían negras.



Hoy lucen muy diferentes. El déficit comercial, que hace un año estaba en US$4.000 millones, se transformó en un superávit de US$35.000 millones. Corea tiene hoy un gran superávit corriente -lo que significa que está disminuyendo rápidamente sus pasivos netos con el resto del mundo- y cuenta con reservas por más de US$50.000 millones. Los capitales externos nuevamente se pelean por entrar al país y la bolsa vive tremenda euforia.



Ah, se me olvidaba. La inflación coreana acumulada en los últimos 24 meses fue 9% y en los últimos 12 ha sido casi nula. Y aunque el won se ha apreciado más de 20% durante el último año, tras el ajuste de 1997 Corea sigue siendo muy competitiva.



A pesar de su tardío ajuste, Corea está hoy en una posición mucho más sólida que si en 1997 hubiera seguido un curso similar al colombiano y hubiera disparado a las nubes su tasa de interés para defender el won.



Otro caso interesante es el de Brasil. Su ajuste todavía es demasiado reciente y en ese país se le hizo un daño terrible a la economía prolongando demasiado la sobrevaluación del real y financiando el déficit externo con altas tasas de interés. Pero aun así, el mercado internacional percibe las ventajas de que finalmente se hubiera efectuado el ajuste cambiario.



El precio del dólar, que unas semanas después del abandono de la banda brasileña llegó a 2,10 reales, está ahora en 1,75. Desde el 13 de enero la bolsa se ha disparado más de 100% en moneda local y más de 22% en dólares. Las tasas de interés por fin están cayendo y los expertos están revaluando hacia arriba sus expectativas de crecimiento.



Volvamos a Colombia. No tengo la menor duda de que una vez la economía vuelva a crecer, la demanda por dólares se reanimará y otra vez se planteará si vale la pena subir las tasas de interés para evitar el ajuste cambiario o si, por el contrario, nos iría mejor dejando tranquilas las tasas y tomándonos de una vez la medicina cambiaria.



Creo que en ese momento el examen de las experiencias coreana y brasileña podría ayudarnos a tomar las decisiones más adecuadas.
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