Opinión

  • | 1997/06/01 00:00

    Las vacas flacas

    La política monetaria como reactivadora en épocas difíciles.

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Desde, por lo menos, mediados del siglo XVIII, con un célebre escrito de David Hume, hasta la brillante conferencia Nobel de Robert Lucas en 1995, se ha planteado que la cantidad de dinero no afecta, en el largo plazo, la actividad económica real. La neutralidad monetaria es, hoy en día, uno de los pocos planteamientos económicos que son aceptados prácticamente de manera unánime en la profesión.



La neutralidad de largo plazo no significa que a corto plazo las variables nominales carezcan de efectos reales. Todo lo contrario, salvo algunos economistas ubicados en la franja más extrema de la ortodoxia, es generalmente aceptado que el dinero ejerce alguna fuerza en la explicación de los ciclos, aunque no se entiende muy bien el mecanismo exacto.



La pregunta que enfrentamos hoy en Colombia es si debe utilizar la política monetaria para suavizar los ciclos económicos. En la actual fase baja, algunos observan que la política monetaria debería promover una reactivación. Esto se podría hacer devaluando el tipo de cambio (diciendo que a partir de mañana se compran dólares a $2.000) o regalándole base monetaria a las empresas más necesitadas. La evidencia y el sentido común dirían que, en efecto, este tipo de medidas sí reactivarían la economía (aunque no tenemos completamente claro cómo). Con este planteamiento estarían de acuerdo prácticamente todos los economistas, desde Hume hasta Friedman y, en menor grado, Lucas1.



El problema, por supuesto, son los costos. De una parte, sabemos que el efecto reactivador es sólo temporal, por cuanto a largo plazo el dinero es neutral. De otra parte, utilizar la política monetaria para pelear contra el ciclo presupone cosas que no es razonable presuponer. Por ejemplo, los funcionarios encargados de esta planificación tienen que saber con exactitud en qué fase del ciclo estamos, cuánta plata se requiere emitir o contraer en cada momento, lo cual implica saber con gran precisión el proceso a través del cual la plata reactiva o desactiva la economía. De seguro, las obvias diferencias de opinión en torno de qué hacer en un momento dado no se saldarían siempre con criterio técnico y hay amplias posibilidades de que, a través de la incertidumbre que siempre conlleva la discrecionalidad (no de la cantidad de dinero en sí misma), sí se afecte la tasa de crecimiento de largo plazo.



De otra parte, aun suponiendo que los planificadores pudieran hacerlo, supuesto muy fuerte, no es claro que una completa y total estabilización de la economía tenga beneficios importantes en términos del bienestar de la gente. Las personas viven muchos años y a lo largo de sus vidas, como aquel rey bíblico, pasan por períodos de vacas gordas y por períodos de vacas flacas. En valor presente, el bienestar no se afecta mucho por esta variabilidad, pese al obvio malestar que genera una recesión específica.



Dos destacados trabajos, de Mauricio Cárdenas y Javier Gómez, le pusieron números al efecto que sobre el bienestar de los colombianos tendría una completa estabilización económica y ambos concluyen que la ganancia sería pírrica. Como es intuitivamente claro, lo que sí importa de manera decisiva es el crecimiento. En este frente, en lugar de que unos funcionarios le traten de quitar el ciclo a la economía, lo que se necesita es el establecimiento de reglas de juego claras, estables y compatibles con incentivos a producir más y mejor.



Todo lo anterior sugiere que poner a un grupo de planificadores a usar la política monetaria para estabilizar la economía no es una buena idea. Primero, porque cada día hay menos elementos de juicio para calibrar con la exactitud requerida lo que habría que hacer para lograrlo. Personalmente, no conozco un solo trabajo serio que permita tener siquiera algún grado de confianza en que esto se pueda hacer. Segundo, porque así fuera posible, no es claro que sea deseable, tal y como se desprende del análisis de Cárdenas y de Gómez.



La política monetaria, entonces, debe consistir en una serie de reglas del juego muy claras y muy estables, consistentes con la idea de estabilizar los precios. Al sector privado colombiano no se le debe "ayudar" tanto con medidas bien intencionadas, que al cabo resultan erráticas, sino dejarlo trabajar en un ambiente en el que las reglas del juego sean claras y de largo plazo. Los bancos centrales cuentan con tres instrumentos de control, que son, en la mayoría de los escenarios, mutuamente excluyentes: la base monetaria, el tipo de cambio nominal y la tasa de interés de muy corto plazo.



Una regla de tasa de interés tiene diversos problemas ampliamente estudiados en la literatura. En concreto, no es posible saber qué tasa de interés es consistente con la meta de inflación: el nivel de precios está indeterminado, a menos que la política fiscal se maneje de manera armónica con tal finalidad2. Este problema es aún más grave en el contexto colombiano, en el cual no se quiere defender una tasa dada de inflación, sino reducirla de manera importante. Recordemos que cuando la inflación se desbocó mundialmente a mediados de los setenta, fue necesario retornar a políticas basadas en el control de un subcomponente de la base monetaria.



Una regla de tasa de cambio no implica problema alguno de indeterminación de precios. El problema que se viene señalando cada día más es que resulta difícil por la simple razón de que está sujeta a ataques especulativos de un contexto de enormes flujos de capital. Puesto en otros términos, aunque es una medida sensata, la decisión de defender una paridad fija supone una férrea disciplina cuyo costo no siempre es llevadero, en la vida real, de cara a un ataque cambiario.



Lo anterior lleva a plantear que fijar reglas de largo plazo en torno de la base monetaria es una política deseable. De otra parte, por lo expuesto arriba, no es conveniente modificar estas reglas al calor de las coyunturas. En lugar de "ayudar" esta decisión bien puede perjudicar. La presencia de volatilidad en las funciones de demanda por dinero de corto plazo, lejos de deslegitimar este tipo de políticas, lo que sugieren es otro elemento de incertidumbre y actúa en contra de tener objetivos anticíclicos.



Aceptar que la política monetaria no se utilice con criterios de manejo coyuntural y de corto plazo, supone como hechos dos factores. Primero, que al fin y al cabo no sabemos todo lo que hace unos años pensábamos -arrogantemente- que sí sabíamos. Segundo, que incluso si lo supiéramos, nuestras acciones estabilizadoras no tendrían mayor importancia en un sentido de bienestar a largo plazo.
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