Opinión

  • | 2005/07/08 00:00

    La razón de la sin razón

    Quizás no sea tan "irracional" la nueva intransigencia de las masas indígenas bolivianas, incluso si esa intransigencia aleja, durante años, la inversión extranjera.

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En la red es fácil encontrar artículos sobre la aparente falta de viabilidad económica de Bolivia, que muchos atribuyen a la posición intransigente de las masas indígenas lideradas por Evo Morales. Esos bárbaros, se dice, no contentos con sacar un gobierno tras otro, hacen ahora exigencias absurdas de nacionalización del gas natural cuyo resultado podría ser alejar durante años la inversión extranjera. El colmo de la estupidez, se afirma, porque ¿acaso van a comerse el gas si este no se exporta? Y se concluye que la cosa va camino de terminar en un desastre económico.

Disto mucho de creer que Evo Morales vaya a sacar a Bolivia del atolladero. Lo más probable es que, a corto plazo, haga empeorar las cosas. Pero me parece risible hablar del riesgo de un desastre económico como si Bolivia no fuera precisamente eso, un desastre, después de dos siglos de vida "independiente" y de tres lustros de políticas neoliberales. ¿O es que puede calificarse de otra manera un país que, a pesar de tener cinco veces más territorio por habitante que Colombia, y casi 30 veces más territorio por habitante que Suiza, tiene un ingreso per cápita inferior a US$1.000 y, para colmo, concentrado en una minoría blanca mientras la mayoría de la población, indígena, vive igual o peor que en la época precolombina?

Sí, ya sé que el ingreso de un país no depende solo de su territorio. Muchos países de área modesta y que carecen de recursos naturales, son ricos por la capacidad y el empuje de su población. Y América Latina es la mejor prueba de que, con un manejo lo bastante incompetente, en países de enormes riquezas naturales la mayoría de la población puede permanecer sumida, durante siglos, en la miseria.

El punto, sin embargo, es que un país puede mejorar la educación de su población pero no puede aumentar su territorio, por lo menos después de los fracasados experimentos imperialistas de la Alemania nazi y la Rusia de los Soviets. Si Bolivia se aplicara a ello, en dos o tres generaciones su población sería tan educada como la de muchos países asiáticos y europeos. Y su territorio, con sus inmensas riquezas naturales, seguirá ahí. Cada boliviano tendrá, por el solo hecho de serlo, derechos sobre unos recursos que serán la envidia de la mayoría del mundo.

Por supuesto, no se trata de que cada boliviano sea propietario de un pedazo del territorio. En una economía moderna ello no es necesario. Cuando el Estado y el esquema tributario funcionan, todos los habitantes del país disfrutan de alguna manera las riquezas del territorio sin que para ello deban ser propietarios de tierras. Es lo que se observa en países que, además de tener abundantes recursos naturales, son democracias efectivas, como Estados Unidos y Canadá.

Pero no es eso lo que se observa en Bolivia. Desde la Colonia el subsuelo de ese país viene explotándose en forma intensiva: plata, plomo, cinc, estaño y, más recientemente, antimonio, wolframio y gas natural. Varias de esas producciones entraron en declive durante la última década pero, con independencia de cuánto quede todavía, o cuán vacío ya hayan dejado el coco, la cuestión es ¿cómo influyó esa explotación en el nivel de vida del boliviano promedio, distinto de las élites, esas mismas élites que, en algunos casos, ya solo entienden en inglés? La respuesta no es ambigua: no conozco ninguna presentación de Bolivia que no subraye, como una de las características más destacadas del país, su terrible miseria.

Claro que sería preferible explotar desde ahora el gas natural y usar los dólares, mientras duren, para financiar inversiones en infraestructura y para educar la población. Pero cuando la alternativa real no es que los recursos no renovables se usen de esa manera, sino que se exploten hasta agotarlos, dejándole a la clase dirigente una participación que más parece un soborno, no es irracional que, quienes han visto suceder eso durante siglos sin que su suerte mejore en absoluto, prefieran que las riquezas permanezcan enterradas hasta que sus nietos o sus tataranietos puedan usarlas como es debido.

Para terminar se me ocurre una pregunta: más allá de que las mayorías bolivianas son indígenas y aquí son triétnicas, ¿de verdad será Bolivia tan diferente de Colombia?
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