Opinión

  • | 2008/09/12 00:00

    Lo hecho y lo por hacer

    Hay un contrasentido por resolver. ¿Cómo avanzar en mejor infraestructura, productividad y logro social con un compromiso más serio por la austeridad y el equilibrio fiscal?

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Un estudiante de economía que se hubiera graduado en el año 1993 y hubiera tenido previsión perfecta sobre los acontecimientos de la economía colombiana en los siguientes 15 años (un extraño regalo de los dioses), habría procedido de la siguiente manera: habría trabajado en el país hasta 1997; luego se habría ido a estudiar por cuatro años, hasta 2001, para ausentarse de la crisis de fin de siglo; habría mantenido sus ahorros en dólares hasta 2003, cuando los habría cambiado a la favorable tasa de cambio de $2.900; entonces habría comprado finca raíz, probablemente en un apartamento a $2 millones por metro cuadrado; se habría esperado hasta 2008 para vender ese apartamento en $4 millones por metro cuadrado, y realizado la ganancia de la vida, cambiando de nuevo dólares a una tasa de $1.650.

Como los humanos no vivimos en el cielo de la previsión perfecta, no podemos hacer esos negocios en los que solo se gana y nada se pierde. Y como somos estudiantes de la economía en tiempo real, nos toca ver el pasado y aprender lecciones, volviéndonos más sabios, pero no más ricos. ¿Cuál es, pues, la sabiduría que podemos extraer de esos 15 años, que le pueda servir a un estudiante que se gradúe en 2008?

Primero, que en estos 15 años de existencia de la Revista Dinero la economía colombiana no se alejó de los ciclos, y ni siquiera logró amortiguar su tamaño. Por el contrario, vivió los más marcados ciclos de su historia en setenta años. Ni siquiera aumentó su crecimiento tendencial, pues el mismo pasó de 4,5% a casi 1%, para recuperarse recientemente. En suma, fueron los 15 años más movidos en mucho tiempo.

Otro cúmulo de sabiduría derivado de este periodo, es que fuimos capaces de aprender de nuestros errores, y enfrentarlos a tiempo. Inclusive, que estamos dispuestos a incurrir en los dolores asociados con las recetas curativas. Muchos países no están dispuestos a asumir los tratamientos, y escogen doctores que les dicen mentiras (pienso en Venezuela, Argentina y Ecuador).

Veamos los tratamientos curativos a los que se sometió el país en estos 15 años: se aprobó un nuevo sistema de salud, pensiones y régimen laboral; los departamentos y municipios aguantaron un ajuste que los forzó a ahorrar; los congresistas y alcaldes aceptaron estabilizar el crecimiento de los giros para salud y educación, y la creación del Sistema General de Participaciones; los bancos aceptaron nacionalizaciones y capitalizaciones que limpiaran los créditos malos de las crisis; las empresas estatales aceptaron privatizaciones parciales que las hicieran viables; los hogares urbanos aceptaron la dolorosa transformación del UPAC a la UVR, para proveer vivienda; los transportadores urbanos aceptaron invertir y formalizarse en nuevos sistemas de transporte masivo; los mayores y los empleados aceptaron reformas a su sistema de pensiones, que implicaban más contribuciones y menos beneficios; los trabajadores aceptaron reformar el código laboral para hacer más fácil emplear jóvenes, y evitar despidos de empresas en problemas; los militares aceptaron rendir cuentas sobre los ingentes recursos entregados para combatir a guerrillas y paramilitares, y ser despedidos si había derrotas en las regiones bajo su mando; la conciencia del país soportó la considerable concesión otorgada en la Ley de Justicia y Paz; los agricultores e industriales aceptaron la firma de un TLC con los americanos; de hecho el país como un todo aceptó pagar 80% más en impuestos de renta e IVA para cubrir las promesas sociales consagradas en la constitución; y una gasolina a precios internacionales, para hacer los transmilenios; y los ricos, un impuesto a la riqueza, para solventar los costos de la pacificación.

Este récord de sacrificios y seriedad, propuesto por varios gobiernos, aceptado por varios congresos, diseñado por diferentes grupos de técnicos, apoyado por muchos tipos de gremios y empresarios; y asumidos por diez millones de familias, prueba que este es un país serio, que hace lo que tiene que hacer cuando las circunstancias lo demandan.

Estos inmensos logros se han hecho con base en instituciones democráticas, manteniendo un saludable sistema de contrapesos y balances entre ejecutivo, legislativo, judicial, prensa y sector privado. Es más, sobre cada uno de ellos ha habido debate hasta la náusea, en el que las voces más variopintas del espectro político se manifiestan en las calles, los foros y los editoriales.

¿Cuál es entonces la perspectiva para los próximos15 años? Creo que la característica más sobresaliente de un país radica en la calidad de su "modelo de corrección de errores". Los países y los gobiernos cometen errores con frecuencia. Colombia cometió muchos, que la llevaron al abismo de 1999, y los podría volver a cometer llevada de alguna efímera riqueza petrolera, como a principios de los noventa.

La pregunta, entonces, no es si no cometeremos errores en los próximos tres lustros, sino si mantendremos la flexibilidad mental, política, económica e institucional para reconocerlos rápido, incurrir en el costo de la sanación y corregir el rumbo. Y corregirlo sin el revanchismo y el revisionismo histórico que ha caracterizado los nuevos liderazgos de Venezuela, Argentina, Ecuador y Bolivia.

Confío en que la solidez institucional de Colombia sobrepasará el desafío de las reelecciones, y que haremos un tránsito suave hacia la alternación democrática en el poder de diferentes visiones políticas. El fundamentalismo que caracteriza el consenso actual alrededor de la opción gubernamental no aporta a la necesaria flexibilidad del país.

Creo que los desafíos económicos más importantes radican, primero, en construir la infraestructura que conecte con los mares los centros productivos, históricamente situados en las montañas, lejos de los puertos. Asimismo, desarrollar el potencial productivo del campo, adormecido por estar en las manos equivocadas, y por una sobrerregulación paternalista que evita que le llegue el capitalismo.

Segundo, rodear a las colombianas y colombianos de tecnología, maquinaria y entrenamiento que los convierta en trabajadores de calidad mundial. El Santo Grial de la economía es la productividad, y hay países que ya lo encontraron y beben incesantemente de él. Si no hacemos lo propio, nos estamos condenando al declive. La difusión tecnológica viene de la mano de quienes la comandan: los inversionistas de los países ricos. Eso ha hecho el sudeste asiático, China, India y Chile. Hay que dejarse descubrir por la tecnología y las posibilidades de negocios, y descubrir nuestras potencialidades y talentos en ese proceso. El libre comercio es le camino para este cambio espiritual y económico.

Tercero, en conectar las inmensas masas poblacionales atrapadas en trampas de pobreza no competitiva, con opciones de trabajo y negocios que les permitan sacarse a sí mismos de la pobreza y con ellos al país. Esto implica un nuevo orden en la provisión de bienes públicos como la salud, la educación, el aseguramiento contra el desempleo, la maternidad, la infancia y la vejez. El fondeo ha sido mayormente a través de impuestos a la nómina, al punto de crear el contrasentido de detener la formalización laboral y la creación de empleo para ayudar a los menos favorecidos. De tal forma que se les llega con subsidios pero se les impide encontrar trabajos dignos; pues las empresas los encuentran demasiado costosos. Esta estructura perversa, alimentada por el miserabilismo y el diseño equivocado de los impuestos a la nómina requerirá una reforma tenaz.

Si en los próximos 15 años se lograran estos tres objetivos, habríamos puesto al país en la senda de la prosperidad con seguridad y progreso social. Para eso se debe no abandonar lo ganado. No echar para atrás en la institucionalidad económica actual. Hay, sí, un contrasentido por resolver: ¿cómo avanzar en mejor infraestructura, productividad y logro social, con un más serio compromiso por la austeridad y el equilibrio fiscal? Todos esos programas parecen demandar gasto público masivo, pero la estabilidad requiere de un buen manejo de las cuentas públicas. La solución solo es, de nuevo: productividad creciente, de calidad mundial. Empresas y trabajadores más productivos pagan más impuestos. ¿La prescripción se muerde la cola? Sí. Así es la economía, un sistema interconectado en el que todo depende de todo.

Mi aspiración por supuesto, es que un estudiante que se acabe de graduar, no quede espantado al leer esto, y decida irse, como el de 1997; sino que decida quedarse y vea su futuro como promisorio y su productividad e ingreso como competitiva a nivel mundial.
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