¿La vida o el trabajo?

| 3/16/2001 12:00:00 AM

¿La vida o el trabajo?

En este campo, hombres y mujeres enfrentamos el mismo desafío y no encontramos formas novedosas y creativas que atiendan el problema.

por Connie de Santamaría

"Yo sé que tengo que pasar más tiempo con mi hijo. Quiero pasar más tiempo con él. Sé que la adolescencia es crítica. Yo trato. Pero el trabajo me envuelve: llegan las cinco, llamo a la casa, digo que voy para allá y termino llegando a las nueve de la noche".



Esta expresión de un paciente hombre es muy frecuente también en mujeres. Unos y otras mantenemos una relación conflictiva entre la actividad laboral y la vida familiar, entre las aspiraciones profesionales que nos dominan en el trabajo y las exigencias humanas que debemos atender en las actividades no laborales. Parecemos dispuestos a sacrificar lo que sea --la relación con nuestros padres, hijos y amigos, nuestras necesidades de recreación y crecimiento personal-- por las exigencias de un trabajo. ¿Por qué? ¿Por qué seguimos haciendo lo que "sabemos" que tiene un costo tan alto para nosotros y nuestras familias?



"Cuando supe que mi hija tenía anorexia, creí morirme. Se me vinieron a la cabeza tantas tardes en que me limitaba a llamarla por teléfono y me contentaba con saber que había llegado 'bien' del colegio. Pero realmente no sabía en qué estaba".



Esto me lo decía con lágrimas una paciente mujer sobre la única hija de su primer matrimonio, cuando estaba en terapia con su segundo marido.



¿Necesitamos llegar a estos extremos para despertar y reconocer que estamos haciendo algo muy mal? ¿Por qué esperar a que una situación de crisis nos exija un cambio? Dos, entre otras, son para mí las razones de esta forma de actuar.



1. El consumo nos domina: "Yo solo quería tener un buen apartamento y dejarles un patrimonio a mis hijos, garantizarles una buena forma de vida. Por eso, le puse tanto empeño a conseguirlo y ahora que lo tengo, me quedé solo" (hombre profesional, 48 años).



2. El trabajo como escape: "Me levanto por la mañana y la angustia me domina. La preocupación por mis hijos y sus cosas me atormenta. Pero llego al trabajo y felizmente todo se me olvida. Tal vez demasiado, porque no vuelvo a salir de allá hasta que hacia el final de la tarde recibo una llamada y caigo en cuenta de que no hice nada de lo que me había propuesto hacer por mis hijos. Corro, llego y arranca la angustia otra vez... y el día siguiente es igual" (mujer profesional, 36 años).



Hasta hace algunos años, las mujeres se quedaban en la casa atendiendo las necesidades de los hijos y las exigencias de los maridos por tener un espacio amable lejos de la presión y demandas del trabajo. La división social era clara: la mujer en el hogar, el hombre en la oficina. Hoy, los cambios en las dos direcciones son evidentes: las mujeres trabajamos y no somos las únicas encargadas de los espacios privados, y los hombres se ocupan y preocupan por las necesidades familiares.



La paradoja: el dominio del trabajo se nos ha impuesto a ambos y no hemos encontrado formas de organización personal, social y laboral que nos permitan atender las demandas de los mundos privado y público. Se requiere una concertación creativa entre hombres y mujeres, empleadores y empleados para armonizar los tiempos y los espacios y lograr así que cada uno conceda, exija y dimensione a la luz de "lo otro". Nos corresponde a las mujeres "hacer ver" la importancia relativa de todas las dimensiones y no continuar asimilándonos al "tradicional mundo de los hombres". Pero el reto es para todos.
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