Opinión

  • | 2005/03/18 00:00

    La renegociación argentina

    El éxito argentino demuestra el gran poder de los deudores soberanos y las fisuras del sistema financiero internacional.

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A comienzos de marzo, Argentina anunció con fanfarria que su estrategia de renegociación de la deuda había sido un éxito. La mayor moratoria de deuda en toda la historia mundial, por US$103.000 millones, se resolvió cambiando los títulos vencidos por nuevos bonos por el 30% del valor original. Aunque muchos acreedores se declararon ultrajados por el canje, más del 76% de los tenedores aceptó la oferta.

El recorte que sufrieron los acreedores es uno de los mayores de que haya registro. El récord moderno lo tenía Rusia, cuya reestructuración de 2000 implicó una "peluqueada" del 57% del valor de las deudas. Uruguay, que había sido arrastrado por Argentina a una crisis semejante, renegoció en 2003 en condiciones bastante más favorables para los acreedores internacionales, con un recorte de solo 13%.

La renegociación argentina ha generado grandes polémicas y con razón. Muchos acreedores consideran que el gobierno argentino se comportó en forma mezquina, y que podría haber ofrecido mucho más. Con un crecimiento de 8% en los dos últimos años, exportaciones en auge y un superávit fiscal, antes del pago de intereses, de 4% del PIB, Argentina no luce como un caso desesperado. Muchos de los acreedores que no se acogieron a la oferta de canje, consideran que estas circunstancias les darán buena base para entablar pleitos legales en busca de pagos mayores.

Lo cierto, sin embargo, es que tras estos indicadores superficiales, hay serios problemas. A pesar de la ventajosa reestructuración, la deuda pública argentina representa aún casi el 75% del PIB. Para impedir que vuelva a entrar en una tendencia explosiva, debe mantener un superávit fiscal de por lo menos 3% del PIB, que no dista del actual, y que está inflado por ingresos fiscales extraordinarios derivados de la recuperación y de los buenos precios de los productos agrícolas de exportación.

En los círculos financieros internacionales también se están discutiendo las implicaciones que tendrá esta experiencia en el comportamiento de otros deudores. En varios países latinoamericanos, prominentes políticos ya han sugerido su intención de seguir un curso similar. Ha quedado claro que los gobiernos soberanos cuentan con un gran poder frente a los acreedores. ¿Por qué no aprovecharlo?

Estos desplantes son riesgosos, pues nunca se llega a una renegociación sin haber pasado antes por una crisis profunda, resultado del pánico que se genera entre los acreedores, que de inmediato cierran todas las válvulas del crédito, lo cual pone en dificultades al sistema financiero doméstico. Pero, justamente por esta razón, los anuncios de repudio resultan un arma política muy atractiva para los políticos de oposición de corte populista. Una vez que la economía se hunde en una profunda crisis, de la cual puede culpar al gobierno saliente, el nuevo gobierno puede aprovechar a su favor la recuperación y la renegociación, como lo hizo Kirchner.

Por último, está la discusión sobre el papel de los organismos financieros internacionales, en particular el Fondo Monetario Internacional. Argentina logró una renegociación exitosa, con alta participación de los acreedores, sin intervención del fondo. ¿Para qué el Fondo? Peor aún, los más críticos argumentan que Argentina cayó en la moratoria por culpa del fondo, que no advirtió desde mediados de los 90 las debilidades del sistema de convertibilidad, y que en 2001 le otorgó dos paquetes de rescate que difícilmente podían alterar el curso de los hechos, solo para retirarle a los pocos meses todo apoyo financiero, técnico y político para salir adelante.

Ninguna discusión está zanjada. Todas resurgirán pronto, cuando terminen la extraordinaria liquidez internacional y se sacie el apetito de riesgo de los inversionistas internacionales. En los meses que vienen habrá mucha leña para el nerviosismo financiero en América Latina, pues entre diciembre próximo y finales de 2006 todos los países grandes, con la única excepción de Argentina, tendrán elecciones presidenciales. Veremos qué proponen los candidatos, como reaccionan los acreedores y qué dicen y hacen los organismos internacionales.



* El autor está vinculado al BID, pero esta columna no compromete a esta institución.
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