Opinión

  • | 1999/06/18 00:00

    Las reformas son posibles

    Es iluso pensar que las autoridades económicas pueden resolver la crisis.

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No comparto la opinión, común entre los economistas colombianos, de que la recesión es esencialmente un problema macroeconómico, que se podría corregir con alguna combinación de políticas monetarias, cambiarias y fiscales. No quiero entrar en la discusión sobre cuál sería esa combinación. Sin embargo, es notable que intentos anteriores por mantener bajas las tasas de interés, impulsar la economía mediante el gasto público o elevar el tipo de cambio han producido efectos poco duraderos, cuando no contraproducentes en el crecimiento.



No estoy sosteniendo que la política macroeconómica sea irrelevante sino que, en las condiciones actuales del país, es insuficiente. Y lo es, sencillamente, porque el desarreglo institucional ha hecho metástasis. La desconfianza en las instituciones ha calado muy hondo y, en estas condiciones, es imposible que se desarrolle la inversión y se generen empleos estables, no importa cuáles sean las políticas macro. Ya no es posible decir, como decía Fabio Echeverry en los 80, "el país va mal pero la economía va bien".



Las reformas institucionales son la prioridad número uno. Las instituciones laborales deben cambiarse para facilitar el funcionamiento del mercado de trabajo. Es necesario reorientar el proceso de descentralización para reducir las burocracias centrales, dar autonomía a los municipios y entregar a las comunidades el control de las decisiones. Se debe reestructurar el sistema educativo para acabar con las relaciones de monopolio bilateral entre el Ministerio de Educación y Fecode, y crear en su lugar un sistema en el cual las escuelas respondan a incentivos económicos y a las necesidades de las familias. Es necesario renovar las reglas del sistema político para evitar la fragmentación partidista, el individualismo político y las posibilidades de captura de los políticos por parte del enjambre de grupos de presión. Es necesario cerrar las entidades más corruptas e ineficientes, como la Caja Agraria.



La respuesta usual a estas demandas de cambio es que las reformas institucionales son difíciles, si no imposibles de hacer, y que de todas formas siempre es más urgente concentrarse en las penurias económicas del día. Se trata de un lamentable caso de miopía, que no encuentra justificación en la experiencia de otros países latinoamericanos. .



Un estudio reciente del BID acaba de evaluar la experiencia de 12 reformas institucionales y ha llegado a una serie de recomendaciones para reformadores que vale la pena reseñar:



La luna de miel es pasajera. No desaproveche el primer año o año y medio de gobierno, cuando es más fácil movilizar apoyo político.



Se necesita un líder, preferiblemente el Presidente o un Ministro de muy alto rango, con visión y perspectivas de estabilidad en el cargo.



Pero el líder no basta. Es necesario el soporte de un equipo técnico competente y comprometido con el diseño de las propuestas de reforma.



Reformar por decreto no funciona. Se necesita el apoyo del Congreso. Si el gobierno no cuenta con mayoría, ése no es el fin de la reforma: siempre es posible construir nuevas coaliciones.



Durante el proceso de discusión de la reforma, no es posible dejar de lado las instituciones existentes. Hay que apelar a la zanahoria y al garrote.



En la implementación es más factible operar con instituciones nuevas, pero esto siempre tendrá un costo en el largo plazo.



El apoyo externo cuenta. El dinero de los organismos multilaterales puede mover la balanza a favor de las reformas, pero en ningún caso puede llenar el vacío de liderazgo.



Empaquetar unas reformas con otras es un arma de doble filo, a menos que tenga una muy buena campaña de comunicaciones que logre neutralizar los dardos cruzados.



Es importante compensar a los perdedores de la reforma. Si no puede de contado, hágalo a crédito. Si no lo hace, esté preparado para el sabotaje.



Busque crear beneficiarios inmediatos de las reformas y ayude a que éstos puedan organizarse y expresarse. A la larga, esto inclinará las fuerzas a su favor.



Evite revivir viejas batallas. Busque nuevos ángulos de discusión y nuevos escenarios de negociación.



Desarrolle una estrategia de comunicaciones de alta visibilidad sólo si la reforma claramente responde a una necesidad sentida por el público.



Si hay dudas sobre la necesidad de la reforma, váyase por una estrategia de bajo perfil o siga la táctica de educar primero y reformar después.



En síntesis, las reformas institucionales son posibles. Las autoridades macroeconómicas pueden ser las mejores, pero es iluso pensar que por sí solas van a sacar al país de la crisis.
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