Opinión

  • | 1999/04/23 00:00

    Luces en Tierra del Fuego

    El modelo de crecimiento de Tierra del Fuego ha dejado varias lecciones importantes.

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Tierra del Fuego es una isla en el extremo de América del Sur, casi unida con la Antártida. Parte de la isla es chilena y parte argentina. La capital del lado argentino, Ushuaia, está más cerca del Círculo Polar Antártico que de Buenos Aires. En la era precolombina, los aborígenes de la región prendían enormes fogatas para poder soportar los crudos inviernos. De ahí, Tierra del Fuego, el nombre con el que Magallanes bautizó la isla.



En este rincón olvidado del mundo, las fuerzas de mercado están logrando lo que el Estado planificador no consiguió: un desarrollo económico sostenible, obtenido sin desperdiciar subsidios públicos y sin corrupción.



Durante décadas, distintas consideraciones geopolíticas impulsaron al gobierno argentino a implementar políticas que contribuyeran a poblar la vasta región patagónica. Las políticas de desarrollo regional de Tierra del Fuego se aplicaron con mayor vigor desde 1972, año en que la isla se convirtió en puerto libre, exento de aranceles aduaneros. Dado que el resto de Argentina mantenía una política económica de grandes barreras a las importaciones, Tierra del Fuego se convirtió en un atractivo centro de compras.



En este rincón olvidado del mundo, las fuerzas de mercado están logrando lo que el Estado planificador no consiguió.





Unos años más tarde, los planificadores decidieron que la isla debería convertirse en un centro de alta tecnología especializado en artículos electrónicos. Poco les importó que la región no tuviese la mínima base para el desarrollo de esta industria. Se utilizaron rebajas impositivas y otros incentivos para atraer la inversión. Al principio, pareció que funcionaba. Protegidas con altos aranceles en el continente y generosas ventajas impositivas, varias empresas instalaron sus plantas de ensamblaje en la región. Para proveer la mano de obra, se aplicaron regulaciones que imponían altos salarios. Esto atrajo la inmigración desde el resto del país; la población de Tierra del Fuego creció un 343% en los 20 años previos a 1991, período en el cual la población total de Argentina aumentó sólo un 40%.



Pero el ambiente de negocios era totalmente artificial y el boom duró poco. La estrategia de promoción regional no se basaba en ninguna ventaja comparativa de Tierra del Fuego. La industria electrónica local nunca llegó a ser competitiva en el mercado mundial. Más que manufacturas de nivel internacional, los planificadores regionales lograron crear corrupción de nivel internacional, mientras empresarios inescrupulosos buscaban maneras de llevar a sus bolsillos los generosos incentivos del Estado.



Cuando Argentina decidió abrir su economía al comercio mundial en 1990, las ventajas artificiales de la industria local de Tierra del Fuego desaparecieron rápidamente. El supuesto éxito se esfumó. Varias empresas electrónicas cerraron. Otras redujeron drásticamente su producción. Los programas de noticias mostraban frecuentes manifestaciones por parte de obreros que habían perdido sus fuentes de empleo, dejando atónitos a los argentinos, quienes siempre imaginaron a Tierra del Fuego como un lugar mágico e idílico, lleno de nuevas oportunidades de trabajo.



Pero esta historia tiene buenas posibilidades de tener un final feliz. En los últimos años, las fuerzas del mercado han creado nuevas oportunidades de negocios jamás imaginadas por los arbitrarios burócratas federales, instalados a 3.000 kilómetros de distancia. Diversos sectores basados en los recursos naturales de Tierra del Fuego comenzaron a desarrollarse, principalmente los relacionados con la pesca, el petróleo y el gas.



El turismo es otro sector floreciente. La isla se enorgullece de sus hermosos lagos glaciares, bosques milenarios y un paisaje costero maravilloso. Sumado a esto, la región fascina a los viajeros, quienes disfrutan con la idea de estar visitando la ciudad más austral del mundo, las puertas de la Antártida, "los confines de la tierra". Crecientemente, los cruceros de turismo hacen escala en Tierra del Fuego. El número de pasajeros que visitó la isla pasó de 2.230 en el período 1991-1992 a 28.795 en 1997-1998. Las recientes mejoras en infraestructura, nuevos puertos y un aeropuerto internacional, sumados a un importante proceso de desregulación de los mismos, fueron cruciales para permitir este desarrollo.







Otros sectores basados en los recursos naturales están comenzando a desarrollarse también. La explotación forestal tiene un enorme potencial, aunque las negociaciones entre el gobierno local, la industria y los grupos ambientalistas todavía no permiten su rápido desarrollo. La actividad manufacturera disminuyó en términos absolutos de 1991 a 1995, pero el consumo de energía se incrementó un 70%, mientras que en el resto del país sólo aumentó un 28% en el mismo período. Esta es una señal de la transformación estructural que está ocurriendo en la isla, con los sectores viejos y artificiales contrayéndose, mientras emergen los nuevos y más sostenibles. Notablemente, el desempleo volvió al nivel en que se encontraba antes del desmantelamiento del régimen especial en mayo de 1991.



¿Cuál es la lección que se desprende? Que en lugar de desperdiciar el dinero de los contribuyentes en subsidios para promover un crecimiento artificial pero eventualmente insostenible, los responsables de diseñar políticas de desarrollo regional en el mundo deberían darles importancia a los recursos locales y concentrarse en reducir la burocracia que sofoca al empresariado local.



En otra época, el faro de Tierra del Fuego iluminaba a los navegantes que debían pasar por el peligroso Cabo de Hornos. Quizás el éxito de las fuerzas de mercado en Tierra del Fuego ilumine a una nueva generación de planificadores regionales.
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