Opinión

  • | 1997/05/01 00:00

    La segunda patria boba

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A partir de la declaración de independencia de la Nueva Granada en 1810, con su florero y sus trompadas, Llorente y Acevedo y Gómez, se inició una época de nuestra historia que han dado en llamar la patria boba, con algo de imprecisión, pues los bobos eran los ciudadanos, y muy en especial aquellos dirigentes criollos que, sintiéndose liberados del virrey, se dedicaron durante varios años a pelear entre ellos por los motivos más nobles y más idiotas. Y mientras tanto, sin que los interesados se dieran por aludidos, avanzaba inexorablemente don Pablo Morillo, el "pacificador". Claro que algunos daban voces de alarma, sobre todo cuando Morillo los aprehendía y fusilaba sin fórmula de juicio, pero sólo cuando reconquistó todo el territorio y mandó al paredón, como cualquier Fidel Castro, a casi toda la aristocracia neogranadina -los mártires de la independencia-, se dieron cuenta de que tocaba pelear una guerra. Y lo triste del cuento es que la tarea le tocó a Bolívar, que ni colombiano era.



Y ahora, 180 años después, estamos en un estado de bobería colectiva peor que el de esa época. Resulta que nos hemos comido el cuento de que ya somos un país con instituciones estables, con ciudadanos relativamente civilizados, con una democracia imperfecta pero en funcionamiento, con un ejército profesional y con una economía manejada en forma ortodoxa y seria que garantiza una estabilidad, con altibajos, sí, pero nada comparable a las locuras de nuestros vecinos en décadas recientes. Sí, tenemos una guerrilla que lleva 40 años buscando infructuosamente el poder, pero hoy ya son bandidos comunes que sólo quieren enriquecerse con la coca y el secuestro, y tarde o temprano, con la ayuda de países generosos que desinteresadamente ofrezcan mediar para resolver nuestro problema, obtendremos la paz después de unos diálogos sinceros, negociando con la guerrilla unas reformas que purifiquen aún más nuestras instituciones democráticas y abran más espacios de participación a todos los ciudadanos.



Y mientras tanto viene don Pablo Morillo, que ya se ha adueñado del 60% del país: resulta que entre el ELN y las FARC controlan más de 600 municipios, van a imponer, a punta de fusil, sus candidatos en las próximas elecciones y por ese camino, en menos de dos años tendrán bajo su control absoluto un territorio independiente, desde Villavicencio hasta el Amazonas y el Orinoco, y desde allí empezarán a librar, entonces sí, una guerra convencional de posiciones hasta tomar el poder, y hacer lo mismo que el pacificador, con la diferencia de que van a fusilar un número bastante mayor de ciudadanos bobos y a implantarnos el modelo de sociedad comunista y totalitaria que al cabo de 70 años el mundo descubrió que no funcionaba.



Llevamos muchos años haciéndonos los de la vista gorda ante el avance impresionante e inexorable de los subversivos. Se conocen sus documentos y sus planes estratégicos y allí se ve claramente, si uno prefiere no jugar al avestruz, que quieren tomarse el poder antes del fin del siglo. Somos testigos, la mayoría mudos, porque aún no nos han secuestrado a un hermano o asesinado a un colega, empleado o familiar, de su avance impresionante, de su estrategia de empapelar a las fuerzas del orden, Ejército y Policía, con procuradurías, ONG internacionales y demás idiotas útiles, para que tengan que pelear con las manos amarradas. Presenciamos atónitos el clamor de muchos contra las Convivir, porque en esta patria al revés, patria de bobos, que los ciudadanos decidan defenderse para que no los maten es un crimen contra los derechos inalienables de los bandidos.



El tamaño de las fuerzas subver-sivas ha crecido vertiginosamente desde el gobierno de Betancur, que les dio el aire y el espacio que entonces no tenían. El Ejército está atrapado por las investigaciones de la Procuraduría -algunas probablemente justificadas por abusos de las tropas-, por la asignación equivocada de recursos y, sobre todo, por una desmoralización generalizada, causada por la miopía de los civiles que no ven en él un pedazo de la sociedad. Pero el problema de fondo, el que explica las negras perspectivas, es la ausencia del Estado. El gobierno actual no sólo no existe para ese efecto, sino que su principal vocero, el ministro del Interior, lleva muchos años de estrechas relaciones con el enemigo. Una guerra como la que estamos librando debe ser entre dos partes y aquí una de las dos no tiene ni voluntad ni capacidad política, siquiera para mover un mueble en Palacio.



Todavía es tiempo de reaccionar. Los ciudadanos que no queremos quedarnos esperando pacientemente a que vengan y nos corten la cabeza, debemos proponer, exigir, que el Estado tome el toro por los cuernos. Necesitamos reconocer sin ambages que estamos librando una guerra de verdad y prepararnos para que se agudice más. Todos quisiéramos que el diálogo funcionara, pero la realidad es tozuda y la guerrilla nos ha dicho en todos los tonos, con hechos y con palabras, que ellos no aceptan nada distinto del triunfo militar. Así que tenemos que cambiar a Samper por alguien como Fujimori, antes o después de las elecciones, y darle todos los poderes para que, como Churchill en la segunda guerra mundial, nos ofrezca, con sangre, sudor y lágrimas, derrotar a ese enemigo que pretende socavar las bases de nuestra sociedad, a esos desquiciados que llevan 40 años asesinando, secuestrando, destruyendo nuestra riqueza y desplazando a centenares de miles de colombianos. Si no reaccionamos ya pasaremos a ocupar las páginas de la historia como los mártires de la segunda patria boba.
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