Opinión

  • | 1995/06/01 00:00

    Mar de arequipe

    Mucha campaña de educación ciudadana, mucha tarjeta, pero los huecos de las calles de Bogotá siguen creciendo.

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Uno de los dilemas de cualquier gobernante es decidir cuánto esfuerzo debe dedicar a los líos del momento -a apagar incendios- y cuánto a sentar las bases del futuro, pues los recursos son escasos y hay que establecer prioridades. En el caso de nuestro alcalde, ha dicho en todos los tonos que no se dejará atafagar por lo cotidiano, ni presionar por los políticos, y se dedicará con paciencia a educar a los ciudadanos. Este es un cambio refrescante, pero como él se subió a un tren en marcha, no puede darse el lujo de abstraerse del viacrucis diario de los bogotanos.

Estamos hartos del horror del tráfico, de la inseguridad y de muchas otras calamidades, pero hay un problema muy grave que no admite dilación: tapar los huecos. Lo que le hicieron a Bogotá los últimos alcaldes, especialmente Castro, no tiene perdón de Dios: dejaron acabar todas las calles por falta de mantenimiento y ya no es posible solucionar ese problema con pañitos calientes. Hay que repavimentar la ciudad, claro que el actual alcalde, que duerme en la "casa privada" y nunca sale, no ve sino los huecos del desvencijado piso del Palacio Liévano.

¿Cómo es posible que Bogotá tenga las peores vías del mundo? Y no comparándola con Quito o Caracas, sino con cualquier ciudad colombiana, pues todas tienen hoy una red vial en mejor estado que la de nuestra capital. Los ciudadanos deberían demandar al Estado por los daños a sus vehículos -y por los accidentes fatales- provocados por los cráteres donde caben carros enteros, porque la autoridad no sólo no los arregla, sino que ni siquiera les pone avisos para evitar catástrofes.

Aquí los ciudadanos son los encargados de la reparación y señalización de los huecos: a veces los tapan con piedras o les colocan improvisadas banderas para prevenir a los conductores. En la mitad de la Avenida de las Américas hay una tronera de tal tamaño, que si algún vehículo cae, desaparece; un ciudadano caritativo le instaló un sofá de tres puestos que seguramente le sobraba en la sala de su casa y el espectáculo es subrrealista. Claro que sería más apropiado colocar, en todos los huecos, carteles con la célebre foto del "derriére" de Antanas, para recordar a todo el mundo que al alcalde le importan un ídem. Sería como sacarle miles de tarjetas rojas.

No hay en la ciudad calles donde no haya huecos, o que no tengan tapados los desagües, y cuando se inundan, uno no sabe si debajo del agua hay baches de esos que se tragan el carro entero. Algunas vías nunca tuvieron pavimento y en otras ya desapareció, porque usan asfaltos tan malos que no duran ni un mes; muchas trochas en la selva son mejores que algunas calles que, con tanto barro, parecen un mar de arequipe. Y lo más irónico es que las que estaban en buen estado hasta hace poco, están destruidas porque les pasó el tráfico pesado que desviaron para construir los puentes, y los contratistas se hicieron los locos y no las repararon.

Paradójicamente, en Bogotá, en los sitios donde el tráfico es mayor y se requieren mejores vías, más deterioradas están y esa es una de las principales causas de los trancones.

Los huecos afectan por igual a ricos y a pobres, a propietarios de vehículos y a indefensos peatones que quedan embarrados de pies a cabeza cuando esperan en el andén, cuando lo hay. Si el alcalde sigue pensando que el problema se resuelve solamente con educación, va a tener que enseñarnos a manejar carros de yunta.

¿Cómo no ha contratado ya la reconstrucción de nuestro sistema vial, dedicándole todos los recursos necesarios? Si empezara hoy, a todo vapor, en tres años de gobierno sólo alcanzaría a arreglar una pequeña parte, y cada día que pasa será más difícil y más costoso.

Todos pagaríamos con gusto lo que cueste hacerlo, con sobretasa a la gasolina, valorización, peajes o cualquier otro mecanismo de contribución, siempre

y cuando las calles queden bien construidas y no se roben la plata. Se debería pensar en un sistema de control ciudadano a las obras, mejor que la veeduría de la Cámara de Comercio que se ha limitado a poner avisos con rayitas de colores diciendo que las obras están atrasadas, pero sin exigir explicaciones por los errores de diseño, por los sobrecostos y por el daño que le han hecho a los vecindarios.

Y que no vengan ahora con el cuento de que las juntas Administradoras Locales tienen que arreglar las vías con su presupuesto, pues, con tantas otras necesidades impostergables, escasamente alcanzaría para mantenerlas, si estuvieran en buen estado.

A los ciudadanos hay que educarlos, pero eso no exime a nuestro exótico alcalde de resolver los problemas del momento porque, como alguien escribía hace poco, la manera de salvar a quien se está ahogando no es dándole clases de natacion.

Han pasado cinco meses de su administración y no hemos visto nada' más que mimos y tarjetas de colores con pulgares para arriba y para abajo. La ciudadanía, que no aguanta mucho más su inactividad, acabará mostrándole un dedo, pero el de la mitad de la mano y hacia arriba. Es imposible solucionar todo en tres años, pero hay unas cosas que no dan espera. ¡Por Dios alcalde, tape los huecos!

Seguiremos dándole a esta administración el beneficio de la duda, pero se nos está acabando la paciencia. Ojalá no nos pase con este alcalde lo que nos ocurrió con todos los anteriores, que prometieron mucho y salieron con un chorro de babas. Sería terrible que don Antanas, al final de cuentas y después de tantas expectativas, saliera con un chorro de... Mockus.
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