Eduardo Lora*

| 7/11/2003 12:00:00 AM

Las secuelas de la crisis

Las posibilidades de recuperación de América Latina dependerán de las políticas que se adopten para afrontar las secuelas económicas, políticas y sociales que dejó la crisis desde 1998.

por Eduardo Lora*

Soplan buenos vientos para América Latina. Han mejorado los precios de las exportaciones, se ha recuperado la confianza externa en la región y hay indicios de que los capitales externos están regresando. También lucen bien algunos factores domésticos: debido al brutal ajuste externo que tuvo que hacer la región, son bajas las necesidades de financiamiento externo y altos los tipos de cambio reales. Gracias a políticas monetarias más independientes que en el pasado, las devaluaciones no se han convertido en un bumerang inflacionario y las tasas de interés de largo plazo están bajando en varios países.

Pero la recuperación puede resultar esquiva, pues la larga crisis dejó una serie de complicadas secuelas. En el frente macroeconómico, después de varios años de penurias fiscales y de fuertes devaluaciones, los niveles de deuda pública en los siete países más grandes de la región pasaron en promedio del 37% del PIB en 1997 a 51% en 2002. En Argentina y Colombia, los aumentos fueron aún mayores.

En materia de capacidad productiva, la recesión dejó unos sectores productivos debilitados por falta de inversión, y que no podrán recuperarse fácilmente debido al peso de las deudas en dólares y al encarecimiento de los bienes de capital, por cuenta de la devaluación.

También se ha reducido el espacio político para iniciar nuevas reformas estructurales que podrían darles un impulso a la inversión y el crecimiento. Las reformas promercado están desacreditadas debido al mal desempeño de la economía en los últimos años, y por cuenta de la corrupción y las deficiencias en la regulación de los sectores privatizados.

Agréguese a este guiso una buena dosis de descontento social, más que justificado por el aumento en las tasas de desempleo y en los niveles de pobreza. Los logros sociales que se habían conseguido entre 1990 y 1997 gracias al crecimiento y algunas reformas económicas y sociales, quedaron borrados por cuenta de la recesión.

El resultado final de todo esto es un terreno minado, donde las posibilidades de recuperación dependerán de la forma como se enfrenten estas secuelas. Las vulnerabilidades macro exigirán una gran disciplina fiscal, que será difícil mantener en el clima de aparente holgura tributaria y demandas sociales represadas. Estas demandas deberán ser atendidas no con mayor gasto social -el cual ha subido en la mayoría de países, a pesar de la crisis-, sino con mayor eficiencia y focalización en programas dirigidos a aumentar la cobertura de los servicios sociales básicos y de protección de los pobres.

Para estimular la inversión, lo más indicado será concentrarse en aprovechar las oportunidades de exportación, que lucen bastante bien debido a las altas tasas de cambio y a las perspectivas de mayor integración internacional, especialmente con Estados Unidos. Al objetivo de aumentar las exportaciones deberán dirigirse también las políticas industriales y los esfuerzos diplomáticos internacionales.

Finalmente, será preciso apuntalar las reformas estructurales que ya están avanzadas, mediante mejoras en las instituciones y los marcos regulatorios para controlar la corrupción, reducir la incertidumbre para los inversionistas y mejorar los mecanismos judiciales y extrajudiciales de solución de conflictos económicos.

Es posible salir de la crisis. Es cuestión de estrategia y liderazgo.



* Esta columna no compromete al BID, entidad a la cual está vinculado el autor.
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