Opinión

  • | 2006/02/16 00:00

    La tijera cambiaria

    Pese al comprensible escepticismo, creo hay cada vez mejores razones para prever una transformación a fondo del actual entorno cambiario.

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Todavía uno tropieza, de vez en cuando, con artículos que critican la insistencia de los exportadores en pedir devaluación en lugar de resignarse a vivir con una moneda estable y competir con productividad. Quienes escriben ese tipo de cosas atacan molinos de viento, porque hace rato que ni los exportadores más ambiciosos aspiran a una verdadera devaluación. Hoy, con un dólar $700 por debajo de su precio de hace tres años, la mayoría se conformaría con que no siguiera cayendo, y se daría por bien servida si en el futuro subiera con la inflación. Por eso tengo la convicción de que los exportadores sobrevivientes van a recibir una grata sorpresa a más tardar en 2007. Colombia pagará, no lo dudo, un costo por la revaluación del peso durante los últimos años pero observo que las dos hojas de la tijera que finalmente cortarán el nudo cambiario siguen cerrándose y me parece que el resultado es inevitable.

Una de las hojas es el déficit corriente de la balanza de pagos. Lo peculiar de la fortaleza del peso es que, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países emergentes, en Colombia coincide con un déficit corriente el cual, además, está creciendo en forma explosiva en medio de la bonanza de precios de las exportaciones no tradicionales. Según mis proyecciones la secuencia del déficit en el período 2004-2007, en millones de dólares, lucirá como -900, -1.900, -3.700, -5.200. Además, es obvio que la historia no se detendrá en 2007 aunque me temo que ese año se detendrán muchas otras cosas.

La otra hoja de la tijera cambiaria, a la que hace unos meses me referí como "solución final", es el desplome de las tasas de interés locales, en respuesta a la abundante liquidez que surge de la monetización de los excesos de dólares. La idea es que las tasas de interés caigan hasta que los capitales especulativos dejen de llegar porque vean que no vale la pena correr los riesgos financieros, o comiencen a salir porque ven más verde el prado del país vecino.

No es raro que las autoridades de los países que tienen déficit corriente, en lugar de corregirlo, traten de financiarlo endeudándose con el resto del mundo, para lo cual ofrecen altas tasas de interés. Es lo que hizo Argentina hasta la crisis de la convertibilidad en 2001 y, sin llegar a esos extremos, es lo que hoy hace Estados Unidos. Muchos querían que Colombia hiciera algo por el estilo pero, por fortuna, la Junta del Banco de la República rechazó la vía del aumento de las tasas y optó, así fuera en forma tibia (es lo que pasa con las decisiones colegiadas) por permitir que las fuerzas del arbitraje financiero internacional contribuyan a la solución, vía el desplome de las tasas de interés locales.

Con un déficit corriente que promete rondar en dos años 5% del PIB y una firme resistencia de la mayoría de la Junta a las políticas tradicionales de aumento de las tasas de interés mi apuesta, hoy absolutamente minoritaria, sigue siendo al dólar como una de las mejores inversiones de mediano plazo.

Sigue un añadido de otro tema relacionado. Saben que no acostumbro tratar dos temas pero aquí me parece pertinente y oportuno.

¿Dólares caros? Hace unos días Rudolf Hommes preguntaba en un artículo de prensa, por qué los dólares en efectivo estaban tan caros si eran tan abundantes como algunos decían. Por supuesto, sería inexplicable que el precio de un bien de oferta abundante fuera "caro", pero calificar así el actual precio del dólar billete es jugar con las palabras. Ese precio, según lo reporta El Tiempo, está hoy en $2.175, casi 20% menos que los $2.700 que se pagaban hace tres años, y desde entonces el costo de vida para los consumidores subió más de 10%.

Hommes habla de billetes "caros" porque, pese a su abundancia, hoy su precio difiere de la cotización del dólar bancario en menos de 4%. Una vez se reformula la pregunta: "¿por qué, si abundan tanto los dólares en efectivo, su precio difiere tan poco del precio del dólar bancario?" la respuesta salta a la vista. Los precios se parecen porque corresponden a dos bienes que son sustitutos cercanos y con mercados conectados. La abundancia de billetes no solo reduce el precio de los billetes sino, también, el precio del dólar bancario. Históricamente el margen entre ambos precios se redujo mucho cuando se desarrollaron canales eficientes para conectar ambos mercados, como cuando el Banco de la República ofrecía el servicio que algunos calificaban de "lavandería". Luego el margen se amplió mucho durante unas semanas, cuando desapareció ese canal pues el Emisor decidió abandonar la discutible práctica de aceptar consignaciones de dólares en efectivo. Una vez se desarrollaron nuevos canales para conectar ambos mercados con las transportadoras de valores se volvió a la peculiar normalidad de Macondo.
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