Mal final

| 7/19/2001 12:00:00 AM

Mal final

La crisis argentina confirma las consecuencias fatales de una sobrevaluación prolongada, y que nada asusta tanto a los acreedores de un país como su incapacidad para crecer.

por Javier Fernández Riva

Cuando envío esta nota a Dinero, el 12 de julio, los títulos de deuda pública externa de Argentina se están transando a precios de "bonos basura" y el índice de la bolsa de Buenos Aires, después de caer más de 8% en un día, es 40% menor que hace un año. Los trabajadores públicos se han rebelado ante la decisión del gobierno de rebajarles los sueldos en 10% y el pronóstico político es casi tan malo como el económico. La situación se está desmoronando y no descarto que, cuando esto se publique, Argentina ya haya decidido reestructurar su deuda pública, y de allí solo habría un paso al colapso de la convertibilidad cambiaria y la crisis bancaria. Dios quiera que no. Argentina ya no puede evitar el siniestro, pero aquí necesitamos más tiempo para asegurar el financiamiento externo del 2002 de manera que el colapso argentino, al que seguirá un cierre del mercado de capitales para América Latina, no nos golpee tan duro.



Que Argentina viva la pesadilla económica que hoy está sufriendo no tiene perdón, pero deja enseñanzas que debemos aprovechar.



El problema de la deuda externa argentina excede el de la dificultad para hacer una rotación normal de los créditos. Ni siquiera si la deuda fuera reestructurada a 30 años con 10 de gracia para pagos de capital, o cualquiera otra fórmula extrema e imposible, la situación se arreglaría pues el verdadero problema no está en las amortizaciones sino en la imposibilidad de pagar los intereses sin un sacrificio insoportable. Cuando la deuda externa excede 500% de las exportaciones, y 60% del PIB convertido a dólares a un tipo de cambio realista, y cuando sobre esa deuda se han pactado intereses superiores al 12% en dólares, los pagos anuales de intereses se comen más del 60% de las exportaciones y más de 7% del PIB. Es una carga aplastante sobre la balanza de pagos y sobre el ingreso nacional.



Es cierto que la dificultad para hacer un "roll over" normal de la deuda externa complicó las cosas. Pero si hoy los tenedores de bonos argentinos quieren deshacerse de ellos como si les quemaran las manos no es porque carezcan de información adecuada. Todo lo contrario: por fin se dieron cuenta de que Argentina está tan endeudada en proporción a su ingreso nacional y a sus exportaciones que no podría pagar los intereses de su deuda a menos que le presten la plata para ello. Pero eso fue, exactamente, lo que hicieron en el pasado, y esa fue la razón por la que la deuda externa de Argentina creció hasta niveles inmanejables.



Quienes durante años defendieron el modelo argentino de rigidez cambiaria hoy observan que el abandono de la "convertibilidad" no bastará para resolver la crisis. Claro que no. Dejar de fumar tampoco curará el cáncer de pulmón del fumador empedernido. La convertibilidad, la certeza de que no se devaluaría pues, por ley, el peso argentino era tan fuerte como el dólar, creó durante años la ilusión de que Argentina podía obtener del resto del mundo ingentes recursos baratos para gastos locales, sin ninguna orientación exportadora. Y los prestamistas y compradores externos de los bonos argentinos, confiados en el aval conceptual dado por el FMI a ese absurdo esquema de fijar un precio por ley, le prestaron al país más que suficiente cuerda para ahorcarse.



Dejar el cigarrillo le dará alguna oportunidad a la quimioterapia, y abandonar la convertibilidad, que llevó a una enorme sobrevaluación del peso argentino frente a Brasil, Europa y Japón, les dará un chance a las exportaciones argentinas. Pero el abandono del mito de un peso argentino tan fuerte como el dólar expondrá de inmediato lacras que estaban ocultas. Al convertir la deuda externa a pesos a una tasa realista se verá que la deuda total del Gobierno y la de muchas empresas había alcanzado niveles insostenibles y que los intereses eran de verdad impagables. El gobierno "pondrá conejo" en el pago de la deuda pública --no será la primera vez-- y muchas empresas y bancos quebrarán. Los acreedores externos comerán parte de su cocinado.



Otra enseñanza de la crisis argentina que Colombia haría bien en aprovechar es la importancia que los acreedores de un país le dan a su crecimiento económico. Una revisión de los análisis de los expertos internacionales sobre Argentina, con un tono de creciente alarma durante el último año, confirma que ninguna cosa acabó preocupándolos más que la aparente incapacidad de ese país para retomar la senda de crecimiento. Los extraordinarios logros argentinos en el frente de la estabilización de precios no pesaron en la balanza. En los últimos meses hasta quienes solían comprar el diagnóstico y la receta del FMI se fueron dando cuenta de que más recortes en el gasto público, sin unas exportaciones dinámicas, solo podían ahondar la recesión y hacer cada vez más insoportable para los argentinos la carga del servicio de la deuda externa.



Hay, entonces, dos lecciones claras para Colombia. Primera, estimular el endeudamiento en dólares de los particulares o del gobierno con la promesa tácita o explícita de una baja devaluación futura y con tasas domésticas de interés mucho más altas que las mínimas indispensables, es sembrar un futuro desastre financiero y cambiario. Segunda, más que una baja inflación o cualquier otro indicador de ortodoxia económica, a la hora de la verdad la calidad de una política económica es evaluada, incluso por los acreedores externos, por su capacidad para impulsar el crecimiento económico.
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