Opinión

  • | 1998/04/27 00:00

    Largo plazo y elecciones

    Quienes fracasan son aquellos que pretenden ganar las batallas que perdieron el día anterior, los que olvidan su norte, ocupados en la tarea de apagar incendios.

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En 1994 conocí una verdadera concepción del largo plazo, una distinta de aquella que se le atribuye a Mao, según la cual faltarían aún cientos de años para juzgar la Revolución China. Fue en el mercado de Tsukiji, en Tokio, el mercado de pescado más grande del mundo. A las cuatro y media de la mañana, Tsukiji es un inmenso bazar de vendedores y compradores, un lugar donde se encuentran las especies más diversas sacadas de las profundidades del mar por los pesqueros japoneses. Peces enormes son subastados en minutos, al mejor postor.



Pero lo más impactante para la delegación colombiana no fue aquello, sino la revelación de una maqueta. "El mercado de Tsukiji", nos dijo el director, "es el mercado más grande del mundo y alimenta a Tokio y sus alrededores. Pero éste" --dijo señalando la maqueta-- "será el mercado de pescado más grande del mundo en el 2010. Y ya empezamos a construirlo". Tres lustros antes, los japoneses construyen el mercado que abastecerá a los suyos desde la segunda década del próximo siglo, conscientes de que Tsukiji, no obstante su inmensidad, no dará abasto.



Lo mismo ocurre en Estados Unidos. Fue un proyecto de futuro el que hizo posible la sociedad más próspera de la Tierra. Para los europeos que colonizaron las tierras del Norte, el éxito era la residencia, no el regreso. Para nuestros antepasados, en cambio, el triunfo era el regreso, no la residencia. En esa búsqueda del enriquecimiento rápido, heredado de nuestros antepasados, a nosotros nos asusta el largo plazo. Y abandonados en el corto plazo, no hemos sido aún capaces de sostener un proyecto de nación, un conjunto de propósitos colectivos.



Los empresarios suelen imaginar el mundo de la política como algo muy ajeno a ellos. No lo es: ambos enfrentan situaciones altamente competitivas y crisis permanentes. En ambos casos, los que fracasan son aquellos que pretenden ganar las batallas que perdieron el día anterior, los que olvidan su norte, ocupados en la tarea de apagar incendios. Los que triunfan y se ganan el respeto de sus semejantes son aquellos que, no obstante el horror que ofrece a veces el corto plazo, insisten en perseguir objetivos en el largo plazo.



Eso es lo que más me gusta de la llamada tercería. Noemí Sanín, Antanas Mockus, Carlos Lleras y tantos otros que los acompañan representan mucho más que sus propias ambiciones o sus simples nombres. Son un proyecto de país. Eso es bastante más del pan y circo que usualmente recibimos los colombianos antes de las elecciones.
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