Opinión

  • | 2006/04/12 00:00

    Los aniversarios

    La historia enseña que los procesos que terminan en grandes tragedias nacionales tienen siempre el mismo patrón: una situación de crisis, una propuesta de autoridad y orden; un manejo de la imagen que poco a poco se torna en culto a la personalidad del gobernante.

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Se cumplieron 30 años del Golpe de Estado que sufrió Argentina y que la llevó al período más negro de su historia. Mal se puede utilizar el vocablo 'conmemoración' para lo que no es más que el recuerdo de un evento catastrófico; sin embargo, se le da tal tratamiento por ser una etapa superada, gracias a la desaparición de las leyes de impunidad y el llamado a responder por las barbaridades que sucedieron como consecuencias de ese hecho.

También se cumplieron 3 años de la declaratoria de guerra contra Iraq, sin que se haya concretado hasta dónde van sus consecuencias, excepto en el sentido de que nadie salió beneficiado: ni los iraquíes a quienes a nombre de la 'libertad' o la 'democracia' les destruyeron el país dejando una guerra civil que hoy es la que más víctimas produce en el mundo; ni los estadounidenses, para quienes no desaparecieron ni un peligro nuclear ni la amenaza de un santuario para Osama Bin Laden o Al Qaeda que solo existieron para justificar esa acción, y que en cambio los dejó enredados en un segundo Vietnam; ni los gobernantes que se lanzaron a esa aventura creyendo, por un lado, que quedaba notificado el terrorismo que acabarían con él y, por el otro, que generarían un respaldo a sus políticas para -con las manos libres- imponer su visión en otros temas. Solo quienes obtuvieron beneficios económicos (es decir, los que hicieron negociados con la 'reconstrucción') defienden la 'bondad' de esa invasión, ya que ni siquiera los militares se sienten satisfechos con ella.

Lo malo es que nadie aprende con experiencias ajenas. Por eso a quienes analizamos con angustia el proceso en el que estamos embarcados nos tachan de 'antiuribistas' y 'antibushistas' como si fuera la persona de uno u otro presidente el motivo de nuestras inquietudes y cuestionamientos.

Varias veces se ha intentado hacer claridad respecto a que son los modelos caudillista y de derecha en lo político, neoliberal en lo económico y 'desarrollista' en lo social, los que han llevado a nuestro país a estar incluido entre los de más inequidad y desigualdad social, más inestabilidad y más riesgo en lo político, y menor avance en el desarrollo económico, tanto en crecimiento como -sobre todo- en cuanto a democratización.

Lo grave y, al mismo tiempo, la razón por la cual la ciudadanía en general no percibe la realidad así, es que no la ven como un proceso en evolución sino como una situación del momento. Se aísla una u otra condición que los favorece (o que creen que los favorece) para asumir que mientras no se vean las desgracias que predicen los analistas, no hay razón para tomar posición al respecto.

En algún artículo de no recuerdo cuál autor se sostenía que la razón por la cual Colombia no seguía el paso de Latinoamérica en su tendencia hacia la izquierda es que no había llegado a sufrir lo suficiente bajo un régimen de extrema derecha.

La falta de familiaridad de la mayoría de los ciudadanos con la historia y los eventos políticos que en algún momento han marcado otras épocas u otras latitudes, hace que sean manipulables por las noticias y los titulares que manejan los medios e indiferentes a los análisis o reflexiones con algo de contexto sobre lo que estamos viviendo. Pero, si aprovechamos las enseñanzas de la historia, vemos que los procesos que terminan en grandes tragedias nacionales tienen siempre el mismo patrón: una situación de crisis, una propuesta de autoridad y orden que es respaldada por la mayoría de la ciudadanía, unos resultados inmediatos en algunos campos que dan cierta expectativa y legitimidad a esa propuesta; un manejo de la imagen que poco a poco se torna en culto a la personalidad del gobernante; y un control de la información que crea un mundo virtual en que todo prospera, y en el cual el obstáculo para salir adelante y sortear la crisis es acabar con los enemigos que el caudillo señala, inicialmente los internos y después algún externo real o virtual que afianza el respaldo por la causa que él encarna. Esto se repite desde Hitler y Mussolini hasta Pinochet y Fujimori (algo parecido sucede con Stalin, Mao o Fidel).

Hoy se puede decir que todos los colombianos tienen cierta claridad sobre las deficiencias de los modelos que nos gobiernan: algunos cuestionan la concentración de riqueza que lleva a que el aumento del patrimonio de las dos personas más ricas de Colombia fuera superior al del 99,9% de los demás colombianos reunidos; otros, que el corolario de la 'seguridad democrática' sea la indiferencia ante las víctimas del conflicto (los desplazados, los retenidos en la selva y sus familiares, los mutilados, etc.); otros lamentan el abandono de la atención a los problemas sociales y dudan de la posibilidad de éxito de una paz basada solo en la fuerza militar; otros no comparten los mecanismos utilizados para producir reformas a nuestro orden político bajo el simple principio de que soberano es el que logra una mayoría por cualquier medio; a otros les aterra ver cómo se multiplican los pordioseros y los limpiavidrios y los funambuleros en todas las esquinas de las ciudades colombianas. Es casi imposible encontrar alguien que no sea crítico de alguna o varias de las características y de los resultados de la orientación que lleva el país, pero, al mismo tiempo, en vez de insertar esa percepción en el marco de un proceso político para ver hacia adónde vamos, cada cual como elector se limita a apreciar las virtudes personales del Presidente.

Infortunadamente se atribuye a quien busca una perspectiva de mayor alcance el mismo razonamiento de quienes ven como central la existencia de Uribe y como anecdótico o secundario el proceso que vivimos -a pesar de todas sus señales-. Por eso, se asume que la oposición a esos modelos y a ese proceso es simple 'antiuribismo'.

Eso explica lo paradójico de que en las encuestas se siga mostrando un fuerte respaldo a la persona del doctor Uribe, aunque hay mayoría en contra de prácticamente de todas las políticas del gobierno (Tratado de Libre Comercio; Acuerdo Humanitario; Ley Forestal y políticas de erradicación con aspersión; temas de avanzada social como aborto, matrimonios homosexuales, etc.; y hoy incluso solución negociada o política del conflicto).

Si vemos las otras candidaturas en función no de la personalidad de los candidatos sino de las propuestas que representan dentro del espectro político, nos encontramos con otra paradoja en el sentido de que el candidato de la izquierda y el del Partido Liberal tienen los papeles medio cambiados: como dicen algunos analistas, Carlos Gaviria es la alternativa de 'el romanticismo de una sociedad más liberal', mientras Horacio Serpa es en principio lo más cercano a la ortodoxia socialdemócrata. La esperanza, la responsabilidad y la lógica serían que el país saliera del apropiadamente llamado 'embrujo autoritario' y, sin caer en el vicio de buscar en las características de ellos como individuos la respuesta a nuestros problemas, propicie una segunda vuelta donde la fusión del espíritu libertario con la orientación hacia las soluciones sociales ofrezca una mejor opción o sea una mejor apuesta que la de recorrer caminos ya conocidos y que se sabe adónde llegan.
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