Opinión

  • | 1997/05/01 00:00

    La reelección de Horacio

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A nadie ha sorprendido que Horacio Serpa Uribe aspire a añadir a sus actuales funciones de primer mandatario el título simbólico de presidente de la República. ¿Alguien duda acaso que Horacio es hoy en día en Colombia el primer mandatario? Todo político, burócrata, sindicalista, empresario y lagarto que requiera solución a sus problemas habla primero con Serpa, ya que dialogar con los ministros del ramo o con el mismo Samper es un ejercicio inútil. Por eso hablamos de su reelección.



Hace algunos meses, D'Artagnan, el vocero informal del régimen, en una de las observaciones más estrafalarias de la historia reciente afirmaba que Horacio no almorzaba los domingos en el 'Country Club' y, por tanto, Serpa representaba la nueva Colombia.



Nada más insensato que el comentario del mosquetero. Quien escribe esta nota considera que si hay alguien que representa al viejo país es precisamente Horacio Serpa Uribe, que es el representante legal de la casta política tradicional, una de las más corruptas del continente.



Tal vez la única cualidad de Serpa es su lealtad. La fidelidad de Horacio se manifiesta tanto con sus amigos -por pícaros que sean- como a su ideología populista y criptoizquierdista. Porque no creo que una persona acusada de encubrimiento de actos patentemente ilícitos (como lo ha acusado la Fiscalía) y que contemporiza con ciertos personajes como Martha Catalina Daniels (que actúa como su jefe de debate y tiene veintitrés procesos en su contra y un marido prófugo de la justicia), pueda ser considerado un dechado de virtudes y honestidad.



Pero regresando al tema de que si Horacio es el representante de la nueva Colombia, se puede utilizar la analogía de las aristócratas chinas que se ufanaban de tener los pies pequeños. Para lograr ese objetivo, desde muy pequeñas les vendaban los pies en sedas y su crecimiento se atrofiaba en forma permanente. Aun si a las nobles chinitas se les pusiera en su madurez un zapato del tamaño de una 'chalupa', el pie había quedado irreversiblemente anquilosado.



A Horacio, de alguna forma, le ocurre lo mismo. Su concepción del Estado, su forma de ser y "actuar", y su indeclinable compromiso y lealtad con un modelo de desarrollo social obsoleto y comprometido hasta la muerte con una casta política corrompida hasta el tuétano le impiden -aunque se le hiciera ver de mil y una formas, que Colombia necesita romper precisamente con los paradigmas del pasado para poder salir de su aterradora pobreza y atraso- tomar las medidas que nos llevarían al próximo siglo mediante un desarrollo equilibrado y sostenido. Pero si hay alguien, precisamente, incapaz de romper las cadenas que nos atan a nuestro oscuro pasado, éste es Horacio Serpa Uribe. Decir que Serpa representa la nueva Colombia, no pasa de ser una solemne estupidez.



La irracionalidad económica del socialismo, pensamiento al cual Serpa está inexorablemente ligado, es más que evidente. Los países que más éxito tienen y tendrán son los que presentan tasas bajas de impuestos y aranceles, menos regulaciones, una política monetaria estable, un sistema bancario más libre, libres flujos de capital nacional y extranjero, además de una fuerte protección legal de la propiedad privada. Son aquellos que le han dado la espalda al proteccionismo y a la concesión de privilegios por parte del gobierno. Como decía recientemente en Washington un destacado economista: "El gobierno atrae como un imán a los buscadores de privilegios. Cuanto más grande es el imán, mayor es la distorsión en los incentivos económicos".



Precisamente, lo único que verdaderamente representa Serpa es el continuismo de Samper. Después de tres años de este gobierno la situación de Colombia, como lo expresa sucintamente Enrique Santos Calderón, en su columna 'Contraescape' no puede ser más deprimente:



"Aumento de pobreza, desempleo y violencia; decaimiento de la producción industrial; quiebra del sector agrario; deterioro de la calidad de la educación; desplome del sistema de salud pública y seguridad social; crisis total de la justicia; déficit fiscal rampante."



¿Para qué seguir? Es demasiado alarmante la acumulación de taras estructurales, que cada día se agudizan, y sin cuya solución nunca habrá en este país desarrollo pacífico ni armonía social.



La situación es tal, que resulta difícil encontrar indicadores positivos en cualquier campo, salvo la bonanza del sector financiero y algunos oligopolios, y la inversión extranjera en banca, carbón y petróleo.



Si usted disfrutó de este gobierno, va a tiritar de la felicidad con la presidencia de Serpa y no debe vacilar en votar por él.



En días pasados Serpa, en mal disimulada alusión a Mockus, decía que él sí tenía los pantalones bien amarrados. Siento disentir. Muy por el contrario, prefiero infinitamente a un Antanas que se baja los pantalones en público y en donde se observa que nadie se lo está clavando, a un Horacio que lo hace a puerta cerrada con los políticos, los líderes sindicales, los grandes 'cacaos' y los guerrilleros. Sólo después de aquel bochornoso incidente con el Sindicato de Telecom, en donde se retrasó en forma indefinida la apertura de las comunicaciones, nos enteramos los colombianos que el propio Serpa tiene que pasar una vez al mes a rendirle cuentas y pleitesía al presidente del sindicato de Telecom.



Es también notoria la ingenuidad casi infantil de Horacio. Sólo hay que repasar su triste papel con el señor Mauss, quien lo manipuló con el dedo meñique. La candidez de Serpa siempre le permitirá a los pícaros mangonearlo, a los vivos manosearlo y a los políticos utilizarlo.



Es claro que en lo político y en lo económico Samper es Serpa y Serpa es Samper. Son la misma cosa.



Como reza el dicho popular, son uña y mugre. Con una pequeña diferencia, en este caso son mugre y mugre.
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