Opinión

  • | 2007/11/23 00:00

    Medir el progreso

    El progreso no es solo crecimiento económico. Medir el progreso requiere tomar en serio la opinión de la gente.

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Este año concluye como el cuarto año consecutivo de rápido crecimiento en América Latina. El latinoamericano promedio tiene hoy una productividad 16% mayor y una capacidad de compra 24% más alta que hace cuatro años. Con la apreciación de las monedas se ha disparado la compra de automóviles y bienes importados. La entrada de capitales internacionales y la recuperación del crédito han elevado los valores de la finca raíz y los precios de las acciones. Hay un auge de inversión minera en Perú, agroindustrial en Brasil y hotelera en Colombia. La decisión económica más importante que ocupa el día a día del gobierno de Chávez es en qué gastar la bonanza, y la del gobierno de Bachelet cómo ahorrarla.

Los signos del progreso económico son evidentes. Pero muchas de las cosas que más le importan a la gente han mejorado muy poco. La estabilidad y la calidad de los empleos siguen siendo precarias, pues la informalidad laboral no ha cedido un ápice. La congestión urbana consume como nunca antes el tiempo y las energías de los habitantes de Ciudad de México, Santiago de Chile y São Paulo. Las maras han alterado la vida diaria de millones de centroamericanos que consideran que la inseguridad es el problema más grave de sus países. Y en todas partes hay una percepción muy arraigada de que las sociedades han sido y siguen siendo injustas con los excluidos social y económicamente.

Si el progreso no consiste únicamente en crecimiento económico, ¿cómo puede medirse? Un grupo creciente de psicólogos y economistas considera que solamente las personas pueden saber qué tan bien se sienten y que, por consiguiente, la mejor medida del bienestar la proveen las encuestas sobre felicidad. El psicólogo Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía (2002) por sus contribuciones a la medición de la felicidad, considera que debería crearse un Sistema de Cuentas Nacionales de Bienestar, no para reemplazar, pero sí para complementar las tradicionales Cuentas Nacionales macroeconómicas.

Sin embargo, maximizar la felicidad no puede ser el objetivo de las políticas públicas, como se está proponiendo en la reforma constitucional de Venezuela (art. 112). Eso puede llevar fácilmente a que los gobiernos interfieran no sólo con la iniciativa económica, sino también con las vidas privadas, puesto que la situación conyugal, las amistades y las creencias religiosas son, junto con los rasgos de personalidad, algunos de los factores individuales que afectan de forma más poderosa las percepciones de felicidad.
 
También abriría las puertas para las más diversas formas de manipulación psicológica para incidir en los mecanismos de percepción y en la formación y manifestación de las expectativas y temores.

El PIB no es una medida completa del progreso de una sociedad porque incluye solamente la producción de los bienes que pueden valorarse a través del mercado. Los bienes públicos, que no se transan en el mercado, están excluidos del PIB o se incluyen con métodos de valoración inadecuados. Por ejemplo, la contribución del gobierno al PIB se mide por los sueldos de la burocracia; la contribución del sector de defensa, por el valor de las armas producidas y los salarios pagados a las fuerzas armadas.

La calidad del medio ambiente o del transporte público son cruciales para el bienestar de la gente. Sin ellos no hay progreso, estén o no en el PIB. En esencia, su valor para un individuo es equivalente al ingreso adicional que habría que darle a ese individuo para que se sintiera igual de bien si le quitaran un bien público al que ahora tiene acceso. O, al revés. En forma análoga pueden valorarse los "males públicos", como la inseguridad o el ruido.

Usando estos métodos se ha calculado(1), por ejemplo, que la pérdida de bienestar por el terrorismo en las zonas más afectadas en Irlanda del Norte es equivalente al 41% del ingreso promedio de los irlandeses. También se ha calculado(2) que el ruido en los alrededores del aeropuerto de Ámsterdam acarrea una pérdida promedio de bienestar equivalente a 680 euros anuales para cada una de las 148.000 familias afectadas.
 
Con cálculos como éstos los afectados pueden hacer valer sus derechos; el sistema político puede identificar los problemas y necesidades que son más importantes para el electorado y la sociedad puede tener una visión más equilibrada de los avances y retrocesos en la calidad de la vida.

El progreso no es solo crecimiento económico. Medir el progreso más allá del PIB exige tomar en serio la opinión de la gente. Para ello se requiere, por un lado, una amplia discusión sobre qué aspectos de la calidad de vida deben ser considerados como parte del progreso social y como objetivo de las políticas públicas, y cuáles no. Por otro lado, se requiere un esfuerzo sistemático de medición de las opiniones y percepciones individuales sobre las variables más importantes que afectan la calidad de vida. Los gobiernos de los países desarrollados están impulsando ambas tareas.(3) Es hora de que los gobiernos latinoamericanos también lo hagan.

Nota: el autor está vinculado al BID, pero se expresa aquí a título personal.

1 Bruno S. Frey, Simon Luechinger y Alois Stutzer, “Valuing Public Goods: The Life Satisfaction Approach”, Universidad de Zurich, 2004.

2 Bernard M. S. van Praag y Barbara E. Baarsma, “Using Happiness Surveys to Value Intangibles: The Case of Airport Noise”, IZA, Alemania, 2004.

3 Véase OECD, “Measuring and Fostering the Progress of Societies”, 2007.
 
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