Opinión

  • | 1995/01/01 00:00

    Lo justo no quita lo valiente

    Los conductores colombianos se comportan en forma acorde al estado de las carreteras.

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Este escrito se origina en la angustia resultante de viajar de Tunja a Bogotá en manos de un conductor típicamente latino, quien entre más violaba las normas elementales del arte de conducir, más hábil se consideraba. Cuando finalmente llegamos, habiendo sobrevivido los impulsos suicidas de nuestro timonel al pasar en curvas ciegas o hacer la suerte de Don Tancredo con cuanta tractomula nos cruzamos, mi sistema nervioso estaba tan desbaratado como la infraestructura vial del país.

Respecto al estado postrado de nuestras carreteras y la incapacidad que hemos demostrado para solucionarlo, traigo a cuento cuatro elementos de juicio que podrían explicar en algo el por qué de esta calamidad doméstica.

Primero, porque no existe correlación jerárquica entre nuestras carreteras. Esto significa que fiel a las sabias enseñanzas de la madre naturaleza, la infraestructura vial debería asemejarse a un modelo hidráulico, comenzando por una quebrada para convertirse en río y de ahí armar un árbol fluvial que finalmente llega al mar. Este principio elemental no aplica en nuestro caso, en donde los gobernantes de turno consideran su deber el dejar construido tramos de vías que no empalman con otras de igual sección, generándose los famosos embotellamientos de tráfico que están haciendo metástasis en todas las carreteras y calles del país. Un segundo componente de este escenario lo proporciona el profesor Hirschman, quien al estudiar a Colombia por allá en los años 60 profetizó que si bien nos iba, mantendríamos en relativo buen estado las pistas de aterrizaje de los principales aeropuertos, pero en lo que atenía a las carreteras, mamola. Lo anterior, ya que un hueco en ellas no necesariamente genera accidentes ni ocasiona daños inmediatos en el parque automotor, mientras que si un avión se estrella al aterrizar, por cuenta del mal estado de la pista, se arma el despelote.

La tercera explicación me la dio un venezolano quien me dijo que tampoco deberíamos olvidar el que la sede del gobierno nacional está situada a 2.700 metros de altura, en donde la parquedad conceptual del páramo lleva a nuestros contratistas a procurar sus utilidades esquilmando las especificaciones de las vías, en 'vez de construirlas como Dios manda, sacando su sobretajada por encima del valor de una obra bien ejecutada.

Finalmente debemos tener en cuenta también los resultados del mestizaje nacional, en donde revolvimos la pasión por la sangre, proveniente de nuestro ancestro español, con la anarquía propia del trópico. A ese engendro sumémosle la antipatía que ambas razas tienen por el sistema sajón de solucionar los problemas paso a paso, implantando fórmulas incrementales como es la de crear un tercer carril que permita al tráfico pesado orillarse en las cuestas. No, nosotros vivimos de creer en la grandilocuencia implícita en toda gran obra (además de la comisión), como es el pretender construir una nueva red de autopistas que crucen el país, cuando hemos sido incapaces de adelantar una sola en los últimos 40 años, así como tampoco hemos mejorado las carreteras existentes, a la espera de esta nueva y llamativa megainfraestructura. Es parte del realismo mágico que nos permea, en donde asumimos que prometer obras durante el proceso electoral es equivalente a realizarlas.

La única retribución que tienen los colombianos amantes del espectáculo de sangre y arena es pasar muy lentamente por los lugares donde hay trancón, en la expectativa de poder presenciar el escenario dantesco de un gran estrellón, sintiéndose en parte defraudados cuando descubren que algunas veces éste se origina en nuestra actitud morbosa de frenar a ver lo que no existe.
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