Opinión

  • | 1999/08/13 00:00

    La virtud no basta

    Al orientar la política económica sólo por consideraciones de largo plazo, las autoridades han tirado por la borda las enseñanzas de siete décadas de teoría e historia económica.

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El pesimismo cunde. La pregunta sobre cuándo terminará la recesión es cada vez más impaciente porque todo el mundo está al borde de su resistencia. Las familias con desempleados, una de cada dos, hace rato se comieron sus ahorros y han venido endeudándose cada vez más, por la vía desesperada de atrasarse en los pagos. Las empresas, lo mismo. La primera parte de mi respuesta a esa angustiada pregunta es: sí, vamos a tener una recuperación. Incluso creo que la reactivación ya comenzó, que la producción global dejó de caer y comenzó a aumentar. Pero la segunda parte es que, sin cambios en las políticas, esa recuperación será mediocre, sin capacidad para corregir el desempleo y parar el torrente de quiebras y concordatos.



Y me fastidia porque las cosas no tendrían que ser así. En el siglo pasado y hasta bien entrado el actual los países solían sufrir recesiones profundas y prolongadas, porque la sabiduría económica convencional decía que las crisis eran un resultado inevitable de los excesos previos y que no se podía ni se debía hacer nada para acortarlas o suavizarlas. El Estado debía limitarse a esperar a que el ciclo siguiera su curso natural, tratando sólo de evitar que la recesión desordenara las finanzas públicas.



La Gran Depresión de los Treinta, un colapso económico que se inició en 1929 en Estados Unidos y se extendió en pocas semanas por todo el mundo, llevó a una profunda revisión de la teoría y la práctica económica. Aunque las medidas para atenuar esa depresión fueron débiles y tardías (por ejemplo, en Estados Unidos la producción cayó 27% entre 1929 y 1933), la severidad de la crisis obligó finalmente a la mayoría de los gobiernos, sin excluir al colombiano, a abandonar los viejos dogmas y ejecutar el tipo de políticas que hoy llamamos coyunturales o anticíclicas.



Cosas tan elementales como evitar subir los impuestos y recortar la inversión pública en un fútil intento de preservar la virtud fiscal en medio de la depresión. Y evitar subir las tasas de interés en un intento igualmente inane de defender el patrón oro, que era algo así como la banda cambiaria de esos años.



Poco después, con la publicación de la "teoría general" de J. M. Keynes en 1936, la idea de que las recesiones de demanda eran inevitables recibió el tiro de gracia. Keynes demostró que una recesión de demanda profunda y prolongada sólo puede presentarse por incompetencia del manejo económico.



No es que la producción de un país no pueda caer bajo ninguna circunstancia. Que caiga por una guerra o una catástrofe natural es entendible. También lo es que una economía dependiente del petróleo se contraiga si el precio del crudo cae a la mitad, de manera que se reduce súbitamente su capacidad para importar materias primas y bienes intermedios.



Pero Keynes demostró que es ridículo que una economía con cientos de miles de personas aptas para el trabajo y con enormes sobrantes de capacidad productiva instalada se mantenga en recesión prolongada por falta de demanda agregada. A pesar de que muchos economistas colombianos suelen hablar neciamente de que las tesis keynesianas están "superadas", ningún gobierno de un país desarrollado incurriría hoy en la barbaridad de cortar a hachazos la inversión pública en medio de una recesión.



Sé que las tesis keynesianas sobre la conveniencia de que el Estado no se limite a observar pasivamente las recesiones de demanda fueron utilizadas para justificar, especialmente en América Latina, muchos excesos. La idea de que a punta de políticas monetarias y fiscales expansivas un país puede acelerar de manera sostenida su crecimiento es un error, además de una caricatura de las tesis keynesianas. Pero también es un error afirmar que la política económica debe guiarse exclusivamente por consideraciones de largo plazo y permitir que las recesiones se prolonguen hasta que la economía haya purgado los "excesos del pasado". Colombia no tendría por qué caer en un error para evitar el otro pero para un país tan pobre y tan maltratado el segundo error me parece incluso peor que el primero.



Para la política económica parece que el tiempo no hubiera transcurrido. En la revista del Banco de la República de diciembre de 1929 se lee lo siguiente, que podría haber sido tomado de cualquiera de los últimos informes del Banco:



"El país está enfrentado con una crisis fiscal que obliga al gobierno a tomar medidas dolorosas pero necesarias para recortar el gasto público con el consiguiente aumento de malestar social. Como resultado de esta circunstancia y de factores económicos tales como la caída del precio del café, ha sobrevenido una crisis a todos los negocios del país con la consiguiente parálisis en todas las actividades y la depreciación de todos los bienes y servicios".



Nada más. Ninguna propuesta de política coyuntural, sólo la reiterativa advertencia sobre la necesidad de evitar un deterioro fiscal, y la sugerencia de que la virtud fiscal bastaría para sacarnos del atolladero. Como si la virtud fiscal fuera la panacea en lugar de derrotarse a sí misma en medio de una recesión, como ya lo estamos viendo.



Pero algo sí ha cambiado desde los años treinta. Por si alguien no se había dado cuenta la sociedad colombiana está ahora luchando por su supervivencia frente a una subversión que aprovechará todas las oportunidades que le brinde la política económica. Incluso si Colombia pudiera darse el estúpido "lujo" de que su recesión de demanda se prolongue hasta el final de su vida natural, es una irresponsabilidad darle a la guerrilla la ventaja o papayazo de una recesión económica innecesariamente dura y prolongada.



Pero en ésas estamos.
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