Eduardo Lora

| 5/16/2003 12:00:00 AM

Las sorpresas laborales de la apertura

La apertura trajo menos efectos, buenos o malos, de los esperados.

por Eduardo Lora*

La apertura fue una de las grandes reformas de los 90 en América Latina. Sus beneficios para la eficiencia y el crecimiento económico fueron positivos, aunque muy inferiores a las expectativas que tenían sus promotores. Lo mismo puede decirse de los temores con respecto a sus efectos laborales. Algunos de esos efectos fueron negativos, pero no se cumplieron las profecías apocalípticas de destrucción de empleos que algunos habían hecho.

La mayor sorpresa que surge de una revisión de la investigación empírica sobre los efectos laborales de la apertura en América Latina es que afectó muy poco la composición sectorial del empleo. Es una sorpresa para los analistas económicos que esperaban, con base en la teoría de las ventajas comparativas, que los recursos se movieran en forma masiva hacia actividades potencialmente más eficientes. También es una sorpresa para los legos que imaginaban que el aumento en las importaciones acabaría con los sectores industriales. De hecho, la apertura ni siquiera aumentó las tasas de desempleo (cosa que sí hicieron las malas políticas macro de algunos países).

La poca reasignación del empleo entre sectores no significa que las empresas o los trabajadores no hayan sufrido traumas por la apertura y, menos aún, que el mercado laboral haya carecido de vitalidad para responder a un cambio de política de semejante importancia. Al contrario, la continua creación y destrucción de empleos en cada empresa y la aparición y desaparición de empresas en cada sector seguramente fueron mecanismos que ayudaron a ajustar los métodos de producción y organización, cambiar la composición de la producción y reorientar la producción de unos mercados a otros, en respuesta de la apertura.

Otra sorpresa de la apertura fue haber reducido los salarios reales, especialmente en los sectores industriales. Es una sorpresa para los economistas, que esperaban que los aumentos de eficiencia y la reducción de las rentas que había en las industrias protegidas llevaran a mayores salarios y precios más bajos de los bienes de consumo. Lo que parece haber ocurrido es que los trabajadores que participaban de esas rentas se vieron obligados a cederlas para mantener sus empleos. Además, en muchos países los sectores más protegidos eran los más intensivos en empleo no calificado.

Eso explica en parte otra sorpresa: la apertura contribuyó a ampliar, en vez de reducir, las brechas de salarios entre trabajadores calificados y no calificados, justo al revés de lo que esperaban muchos economistas.

La apertura produjo otras dos sorpresas más, ambas relacionadas con la calidad del trabajo. Por un lado, estimuló la generación de nuevos empleos de mejor calidad, especialmente en los sectores de exportación, que mejoraron sus posibilidades competitivas. Por otro lado, la mayor penetración de importaciones aumentó la informalidad en los sectores no exportadores. Sin embargo, este fenómeno ocurrió solo en países con legislación laboral muy restrictiva, no en todos los países.

Estas sorpresas dejan una lección de modestia para los economistas y una de moderación para los críticos. La distancia entre unos y otros sería menos pronunciada si se atendiera más a lo que dice la evidencia y menos a lo que dictan los dogmas teóricos y los prejuicios interesados.
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