Opinión

  • | 2004/09/17 00:00

    Loa al comerciante

    Si el empresario es el principal agente del desarrollo económico de acuerdo con la teoría económica del siglo XX, en la historia colombiana encontramos al comerciante como el hombre de negocios más dinámico de su élite empresarial.

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El viajero francés Augusto le Moyne se sorprendió al descubrir a Vicente Borrero, un gran comerciante, terrateniente y líder político del Cauca de la primera mitad del siglo XIX1, en su tienda de Bogotá, "vendiendo tela, y midiéndola él mismo con el metro en la mano", al día siguiente de haber renunciado al Ministerio de Relaciones Exteriores. Ochenta años después, Carlos E. Restrepo, un prestigioso abogado y comerciante de Medellín, liquidaba su compañía y cerraba su establecimiento comercial especializado en la venta de libros, papelería y miscelánea importada, para asumir la Presidencia de la República.

Los miembros principales de la élite colombiana en casi todas las ciudades y pueblos eran agentes comerciales o propietarios de tiendas, muchas de ellas tertuliaderos legendarios por los que circulaba información abundante sobre negocios, literatura y política. Mercurio, el dios romano del comercio, también era patrono de los ladrones, quizás porque los comerciantes ganaban con más rapidez que el resto y su inteligencia, encanto y habilidad para hablar y moverse no tenían igual. Por siglos, los beneficios económicos obtenidos en el comercio tendieron a ser más altos que en otros sectores. En la mayoría de las sociedades, fueron los comerciantes quienes iniciaron la acumulación originaria necesaria para la gestación del capitalismo industrial.

A lo largo de la historia republicana de Colombia, los comerciantes han tenido presencia en todo el territorio nacional y pese a que los antioqueños, bogotanos y costeños, por tradición, son los más sobresalientes, su origen no es privilegio de alguna región en particular. Han estado tras la financiación del Estado, las empresas de navegación a vapor, las exportaciones de productos tropicales (tabaco, café y banano), el impulso a la banca y los ferrocarriles, la colonización y expansión de la caficultura, la financiación de la minería aurífera y el desarrollo del proceso de industrialización. Si el empresario es el principal agente del desarrollo económico de acuerdo con la teoría económica del siglo XX, en la historia colombiana encontramos al comerciante como el hombre de negocios más dinámico de su élite empresarial.

Una mirada al pasado muestra que su ética, su sentido práctico desprejuiciado -como el de nuestro mencionado ministro de Relaciones Exteriores del siglo XIX- y su capacidad innovadora los hizo exitosos en un país de condiciones adversas para la actividad empresarial en materia de valores socioculturales, políticas públicas y estructuras fisiogeográficas. Por sus nexos con el negocio de exportación-importación, figura como el primer empresario colombiano globalizado. No es gratuito que un número representativo de empresas comerciales esté dentro de las 20 primeras del ranking nacional. Tampoco es casual que figuren allí las empresas industriales y de servicios que comercializan directamente su producción en puntos de venta propios.

Desde la Colonia, de manera imaginativa y comedida, los comerciantes ya practicaban el servicio al cliente y el préstamo de favores personales, que los obligaba a convertirse ocasionalmente en avaluadores de oro, banqueros, padres sustitutos o acudientes, correos, tramitadores de documentos ante el gobierno, despachadores de medicinas y hasta agentes funerarios. Dentro de la racionalidad del negocio, la atención de estas necesidades, que demandaban mucho tiempo y energía extra, satisfacía la función de publicidad, relaciones públicas, identidad de intereses y fortalecimiento de lazos de confianza y fidelidad con los clientes. Por eso, no es una actividad ocasional; al contrario, demanda la entrega de los mejores y más productivos años de quien la ejerce. Por su actitud, el comerciante se adapta fácilmente. Los antioqueños fueron los más exitosos comerciantes en Bogotá en el siglo XIX; en el XX, lo fueron también en la Costa Caribe como ilustran Luis Eduardo Yepes y el industrial textilero Jesús Mora, quienes se iniciaron como tenderos en Barranquilla; los siriolibaneses Char y Neme mostraron en sus inicios como comerciantes capacidad de adaptación en el Caribe, al fundar empresas comerciales que luego convirtieron en dos de los grupos económicos más grandes del país.

La cultura del comerciante es urbana, marítima, fluvial, pueblerina, regional, internacional, cosmopolita, políglota, pacifista y calculadora. El desarrollo de su olfato le permite al comerciante descubrir fácilmente dónde están el dinero y la necesidad de los consumidores; en cada época, con cada mercancía ha llevado la modernidad hasta el lugar más aislado porque intuye y observa, con facilidad, allí qué falta y qué sirve; se basa en la elaboración de un conocimiento del comprador y del mercado; si exporta casi siempre importa: la racionalidad basada en el eficaz y rentable ciclo de ida y vuelta, de comprar y vender; complementa y enlaza todos los sectores económicos, los bandos enfrentados y hasta las geografías más fracturadas, por lo que su práctica suele asociarse con el cambio, la velocidad y el movimiento representados en los transportes que conducen mercancías, dinero e información. Es sensible a los problemas de la producción y el mercado; sabe que en política aplica las habilidades que desarrolla como negociador para cerrar una venta, proteger su vida, sus mercancías y los intereses propios o los de sus clientes. Un comerciante experto es versátil. Sin mayor dificultad se transforma de ministro de Estado en tendero, de importador de telas en industrial textil, de vendedor de papelería en presidente de la República. Reunidos bajo intereses comunes, los comerciantes son capaces de transformar en poco tiempo una sociedad precapitalista y atrasada en una boyante sociedad industrial.

De poco sirve el talento sin formar las habilidades que lo potencian. La actual crisis empresarial y de liderazgo que padece el país, no radica en la falta de colombianos con espíritu emprendedor, que al contrario abunda, sino en la carencia de habilidades empresariales para volver durables y exitosas las empresas. Históricamente, los empresarios y gerentes exitosos han obtenido y fortalecido desde la infancia sus destrezas psicológicas y técnicas en pequeños o grandes establecimientos comerciales, como agentes viajeros o como vendedores puerta a puerta. Allí también han acumulado a veces grandes fortunas. La enseñanza que nos dejan estos 150 años de historia empresarial es que la "educación primaria" del moderno administrador y emprendedor no la suplen completamente nuestras escuelas de negocios e ingeniería; como en el siglo XIX, esta empieza en la tienda, tras los mostradores, sintiendo el deseo de ganar, degustando el olor de las telas, el contacto directo con el cliente, extendiendo el crédito en la pequeña venta, viajando a conseguir mercancías, negociando su precio y conociendo la producción de las mismas. Al entronizar la industria y la banca, el país olvidó el papel pedagógico y económico que históricamente cumplió el comercio en el entrenamiento de casi todos sus empresarios. La cultura propia de la actividad comercial con toda su complejidad, antes como ahora, parece ser el medio insustituible para desarrollar las habilidades personales que exigen los negocios y la empresa contemporánea, aun la más especializada y tecnificada.



1. Arboleda, Historia Contemporánea, T. I-III.
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