Javier Fernández Riva

| 5/16/2003 12:00:00 AM

Mantengamos lo que funciona

Parte del renacer del optimismo económico tiene que ver con condiciones objetivas en los mercados financiero y cambiario, que deben preservarse.

por Javier Fernández Riva

Después de haber escrito hace pocos días sobre "la economía del estancamiento" me alegra poder decir que hoy veo señales de una bonanza relativa. Subrayo, relativa. Siempre he creído que la definición de Hommes de "recesión a la colombiana" como un crecimiento de menos de 3% fue una de sus contribuciones económicas significativas. Ahora Planeación Nacional nos dice que está considerando elevar su proyección de crecimiento para este año a 2,5%. No es gran cosa, y menos después de tantos años flojos, pero, parafraseando a Pambelé, es mejor que el 2% que se consignó en el Plan.

Mantener los pies en la tierra no me impide reconocer que, en medio de una rabiosa miseria e inseguridad económica de la mayoría, y de las barbaridades de la guerrilla, están ocurriendo muchas cosas positivas. Las expectativas alcistas sobre el dólar se esfumaron y la cotización se está desplomando, lo que, dentro de ciertos límites, es muy saludable, pues confirma que no siempre es negocio apostar contra el país. El ahorro financiero se dispara, sin que se noten por parte alguna los supuestos efectos nocivos de las bajas tasas de interés. Los costos de la deuda pública interna y externa caen, para alivio de los contribuyentes. La bolsa rompe nuevos récord. La producción industrial crece a ritmos que recuerdan tiempos que ya creíamos olvidados. La construcción se mantiene firme. El desempleo desciende aunque nadie sepa, todavía, exactamente dónde se crearon los nuevos empleos.

Veo dos tipos de influencias en juego. Una es de tipo sicológico: el cambio en la percepción externa e interna sobre la economía. Aunque las autoridades prefieran pensar otra cosa, ese cambio no fue una respuesta a las políticas adelantadas. Basta recordar que las firmas "calificadoras de riesgo soberano", las especialistas en moler las cifras y en orientar al mercado con base en análisis razonados sobre los riesgos, este año no modificaron su absurda "perspectiva negativa" para Colombia. El mercado las dejó atrás pues reaccionó a los excesos de la liquidez internacional y a sus propias intuiciones, más que a la información dura. Pero su movimiento inicial tuvo un efecto de bola de nieve y acabó justificando el optimismo: las perspectivas económicas de cualquier país endeudado son mucho mejores si paga una tasa de 5% real que si tiene que pagar 10% o más, como se exigía hace apenas nueve meses.

Pero también hay condiciones objetivas para el optimismo, que resultan de las políticas económicas ejecutadas, y me preocupa que su importancia pueda ser subestimada debido a la coincidencia con el cambio favorable en las percepciones del mercado. Las dos más importantes son la baja tasa de interés real y el alto tipo de cambio real. Ya hemos visto esa película. Precisamente cuando la gente comenzaba a poner en duda que la baja tasa de interés sirviera para algo, y algunos colegas desempolvaban su escrito recurrente sobre la futilidad de "empujar un hilo" o de "llevar el caballo a la fuente, si no quiere beber", y sobre la dudosa reacción del comercio exterior al tipo de cambio real, comenzamos a ver efectos importantes en cada área, en la forma de un renacer de la inversión privada y de las exportaciones. Y ese es, apenas, el comienzo.

El comienzo, digo, pero sólo si las autoridades no meten palos en las ruedas de la recuperación. Me preocupa que la teoría en boga, que privilegia las "expectativas" de los agentes, y las supone determinadas casi exclusivamente por lo que el banco central haga o deje de hacer, pueda llevar a desmejorar las actuales condiciones de liquidez o propiciar una caída exagerada del dólar. Y todo en aras de una meta de estabilización que, como lo sugiere la experiencia colombiana y regional, en realidad influye muy poco la opinión de los mercados y, todavía menos, las condiciones objetivas para el crecimiento.
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