Opinión

  • | 1997/10/01 00:00

    Lecciones del IRA

    El predominio de objetivos inalcanzables en la retórica de la guerrilla es síntoma de su determinación de seguir en la lucha.

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Las Farc no son la guerrilla más vieja del mundo. La organización dedicada a la lucha armada más antigua es el IRA, que tiene una historia continua, aunque no siempre unida ni activa, desde principios de 1920. Ahora el IRA ha declarado otra tregua. Con sus acostumbradas ambigüedades, ha renunciado por el momento al uso de la violencia y va a sentarse a dialogar.



¿Qué enseñanzas deja el proceso irlandés para Colombia? Veamos.



En primer lugar, se observa cómo la larga lucha armada termina convirtiéndose en su propia justificación: "Tenemos que seguir peleando, porque hemos peleado tanto que dejar de pelear sería una traición a nuestros muertos". No importa si alcanzar el objetivo es una clara imposibilidad, o si siempre lo ha sido. El IRA nunca ha tenido la capacidad de lograr su meta en contra de la resistencia de la mayoría protestante del Norte, ni mucho menos de la determinación de gobiernos ingleses de impedir una guerra civil en ese país.



Hay muchos modos de no ver esa imposibilidad. Uno de ellos es enfatizar que la guerra será larga, o pensar que si estallan algunas bombas más en Londres el ejército británico se irá, y que sin su apoyo los protestantes abandonarán su "unionismo", y descubrirán que esencialmente son irlandeses como los demás.



El lector atento, o la persona que escucha a los líderes guerrilleros colombianos por la radio, puede hacer una lista de los propósitos imposibles de negociar que racionalizan la continuación de esa forma de lucha: lograr la igualdad, acabar con las oligarquías, poner fin al neoliberalismo y a la ausencia del Estado. (Según declaraciones recientes de Gabino, del ELN). Cualquier movimiento tiene derecho a su retórica, pero el predominio en ella de objetivos inalcanzables, imposibles de negociar, es un síntoma de la determinación de seguir en una lucha cuya racionalidad queda en otra parte.



En segundo lugar, se encuentra la importancia de la lucha armada para el mantenimiento de la estructura de la organización. Siempre ha sido muy difícil para los líderes del IRA mantener su autoridad en treguas prolongadas. Tienen que hallar otra razón de ser para su movimiento, otros elementos distintos a las armas para su definición política, otros recursos para su sobrevivencia.



No es sencilla la alquimia que cambia una especie de capital política en otra. No son tantos los que creen en la alquimia. El experimento alquímico del IRA apenas está empezando.



En tercer lugar está la importancia simbólica y real de las armas. Una organización no vencida, como a sus propios ojos es el IRA, no las entrega; su custodia sigue siendo símbolo de autoridad -las caletas son secreto de los jefes-. Ellos también tienen un bien fundado miedo de los paramilitares protestantes.



La reflexión final es ligeramente optimista. Hace tres años, cuando el IRA declaró la primera tregua de esta serie, el júbilo de Irlanda del Norte fue inmenso y las tentaciones de la publicidad llevaron al fotogénico y aparentemente razonable Gerry Adams hasta la Casa Blanca del presidente Clinton. Décadas inmersas en la tortuosa y peligrosa política de su provincia sin duda endurecen la mente, y leyendo a Adams uno concluye que el progreso de un diálogo consiste en que los demás se pongan de acuerdo con lo que él propone desde el principio.



Pero admitamos que tal defecto es bastante común. Y aún las apariencias tienen su valor. A los niños ingleses, y tal vez a los niños irlandeses también, les aconsejaban no hacer muecas, porque si cambia el viento el niño queda con la cara que está fingiendo. Mejor un IRA con cara razonable: así no ha sido tan fácil regresar a la sinrazón.
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