Opinión

  • | 2011/04/27 00:00

    Más inflación o más revaluación

    Debido al shock de precios internacionales, las economías latinoamericanas están entre la espada y la pared.

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Desde enero de este año los precios internacionales de los alimentos han superado el pico de mediados de 2008, con consecuencias semejantes a las que se vieron entonces. Revueltas populares en países antidemocráticos. Más discursos y la misma indiferencia en el mundo desarrollado. Y en América Latina el mismo dilema: más inflación o más revaluación.

Como exportadores netos de alimentos, Brasil, Paraguay y Uruguay son beneficiarios de las alzas de los precios internacionales. En cambio, Colombia, México y Perú están en la lista de perdedores, pues son importadores netos de la canasta de commodities alimenticios más importantes en el comercio mundial, que comprende el arroz, el azúcar, el maíz, la soya y el trigo.

Sin embargo, unos y otros respondieron al shock de precios de 2008 apreciando sus monedas, con lo cual abarataron las importaciones y amortiguaron el efecto inflacionario de los mayores precios externos. Es posible que hayan actuado así porque el shock de precios vino acompañado por una avalancha de capitales internacionales.

Podrían responder de la misma forma en esta ocasión. Si así lo hicieran, se salvarían nuevamente de la inflación. Según un artículo1 que he escrito con mis colegas Andrew Powell y Pilar Tavella, el impacto inflacionario sería insignificante en Brasil, Colombia, México y Uruguay, y alcanzaría apenas unos tres puntos porcentuales de mayor inflación en 2011 en Paraguay y Perú.

Es cierto que no solo han aumentado los precios de los alimentos. El precio del petróleo se ha triplicado desde fines de 2008. Pero, a juzgar también por las experiencias pasadas, los mayores precios del petróleo no se reflejan en más inflación en casi ningún país de la región. Cuando los precios de los combustibles y la energía eléctrica son controlados, el mayor costo lo asume el gobierno, sin mayor efecto inflacionario inmediato. Y cuando los precios de estos productos reflejan los mayores costos del petróleo, operan como un impuesto, reduciendo la demanda agregada y los precios de otros productos. Además, en Brasil, Colombia y México, los mayores precios del petróleo también son causa de más revaluación, pues estos países son importantes productores de petróleo y por consiguiente los mayores precios traen más ingresos de exportación y más capitales.

La pregunta crucial es si en esta ocasión los bancos centrales y los gobiernos van a reaccionar de la misma manera, permitiendo que las ya apreciadas monedas se valoricen aún más y que, por consiguiente, se debilite nuevamente la competitividad de los sectores que son exportadores o que compiten con importaciones. Esto puede agudizar la informalidad y el desempleo, y perjudicaría a los campesinos y trabajadores agrícolas que no están en los sectores en boom de precios. Sin embargo, sería un alivio para los más pobres en las zonas urbanas que tienen que dedicarle una parte muy importante de sus ingresos a comprar alimentos.

La otra opción no es menos atractiva: impedir una mayor apreciación de la moneda a cambio de una inflación más alta tendría los efectos distributivos opuestos y debilitaría la credibilidad de los bancos centrales, lo que a la postre se traduciría en mayores tasas de interés.

Hay pocas posibilidades de escapar a este dilema, especialmente en los países donde los alimentos transables internacionalmente tienen un alto peso en la canasta de consumo. El temor más grande es que no se reconozca el problema rápidamente, pretendiendo que es posible lograrlo todo a la vez, lo cual sería la fórmula para la frustración generalizada y la pérdida de confianza en las autoridades económicas. Lo más sensato es informar al público y alentar un debate sobre las implicaciones de una y otra situación. Las autoridades tendrán que tomar decisiones pronto y deberían hacerlo a la luz pública.

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