Opinión

  • | 2010/12/10 12:00

    Mejor prevenir que curar

    Las evidencias científicas sobre los impactos que tendrá el cambio climático en nuestra sociedad y en nuestra economía requieren de una serie de acciones correctivas que no dan espera. Es el momento de repensar el país para evitar desde ya futuros y mayores costos económicos, sociales y ambientales.

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Las noticias no pueden ser peores: más de la mitad de los municipios del país y un millón quinientos mil compatriotas han sido afectados hasta hoy por la temporada invernal. Los muertos ya casi llegan a 200 y cerca de 250.000 viviendas han sufrido las inundaciones, cifra similar a la meta anual que se ha propuesto el gobierno para construir viviendas de interés social. También se ha visto severamente afectada la infraestructura vial del país y el sector agropecuario. La temporada invernal se prolongará hasta comienzos del año entrante y los costos de los daños aún están por determinarse y tendrán un gran impacto en las cuentas nacionales. La tragedia ha llevado al Gobierno a decretar la catástrofe nacional con el fin de tramitar un crédito internacional por valor de US$150 millones para atender la emergencia. Miles de millones de pesos se han ido en la atención de los damnificados.

Lo paradójico es que esta misma situación ya ha sido vivida por el país en otras oportunidades. En 1973 y en 1988 el país sufrió los efectos del fenómeno de la Niña, con inundaciones similares, mucho menos divulgadas que en esta ocasión. Según los datos históricos del Ideam, se trata de un fenómeno recurrente que en esta oportunidad ha sido mucho más agresivo que en el pasado. Desde hace cuatro años el país ya no vive unas condiciones climáticas normales y la tendencia a futuro es que la variabilidad climática se enfatice mucho más. En otras palabras, en épocas de la Niña las lluvias serán mucho más fuertes, con mayores niveles de precipitación e intensidad, mientras que cuando se manifieste el Niño, estaremos sometidos a periodos de mayor sequía y más prolongados.

Muchos relacionan lo que se está viviendo, no solo en Colombia sino a nivel mundial, con el cambio climático. Un fenómeno cuyas consecuencias tienen grandes impactos en países tropicales como el nuestro, pero cuya solución se escapa de nuestras manos al ser los países industrializados, y hoy en día los emergentes, los mayores emisores de gases efecto invernadero que ocasionan el cambio climático global. Pero, tal como están las cosas, son escasas las esperanzas de lograr compromisos reales por parte de esos países para la reducción de emisiones en los próximos años, tal como se evidenció al finalizar la Conferencia sobre Cambio Climático en Cancún.

Ignorada y por lo general poco comprendida, la otra gran causa que tiene que ver de manera directa con las tragedias naturales es la creciente degradación ambiental a que ha sido sometido el territorio, en especial por la apropiación y transformación de las zonas de páramos, la deforestación de las selvas en la zona andina y las rondas de ríos y quebradas, así como la invasión y desecamiento de humedales y ciénagas que son rellenados y taponados con el fin de ganar espacio para la agricultura, la ganadería y, en el caso de la Sabana de Bogotá, para la ampliación de la zona urbana, quitándole espacio a las aguas. Y es precisamente en este campo donde Colombia sí tiene toda la autonomía y discrecionalidad para actuar de manera directa e independiente y contrarrestar los nefastos impactos de las inundaciones.

No es de extrañar que la región andina, caracterizada por laderas de fuertes pendientes, al perder su cobertura vegetal y contar con altas precipitaciones, sea la más erosionada del país y esté propensa a grandes deslizamientos de tierra que destruyen y taponan las principales vías arterias nacionales. Tampoco es de extrañar que los valles y las zonas bajas tengan el agua hasta el cuello: la erosión de las montañas ha colmatado los causes de los principales ríos los cuales ya no tienen capacidad para conducir el volumen de agua en épocas de invierno.

El palo no está para cucharas. Es el momento de repensar el país para evitar desde ya futuros y mayores costos económicos, sociales y ambientales. Las evidencias científicas sobre los impactos que tendrá el cambio climático en nuestra sociedad y en nuestra economía requieren de una serie de acciones correctivas que no dan espera. De lo contrario, no quedará otra que vivir en medio de la incertidumbre y lamentarnos por las catástrofes naturales cada vez que estas ocurran, además de gastar los escasos recursos en atender los desastres y no, como lo sugiere la lógica, en su prevención.

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