Opinión

  • | 2008/11/21 00:00

    La siempre postergada erradicación del hambre y la pobreza

    Si hay plata para salvar a los bancos ¿cómo es posible que no la haya para dar de comer a los más desprotegidos?

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Las noticias no son buenas. Luego de la serie de medidas y paquetes económicos, primero en Estados Unidos y luego en Europa para salvar sus economías, las bolsas de valores no logran recuperarse. En tanto, las especulaciones sobre una recesión mundial, pronosticada semanas atrás por el director del Fondo Monetario Internacional, han sido confirmadas en el más reciente discurso de la Canciller alemana: la principal economía europea ha entrado en recesión. Ya no cabe duda de que la crisis del sector financiero americano amenaza con arrastrar la economía global. Ni siquiera el gran optimismo que ha despertado la elección de Obama ha servido para frenar lo que hoy parece ser una realidad inatajable.

Las consecuencias de esta difícil situación se han empezado a ver en la disminución de miles de puestos de trabajo en las economías desarrolladas. Pero lo más grave es que el mal amenaza el crecimiento y la estabilidad de numerosas naciones con mercados emergentes y en vías de desarrollo, y los puestos de trabajo de millones de personas pobres que no tienen responsabilidad en la creación de productos tóxicos de Wall Street y la falta de mecanismos de control en el gobierno norteamericano. Como de costumbre, son los pobres los que terminan pagando los platos rotos.

De especial preocupación es el cumplimiento de los Objetivos del Milenio (ODMs), acuerdo firmado por los jefes de estado en el año 2000 para, entre otros, disminuir el hambre y la pobreza en un 50% para 2015. La crisis financiera mundial llevará seguramente a que los recursos de cooperación para el desarrollo se vean reducidos de manera significativa. De hecho, la ayuda internacional ya había sufrido recortes en los pasados dos años. Según el Índice Global del Hambre, 33 países, la mayoría africanos, se encuentran en situación de hambre alarmante o extremadamente alarmante. En la actualidad hay 923 millones de personas desnutridas en el mundo y 74 millones sufren de hambruna por los elevados precios de los alimentos. Para superar esta crisis, según el Instituto Internacional de Investigación de Políticas Alimentarias, se requerirá mayor inversión en producción e investigación agrícola, expandir las redes de asistencia humanitaria, eliminar las barreras al comercio, crear reservas de grano, cambiar las políticas sobre producción de biocombustibles y evitar la especulación con los precios de alimentos.

Durante la pasada sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas, Ban Ki-Moon destacó cómo los gobiernos han sido incapaces de cumplir con los compromisos asumidos en 2000 para erradicar el hambre y la pobreza en el mundo, pese al crecimiento de la economía mundial en los últimos años. Han sido años de abundancia y de total falta de sensibilidad social. La asistencia alimentaria se redujo en un 16% entre 2000 y 2006. El viejo compromiso de los países ricos -destinar el 0.7% de su PIB a la cooperación internacional- solo es cumplido por los países escandinavos, Holanda y Luxemburgo. Estados Unidos solo aporta el 0.16%. Sin embargo, los recursos destinados en pocas semanas para salvar a los bancos han alcanzado un valor diez veces mayor que el de la totalidad de las ayudas para el desarrollo. Así que el argumento no es la falta de plata. Si hay plata para salvar a los bancos ¿cómo es posible que no la haya para dar de comer a los más desprotegidos? Sin duda, se trata de una absoluta falta de voluntad política. Una excelente oportunidad para tratar este tema y corregir el rumbo es la próxima Conferencia sobre Finanzas y Desarrollo en la cual se revisarán los acuerdos de Doha a finales de este mes. Temas tales como el fortalecimiento del multilateralismo, ahora que ganó Obama, y el reconocimiento de la vulnerabilidad de los países pobres, no solo por la crisis financiera, sino también por los devastadores efectos del cambio climático, los altos precios de los alimentos y la inequidad, deberán estar en la agenda. Revivir el cumplimiento de los ODMs es un imperativo moral y ético frente al cual ningún país puede pasar de agache. De no hacerlo, probablemente veremos en el futuro numerosos conflictos y levantamientos sociales. La globalización, el comercio y el modelo de economía abierta están en la picota pública.
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