La tentación de la deuda externa

| 11/23/2001 12:00:00 AM

La tentación de la deuda externa

Es un error seguir endeudándose en el exterior para financiar gastos en pesos, o una fracción exagerada de los intereses de la deuda externa.

por Javier Fernández Riva

Bueno, por fin ocurrió. Pero como el gobierno argentino lo niega paladinamente, algunos todavía se permiten poner en duda que el canje argentino de sus bonos de deuda pública colocados originalmente a tasas de 12% o más, en dólares, por bonos al 7% tenga un componente de coacción y equivalga a incumplimiento de las condiciones originales, a default. Nos piden que creamos que los tenedores de los bonos aceptarán voluntariamente una reducción de US$5.000 millones por año en sus ingresos de intereses. Allá los que insistan en tomar en serio los cuentos de hadas. Solo diré que no es una práctica recomendable en el duro mundo financiero.



Me temo que Argentina va a tener problemas por un buen rato, incluso si no remata sus serios errores históricos con la necedad de dolarizarse formalmente, en una situación de gran desequilibrio financiero, fiscal y de balanza de pagos. Va a pasarla mal, en cualquier caso, porque incluso el pago de intereses del 7% en dólares sobre una deuda externa de más del 60% del PIB es una carga muy pesada cuando un país tiene que pagarla de su ingreso corriente, sin recibir crédito fresco para cubrir la totalidad de esos intereses. O más del 100%, como acostumbraba Argentina.



Por fortuna el desplome argentino, que todos temíamos que desataría una tormenta financiera regional está siendo manejado como un problema aislado. La semana pasada Colombia colocó bonos externos a una tasa que es casi la tercera parte de lo que hoy rinden, teóricamente, los bonos argentinos. La prolongación de una crisis que parecía interminable tuvo una compensación inesperada: los mercados de capitales alcanzaron a darse cuenta de que el país que hoy está en coma no es la primera víctima de una epidemia de sarampión regional sino solo alguien que se rompió la crisma por imprudente.



No hay duda de que el exceso de endeudamiento externo de Argentina tuvo que ver con la convertibilidad, la garantía constitucional de que el precio del dólar estaba fijo, irrevocablemente. La convertibilidad no solo llevó a un gran déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos (cuya contrapartida es, siempre, un aumento de los pasivos externos del país) sino que indujo a los argentinos a endeudarse en dólares a tasas que lucían muy atractivas, aunque los fondos se destinaran a cosas como la construcción, que no tenían mayores requerimientos de importaciones y que jamás generarían un dólar de exportaciones. La ilusión de resolver el problema de escasez de ahorro interno acudiendo al gran pozo internacional del mercado de capitales se tradujo (con la ayuda de los inversionistas externos) en una explosión de la relación de deuda externa a exportaciones y de deuda externa a ingreso nacional.



Pero que la convertibilidad creara un incentivo malsano para que Argentina se endeudara hasta el cuello con el resto del mundo no implica que uno no pueda llegar a la misma situación por otra vía. Es cierto que en Colombia la flotación del tipo de cambio lleva el mensaje conveniente, a quien esté pensando endeudarse con el exterior, de que cuando deba servir la deuda tendrá que pagar por los dólares su precio de mercado, el cual no estará garantizado oficialmente y podría subir mucho si por cualquier razón (por ejemplo, porque mucha gente toma crédito en dólares hoy y deben pagarse cuantiosos intereses mañana) los dólares escasean en el futuro. Poder evitar que los deudores con el exterior le trasladen al resto de la economía sus riesgos individuales es valioso, pero no tapona todas las vías para llegar a una situación de deuda externa inmanejable. En este momento el mismo éxito del Gobierno en su manejo del crédito externo está induciendo un aumento exagerado de la deuda. En los primeros 8 meses de este año el saldo de la deuda externa pública creció US$2.018 millones: los intereses pagados se cubrieron, en más del 100%, con nueva deuda.



Sería una terrible paradoja que el éxito colombiano en la consecución de crédito externo, del que tanto se precia el gobierno, y que yo mismo he celebrado, acabara convirtiéndose, como en Argentina, en una pesadilla y en un freno duradero al desarrollo debido al olvido de dos reglas básicas. Primera, que la manera sana de financiar los gastos domésticos, los que no se traducen en importaciones, es con ahorro interno, no con dólares. Segunda, que una vez el país ha alcanzado niveles de deuda significativos, como ya ocurre en Colombia, la única manera de evitar sembrar una tragedia financiera es aceptando que una parte significativa de los intereses tendrá que pagarse con cargo al ingreso nacional y los recaudos tributarios --no con más deuda-- imponiendo de esa manera, antes de que sea demasiado tarde, una limitación al crecimiento del gasto total.
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