Opinión

  • | 2005/11/15 00:00

    Los pasos siguientes

    Una vez Colombia libere las importaciones desde Estados Unidos, debe garantizar que las compras se efectúen al mínimo costo. Para ello requerirá algo más que el TLC.

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En pocas semanas terminarán las negociaciones del TLC. Me temo que se cumplirá mi previsión de hace tiempo de que Colombia no obtendrá de Estados Unidos condiciones muy diferentes de las que lograron Chile o Centroamérica. Si eso se califica como 'adhesión' a los tratados previos de la superpotencia con otros países, una sugerencia que ofende al gobierno, o de otra manera, es secundario. La cuestión de fondo, si se logró o no que Estados Unidos otorgara un tratamiento preferente a Colombia por los costos en que incurre en su lucha contra el narcotráfico y su situación de orden público, solo podrá dilucidarse confrontando los textos de los tratados, cosa que haré en su momento. Como la producción colombiana es más diversificada que la de Chile o la de Centroamérica, y estaba más protegida, los cambios que el TLC inducirá en la asignación de los recursos serán más amplios que los que pueden esperarse en las minieconomías centroamericanas o en la especializada economía chilena. Las pérdidas por las inversiones que se tornarán inservibles, el sacrificio de ingresos fiscales por la renuncia a derechos aduaneros y los riesgos de que los trabajadores desplazados queden desempleados también serán mayores. Que los beneficios del tratado compensen o no los costos es cosa que está por verse. Repito que me alegra que el gobierno que negoció el TLC sea el mismo que, salvo una sorpresa del tamaño de un elefante, estará al frente del país en los próximos cuatro años, cuando los efectos del TLC dejarán de ser asunto de conjetura. Aunque las negociaciones todavía no se han cerrado ya es claro que, además de una reducción irreversible de los gravámenes a las importaciones desde Estados Unidos, hasta llevarlos a cero, en muchos casos Colombia concederá "cuotas" de importación con arancel nulo desde el comienzo. Para bienes en los cuales la producción nacional es ínfima, como el trigo, las cuotas iniciales serán tan grandes como las actuales importaciones del país. Para otros, como arroz, pollo, cerdo, y productos industriales "remanufacturados", las cuotas de importación libre desde Estados Unidos serán pequeñas al comienzo pero aumentarán cada año en forma precisa e ineludible. He visto que la importación con cero arancel desde Estados Unidos, especialmente en casos como los del arroz y el pollo, se defiende con un argumento que, no por casualidad, trae a la memoria de los economistas los famosos debates sobre las "leyes del trigo" en la Inglaterra de las primeras décadas del siglo XIX, que tanto influyeron el pensamiento teórico. En ese entonces se debatía la conveniencia de permitir importar a Inglaterra, sin gravámenes, trigo para abaratar los costos del trabajo y volver a Inglaterra aún más competitiva en bienes industriales, frente a la alternativa de mantener una alta protección a la producción agrícola, en beneficio de los terratenientes. Históricamente el asunto solo se resolvió en favor de la derogación de las "leyes del trigo" a mediados del siglo XIX, una vez cambió la correlación de fuerzas entre la clase industrial y la terrateniente pero, desde el punto de vista intelectual, casi desde el comienzo los gigantes del pensamiento económico, especialmente David Ricardo, definieron el asunto en favor de la libertad de importación. El poder evocador de esa argumentación económica no debe subestimarse. Ocurre, sin embargo, que un tratado que permite importar sin gravámenes arancelarios desde Estados Unidos mientras se mantienen altos aranceles a las importaciones de otros orígenes dista de ser eficiente pues en ese caso Colombia no estará importando de la fuente mundial más barata sino de la fuente más favorecida con preferencias arancelarias, e incurrirá en un costo gratuito asociado con la "desviación del comercio". Ello ocurriría, por ejemplo, si todo el trigo pasara a importarse de Estados Unidos, no porque sea el que vende más barato sino porque solo el trigo de ese origen podría entrar a Colombia sin pagar derechos aduaneros. Para evitar conceder un margen excesivo de preferencia a Estados Unidos, a costa del nivel de vida local, lo adecuado será reducir los aranceles, eventualmente hasta cero. La revisión de la estructura arancelaria tiene alta prioridad porque mantener aranceles altos frente a terceros países, cuando se ha aceptado importar libremente de la mayor potencia mundial, equivaldría a gravar a los consumidores locales para trasladar una renta a Estados Unidos. Una vía, complementaria para evitar pagar más de lo indispensable una vez se firme el TLC, es entrar en tratados similares con otros países, incluyendo la Unión Europea y Japón. Avanzar por esa vía no sería distinto a lo que el mismo Estados Unidos ha hecho y seguirá haciendo: mediante la firma de TLC hasta con el gato ese país se ha asegurado de que ninguno de sus socios comerciales pueda explotar una preferencia arancelaria importante, y ha reducido a la insignificancia cualquier transferencia de rentas por "desviación del comercio".
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