Opinión

  • | 2011/07/06 18:00

    La promoción del vicio y la prevención de la virtud

    El nuevo estatuto de estupefacientes debe ser debatido de forma pública. Por primera vez podremos diseñar una política con independencia.

COMPARTIR

Parece que algunas cosas están cambiando. Ya no somos los principales productores de cocaína del mundo, la atención internacional está enfocada en el problema mexicano, y se ha debilitado el entusiasmo de la opinión pública americana por la penalización del consumo.

Pero la solución a nuestro problema de narcotráfico todavía está lejana. Para que ese negocio desaparezca habría que derogar los tratados que prohíben el tráfico de cocaína, y no hay apoyo internacional para esto porque hoy ningún país del mundo aceptaría que en sus calles la cocaína se venda al mismo precio que el polvo talco.

Por ello sería productivo que los colombianos soñáramos menos con el fin del narcotráfico y más bien nos enfocáramos en debatir el nuevo estatuto de estupefacientes que el Gobierno va a presentar al Congreso para reemplazar la famosa y desastrosa Ley 30 de 1986, aunque este debate se dificulta porque el proyecto que el Gobierno va a presentar el 20 de julio no está aún a disposición del público, a pesar de que el ministro Vargas Lleras anunció que lo había conciliado "con 40 instituciones".

La Ley 30 es fiel reflejo de la época en la cual en Colombia no se podía mencionar siquiera la legalización. El 90% de su texto trata sobre la represión de la producción y del tráfico. De la prevención dice muy poco y lo poco que dice lo dice mal. Por ejemplo, estableció un rígido control estatal sobre las jeringas, que afortunadamente no se aplica, pues promovería que los adictos a la heroína contraigan el sida.

Hay que remontarse a los años 70 del siglo pasado para entender por qué Colombia adoptó el estatuto de estupefacientes que vamos a reemplazar ahora. En esa época la coincidencia entre la habilidad de los narcos colombianos y la avidez por la cocaína de los consumidores americanos puso a nuestro país en el centro del problema mundial de la droga.

Este problema, que hasta entonces había sido irrelevante para nosotros, se originó a finales del siglo XVIII cuando algunos actores -profundamente religiosos- de la política americana comenzaron a blandir la bandera de la prohibición de las bebidas alcohólicas, buscando salvar a la gente del pecado, a las buenas o a las malas.

Durante todo el siglo XIX el activismo antialcohólico fue intenso en Estados Unidos y dio lugar a episodios pintorescos. Para nombrar uno, se puso de moda que las mujeres se arrodillaran a orar frente a los bares para presionar a los dueños a cerrarlos. Pero si los dueños no los cerraban rápido, ellas dejaban de rezar y los tumbaban a golpes de hacha.

Finalmente, a comienzos del siglo XX la "Liga Anti-Saloon" consiguió el respaldo necesario para que se prohibiera la venta de bebidas alcohólicas en Estados Unidos mediante reforma constitucional. La vigilancia de esta prohibición confirió oficialmente al gobierno americano la función de guardián contra el vicio y promotor de la virtud.

Pero esa misma reforma constitucional puso a funcionar la "Ley de Hierro de la Prohibición" que explica como, cuando se prohíbe la venta de determinada droga, los consumidores pasan a drogas más fuertes y más densas cuyo tráfico y uso es más fácil de esconder, y así la acción represiva del gobierno de los Estados Unidos terminó fue promoviendo el vicio y previniendo la virtud. La prohibición del alcohol pasó a los americanos de la cerveza al whisky, y la guerra contra las drogas de Nixon los pasó de la marihuana a la cocaína, una droga densa y fácil de traficar, que puede ser consumida en un instante.

Y, para nuestro mal, los narcotraficantes colombianos, y no los peruanos, ni los ecuatorianos, ni los chilenos, ni otros, se posicionaron durante años y años como los principales exportadores de cocaína al mercado de los Estados Unidos.

La internacionalización del dogma prohibicionista americano sobrevino también a principios del siglo XX, cuando la opinión pública de ese país decidió atacar el consumo del opio. Como el opio provenía de regiones lejanas, políticos y funcionarios -buscando satisfacer las inquietudes morales de ese pueblo- se aplicaron con la energía y el poder que los caracterizaban a construir un orden internacional para prohibir su tráfico. La arquitectura de los tratados internacionales que regulan la producción, el tráfico y el consumo de sustancias controladas en el mundo viene de ahí. Y también vino de ahí nuestro actual estatuto de estupefacientes.

Ahora hay que aprovechar los vientos de cambio. Es especialmente importante que el nuevo estatuto sea debatido de forma pública y abierta, porque es la primera vez que podremos diseñar una política sobre el consumo de sustancias controladas con relativa independencia de la injerencia americana. El país necesita instrumentos modernos para lidiar con los feroces hábitos de consumo que nos trajo la prohibición, y la opinión debe estar alerta frente al lobby que harán las industrias de las drogas legales (tabaco y alcohol).

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?