Opinión

  • | 2010/05/14 00:00

    La teoría de los escenarios

    Hace 12 años se plantearon los escenarios en que Colombia se desarrollaría en el futuro inmediato. Esta fue la sorprendente descripción.

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En 1998 en Quirama se hizo un análisis politológico que se llamó 'Planeación por escenarios', donde diferentes puntos de vista coincidieron en intercambiar opiniones y sobre todo especulaciones sobre lo que sería la historia vista desde el futuro, bajo la forma de quien la escribe, como ya ha sucedido, y no de quien la predice.

De cuatro supuestos escenarios, bajo Pastrana resultamos viviendo una mezcla de dos de ellos con bastante exactitud.

Tomados en conjunto, todo lo que correspondió a ese gobierno se mencionaba: los escándalos que minaron la credibilidad del Gobierno, el fallido proceso de paz, cómo el narcotráfico se posesionó de la sociedad, la crisis económica, el desbordamiento del paramilitarismo y, en general, todo el proceso que vivimos como lo imaginaron quienes apoyaron la posibilidad de esos dos escenarios.

Pero mucho más sorprendente es lo preciso de la descripción del escenario que nos resultó bajo Uribe. La transcribo textualmente:

"Tras el fracaso de los acuerdos de paz, nuestra esperanza se concentró en un gobernante que tuviera la energía y la imaginación suficientes para aplicar medidas extraordinarias a una situación que no tenía nada de ordinaria. Colombia tenía todo el aspecto de un país ocupado por fuerzas no previstas en nuestras normas constitucionales.

Las ramas del poder público sin autonomía, porque estaban presionadas por el miedo, el chantaje y la corrupción, los narcotraficantes imponían su ley y sus negocios, la subversión avanzaba en dominio territorial y en acumulación de recursos económicos y de armas, los grupos de autodefensa, cada vez más fuertes sostenían una guerra por el territorio, palmo a palmo, las Fuerzas Armadas estaban desmoralizadas, los programas para combatir la corrupción habían fracasado, mientras ascendían los índices de pobreza y de desempleo y la crisis fiscal se hacía más profunda.

Observando este panorama de desolación y de desaliento, pensamos que la solución estaba en un gobernante que pusiera al país a marchar. Y eso fue lo que hicimos.

Encontramos un líder que, desde la Presidencia, y ante los repetidos fracasos, le impuso un límite a los derechos fundamentales, amplió el pie de fuerza del ejército y de la policía, fortaleció la economía y la institución de los militares y levantó todas las restricciones legales y constitucionales que ataban las manos de las fuerzas armadas.

Esas medidas provocaron reacciones inmediatas en el interior y en el exterior del país. En nombre de los Derechos Humanos se condenó la licencia de inhumanidad que, según los organismos especializados, se le había otorgado a las Fuerzas Armadas. Tras las protestas llovieron las sanciones y comenzó un proceso de aislamiento internacional.

Golpeados militar y financieramente, los grupos armados disminuyeron sus acciones y comenzaron a considerar propuestas de diálogo. Las medidas de estímulo para la economía y para el sector productivo, unidos a los triunfos militares, le aseguraron al presidente un segundo periodo, autorizado por una oportuna reforma constitucional.

En ese segundo gobierno, la guerrilla derrotada y las autodefensas desmovilizadas fueron objeto de distintos tratamientos y la economía empezó un período de recuperación. Al mismo tiempo se agudizó el crecimiento de la tensión social. Esto le dió un final lánguido a este segundo gobierno, al que tendrían que seguir otros periodos presidenciales dedicados a trabajar por un equilibrio de lo social, por la recuperación del tiempo perdido para el país y por la revitalización de las relaciones internacionales.

Los actos de autoridad provocaron en una parte de la población una sensación de seguridad y de confianza, pero en otros grupos comenzaron a gestarse movimientos de oposición como reacción a las limitaciones impuestas a las libertades políticas, a la eliminación de los grupos de izquierda y a la persecución a todo aquel que expresara inconformidad con el régimen.

Regiones y localidades en los que se había comenzado a construir una tradición de autonomía y de poder local, se opusieron a la acentuación del poder de la capital, y los sectores populares, afectados por las medidas económicas y por el aumento del desempleo, hicieron más fuertes los grupos de oposición.

Así llegó a conformarse un movimiento sólido que alimentó su inconformidad con la imagen negativa del país en el exterior, con los rezagos de la violencia política, con las sutiles pero efectivas formas de censura de prensa, con la apelación constante al estado de emergencia, con la negación sistemática de garantías ciudadanas como el habeas corpus y con los altos costos de los cuerpos de seguridad.

Esos altos costos afectaron asuntos vitales como la educación y la salud, que tuvieron presupuestos recortados mientras duró la alta prioridad concedida a la dotación militar.

El capital fue favorecido con bajos impuestos, con iniciativas de privatización y con políticas que les dejaron un libre juego exclusivamente a las fuerzas del mercado. Así se llegó a un sistema económico privado, con muy pocas regulaciones para la actividad de las empresas privadas y con el Estado como gran promotor del libre mercado y de la iniciativa de empresarios e industriales.

En estas condiciones la economía alcanzó elevadas tasas de crecimiento, pero se mantuvieron diversas tensiones sociales debidas a la brecha entre las distintas clases sociales.

Por eso los signos de lo social no fueron alentadores. La política social fue de coyuntura. El Gobierno respondió a las presiones y a las necesidades del momento, con medidas transitorias y paternalistas que no cambiaron las estructuras de la sociedad.

La mala imagen internacional fue parte del costo que el país tuvo que pagar por esta política de mano dura, que suspendió la vigencia de los Derechos Humanos durante la ofensiva militar. Ya antes el narcotráfico y la violencia habían deteriorado la imagen del país y ahora se agregaron las medidas del Gobierno que provocaron la reacción de las organizaciones internacionales de Derechos Humanos, de la Unión Europea, del Senado y el Departamento de Estado de los Estados Unidos y de la OEA que denunciaron y propusieron medidas que ocuparían a los mejores funcionarios de la cancillería años después, en una paciente y hábil campaña diplomática para obtener, (...) la reconciliación del país con la comunidad internacional".

Pero, si esto escrito hace 12 años parece el mejor resumen al día de hoy, igualmente interesante -aunque desplazado en el tiempo- puede ser el cuarto escenario propuesto en ese momento.

El resumen dice: "Desde la base social se inició un esfuerzo que se tradujo en profundos cambios en la mentalidad individual y colectiva; se trataba de modificar una vieja manera de ser, gran causa de nuestros males, la inclinación a trabajar divididos; descubrimos nuestro verdadero recurso, el que logran el respeto por las diferencias y la fuerza de la unión".

Y el título mismo que se le dio fue: "La unión hace la fuerza" (¿suena algo conocido).

En fin, lo que debe llamar la atención es hasta qué punto pueden ser meramente accidentales los protagonistas individuales: a esa reunión no asistieron ni Uribe, ni Mockus, ni Pastrana, ni ayudaron a escribir los libretos… solo les tocó actuarlos.

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