Los peligros de la diversidad

| 6/9/2000 12:00:00 AM

Los peligros de la diversidad

¿Es una coincidencia que los países andinos estén afectados por severas crisis políticas? La clave podría ser la geografía.

por Eduardo Lora

Corren buenos tiempos para la diversidad, especialmente la ecológica. Pero las sociedades basadas en ambientes ecológicos demasiado heterogéneos a menudo padecen serios problemas.

Considérense los países andinos, actualmente convulsionados por tensiones políticas, solo comparables en intensidad y complejidad a las de los países africanos. En estos las causas últimas se remontan a líneas de fractura étnica y lingüística que no fueron reconocidas por los imperios colonizadores que definieron arbitrariamente los límites nacionales. En los países andinos, la fragmentación es de naturaleza geográfica y sus implicaciones tampoco han sido suficientemente reconocidas por las estructuras políticas y de gobierno. Tanto la fragmentación étnica como la geográfica pueden reducir notablemente la gobernabilidad de una sociedad. La razón es sencilla: las sociedades fragmentadas enfrentan la difícil tarea de conciliar demasiados intereses opuestos con un elusivo bien común.



Mientras que los países africanos tienen la mayor fragmentación étnica y lingüística, los países latinoamericanos son los más fraccionados desde el punto de vista geográfico. El récord mundial lo tiene Ecuador, seguido muy de cerca por Colombia, Perú y Bolivia. En estos países, la probabilidad de que dos personas tomadas al azar provengan de regiones con climas o condiciones ecológicas distintas, es del orden del 80%. En los países desarrollados esa probabilidad no pasa del 25%.



En países con estas condiciones los sistemas políticos fácilmente se tornan excluyentes: los indígenas de Ecuador están por fuera de un juego político dominado por las tensiones entre las dos grandes regiones. De igual forma, los sistemas económicos pueden generar enfrentamientos de difícil solución: en Bolivia la integración internacional ha producido un boom sin precedentes en las zonas bajas productoras de productos agrícolas exportables, mientras que la pobreza se hacina en números explosivos por encima de los 3.000 metros de altura. Y para qué hablar de Colombia, donde el Estado no duda en reconocer que carece de soberanía en diversas zonas donde la geografía hace posible el negocio de la droga e imposible cualquier otra cosa.



En ninguno de estos países puede funcionar el centralismo, aun cuando sea la respuesta recurrente con cada crisis. Tampoco funcionan bien en estos países los partidos políticos tradicionales basados en la exclusión o el enfrentamiento regional. De ahí que en estas sociedades siempre haya sospechas de que quienes tienen el control político no están interesados en el bien común. Pero no es un problema de temperamento o idiosincrasia, sino de inadecuación de las estructuras institucionales a las condiciones reales de los países. Y, por tanto, puede tener solución.
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