Manejo de un país adulto

| 2/2/2001 12:00:00 AM

Manejo de un país adulto

Estados Unidos usará el instrumental disponible desde hace décadas para evitar una recesión profunda o prolongada y dará, de paso, una valiosa lección a los emergentes.

por Javier Fernández Rivas

Ya se regó la noticia. Estados Unidos está en peligro de caer en su primera recesión clásica en décadas. Esta vez no fue mandado a la lona por un jeque petrolero porque, a pesar del escándalo, los precios reales del crudo son inferiores al promedio de los 80. Tampoco sufrió un frenazo monetario para bajar la inflación, como el que hace 20 años dio Volcker, el Greenspan de entonces, que lanzó a varios pasajeros por el parabrisas. Mucho menos rodó por las escaleras tras enredarse en los cordones de sus zapatos, como cuando hace tres años Colombia y Brasil y otros trataron de impedir un aumento de precio del dólar, después de que se redujo el chorro de capitales externos y el dólar se tornó escaso. Bush sueña con una moneda fuerte, pero ni a él se le ocurriría apuntalar el dólar con altísimas tasas de interés cuando tiene un gran déficit de balanza de pagos y una recesión en ciernes.



No. Ahora estamos ante lo que ocurre cuando, sin que alguien haya hecho algo demasiado malo o demasiado torpe, flaquea la confianza de los consumidores y de los inversionistas, caen las ventas del comercio, se acumulan inventarios, bajan los pedidos, las fábricas disminuyen su producción y botan trabajadores, el desempleo golpea aún más la confianza de los consumidores, los excesos de capacidad hacen congelar los proyectos de inversión, caen todavía más las ventas y la economía sigue descendiendo en espiral. El tipo de recesión que imploraban a sus ídolos los marxistas del siglo pasado. Hay dos preguntas de interés local. Una, la que hoy hace todo el mundo: ¿cómo afectaría a la economía colombiana una recesión de Estados Unidos? Otra, la que se planteará una vez las aguas se calmen: ¿qué enseñanzas nos deja la última experiencia de Estados Unidos? Por economía voy a contestar la última, pues al hacerlo también responderé, de carambola, la primera.



Lo que va a pasar con la economía de Estados Unidos, lo que nos ocurrirá de rebote y las enseñanzas que eso va a arrojar no son independientes de la historia económica de las últimas siete décadas. Después de la Gran Depresión de los 30, las economías de mercado aprendieron que no era inevitable que las caídas ocasionales de la demanda privada se transformaran en recesiones y después en depresiones y crisis. Que existían políticas monetarias y fiscales estabilizadoras para atenuar la caída y acelerar la recuperación. Y que era conveniente utilizarlas porque las crisis, a las que se llegaba en ausencia de intervenciones estabilizadoras, no eran una cura dolorosa de los excesos previos, como se pensaba hasta ese momento, sino perturbaciones innecesarias que hacían desgraciadas a muchas personas y debilitaban el organismo económico.



Sé que suena raro decir que, para evitar que la pérdida de ritmo de la economía de Estados Unidos se convierta en una recesión, las autoridades de ese país van a echar mano de la experiencia de siete décadas de políticas de estabilización y subrayar, al mismo tiempo, que ese manejo dejará importantes enseñanzas para Colombia. Si la experiencia mundial en políticas de estabilización estaba ahí, desde hace rato ¿por qué no la usamos directamente?, ¿por qué tendría que mediar una especie de aval o ejemplo estadounidense?



Para explicarlo tengo que contarles algo. Hace una década, cuando las entidades multilaterales hicieron la evaluación de medio siglo de políticas para el desarrollo, y de toneladas de artículos con interpretaciones, propuestas y paradigmas contra la pobreza, llegaron a dos conclusiones. Solo una de ellas, bautizada luego como el "consenso de Washington" se hizo pública. Esa conclusión fue que el viejo Adam Smith tenía toda la razón. Que una economía de mercado es lo mejor para impulsar la riqueza de las naciones. Que el libre comercio contribuye más al bienestar común que la erección de barreras proteccionistas para permitirles a las empresas producir al costo que sea, clavando a sus coterráneos. Que un Estado bueno para el desarrollo no es uno dedicado a producir bienes y servicios sino uno capaz de mantener la ley, el orden y la justicia. Que el progreso económico y social solo se logra con aumentos de productividad. Y que para ello el mejor entorno es uno de orden monetario y fiscal, sin manejos monetarios epilépticos ni desequilibrios estructurales de las finanzas públicas.



Pero la otra conclusión fue menos alentadora. Muchos países emergentes habían mostrado una pasmosa incompetencia en el manejo de las políticas de estabilización. Sí, precisamente de las políticas que, bien utilizadas en los países desarrollados, terminaron con los presuntos ciclos "inevitables" del capitalismo y dejaron con los crespos hechos a los revolucionarios de todas las pelambres, que hasta la Gran Depresión venían lanzando al aire sus sombreros ante cada tropezón porque esperaban crisis económicas cada vez más profundas hasta que el capitalismo cayera como una fruta podrida.



La incompetencia en el manejo coyuntural era especialmente inquietante en Latinoamérica. Sin ir más lejos, en los 80, el bárbaro de Alan García le sacó un ojo a su país con el destornillador monetario y le abrió la cabeza de un martillazo fiscal. Y no fue el único.



Con esa triste experiencia parecía preferible prescindir de instrumentos tan útiles pero tan peligrosos como los de políticas coyunturales. Por eso se hizo lo que solía hacerse para que los niños les cogieran miedo a cosas que pudieran causarles daño. Las entidades multilaterales les mostraron a los tecnócratas económicos latinoamericanos la caja de políticas de estabilización con un mensaje inequívoco: "esto, caca".



Funcionó. Años después varios de esos niños, ya ministros o ex ministros, escribieron artículos en los que reafirmaban su conmovedora convicción de que las políticas antirrecesivas estaban superadas. Más breve: "esto, caca".



Pero a pesar de los riesgos hay quienes todavía aspiramos a que el manejo económico colombiano se base algún día en la razón y no en tabúes infantiles. Creo que vale la pena mirar nuevamente al norte y apreciar cómo, en una coyuntura recesiva, maneja su economía un país adulto.
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