La última batalla

| 10/13/2000 12:00:00 AM

La última batalla

Es cierto. La única forma de ganar la guerra mundial contra la droga es legalizando el consumo. Pero para que eso tenga un chance es necesario el éxito del Plan Colombia.

por Javier Fernández Riva

En un lúcido editorial del domingo pasado, con el mismo título de esta nota, El Tiempo observa que, tras varias décadas de política represiva contra la producción y el consumo de drogas heroicas, "el resultado no puede ser más lamentable", pues el consumo y la producción aumentan mientras la política represiva solo deja una estela de ruinas. "Lo que ha logrado la persecución a la droga es cambiar de nacionalidad el problema. Hace unos años, en Colombia los cultivos de coca eran insignificantes. En la medida en que tuvo éxito la lucha contra los cultivos ilícitos en Bolivia y Perú, las plantaciones emigraron a nuestro país". Respecto al Plan Colombia, último gran esfuerzo concertado para luchar contra la droga, acepta que "parece inevitable que la carta se juegue", y que espera su éxito, pero precisa que, "si no es así, esta debe ser la última batalla a sangre y fuego contra la droga". De fracasar, dice, Estados Unidos tendría "la responsabilidad histórica de buscar y acordar el camino de la legalización de la droga", como lo hizo hace décadas con el alcohol, ante el evidente fracaso de la prohibición.



Ese editorial me indujo a descartar a último momento otro artículo que había preparado para este número, sobre la reforma tributaria. Hoy no hay tema económico y social más importante que el Plan Colombia, por sus efectos para el país y para la política mundial contra la droga.



Siento que, cuando el editorialista menciona la posibilidad de fracaso de "la última batalla" contra la droga no está pensando en el eventual naufragio del Plan Colombia sino en la futilidad final del éxito del mismo. Pero la necesidad de hacer precisión sobre lo que puede ganarse, y lo que no tiene posibilidad alguna de triunfo, es una de mis motivaciones para escribir esta nota.



Como muchas personas, y en mi caso con convicción profesional, creo que la única manera de ganar mundialmente la guerra contra el narcotráfico será la legalización de la droga. Acepto que un Plan Colombia exitoso no tendrá otro efecto que inducir, una vez más, el cambio de nacionalidad del problema, como ocurrió tras la "exitosa" erradicación de los cultivos de coca peruanos y bolivianos. Pero me preocupa que pueda crearse la ilusión de que, un eventual fracaso del Plan Colombia, en el sentido de no lograr una reducción de los cultivos de coca y amapola en el país, pueda inducir a Estados Unidos a reconsiderar su desastrosa política represiva. Me temo que un fracaso a ese nivel solo reafirmaría su opinión de que la política es correcta pero no ha logrado reducir la producción de droga porque Colombia es un país podrido hasta el tuétano, sobre el cual habría que intensificar las presiones de todo tipo. Por eso el fracaso del Plan Colombia haría que la miseria de esta guerra inútil empeorara y se prolongara durante muchos años.



Su éxito, en cambio, que no sería nada muy distinto de lo que ya lograron Bolivia y Perú, dejaría abiertas las puertas para la constatación mundial de que el problema no es la incompetencia o la corrupción colombiana sino la imposibilidad de bloquear la producción de estupefacientes mientras existan consumidores dispuestos a premiar con ganancias extraordinarias a quienes estén dispuestos a abastecerlos mientras el consumo sea ilegal.



Otra motivación de esta nota es la necesidad de recordar que el problema de la erradicación de los cultivos en un país es, principalmente, económico, como todo el fenómeno del narcotráfico. La subversión, interesada en defender sus ingresos, los países satisfechos con que Colombia siga siendo el chivo expiatorio del mundo en esta materia y concentre toda la podredumbre, y algunas personas bien intencionadas pero ingenuas, suelen presentar las cosas como si el Plan Colombia fuera a desatar una hecatombe y bloquear la paz, cuando estábamos a un paso de lograrla. Nada más falso. Aquí no se trata de atentar contra la supervivencia económica y mucho menos contra las convicciones políticas, la libertad o los derechos humanos de una parte de la población, sino de usar una combinación adecuada de estímulos y de represión, como lo recomienda la teoría económica del control del crimen (y como se hizo en Bolivia y Perú), para que Colombia deje de tener de una ventaja comparativa en esa producción.



La fuerza es un complemento necesario de cualquier programa "exitoso" de erradicación de los cultivos en el nivel local, porque los incentivos económicos para abandonar las siembras ilegales no bastan. Los narcotraficantes siempre podrán duplicar la oferta oficial por hectárea, como hace poco lo hicieron a una comunidad indígena del Cauca que, de esa manera, fue inducida a reanudar el cultivo de coca tras un efímero éxito de un programa "no represivo" para la erradicación. En Colombia, con verdaderos ejércitos de guerrilla y paramilitares, dependientes económicamente de la droga, el componente de fuerza tendrá que ser mayor que en otros países. Pero si la parte económica se maneja bien la necesidad de fuerza será limitada. Nadie está en la tónica de hacerse matar por defender el cultivo de coca y amapola como un derecho fundamental. Y ni siquiera la subversión estaría en condiciones de obligar a decenas de miles de campesinos, que cuenten con alguna alternativa económica, a mantenerse en el cultivo ilegal.



Que el problema de la erradicación sea principalmente económico no significa que no pueda manejarse mal. El récord del gobierno colombiano --de este y de los anteriores-- en el manejo de programas de inversión pública justifica cualquier inquietud.



Si el país no le asigna absoluta prioridad al programa, si se limita a esperar que le lleguen los recursos externos sin aportar fondos propios suficientes y oportunos, si en la ejecución del Plan se roban demasiada plata, o incluso si la despilfarran entusiastas burócratas, capaces apenas de generar la entropía de infinitos comunicados e informes, pero no de que la plata les llegue a los campesinos, el Plan fracasará. Las causas de su fracaso no serían diferentes a las de casi todo.



El Plan Colombia podría ser la última batalla en la guerra contra la droga. Pero el mundo solo se convencerá de que la guerra represiva contra la droga está perdida si se gana la última batalla de erradicación parcial. Si esa batalla no se libra, o se pierde, Colombia, quedará condenada a muchos más años de soledad y miseria.
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