Opinión

  • | 2005/12/01 00:00

    La política de las políticas públicas

    Cómo funcione el sistema político es más importante que si el gobierno de turno es neoliberal o intervencionista.

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Los economistas nos concentramos demasiado en discutir el contenido de las políticas económicas y sociales, y muy poco en entender el proceso político mediante el cual las políticas se aprueban y se ponen en funcionamiento. Este sesgo tecnócrata ha llevado en América Latina a una discusión estéril sobre el modelo de desarrollo, que ha calado muy hondo en la opinión popular. Durante los 90, la tecnocracia económica creyó haber encontrado la fórmula del desarrollo en el neoliberalismo, que hoy es rechazado en forma popular por no haber producido el crecimiento, los empleos, ni la estabilidad que se esperaban.

En los próximos 13 meses serán elegidos nuevos presidentes en una docena de países latinoamericanos, y el electorado estará atento a los nuevos modelos de desarrollo que se ofrezcan como alternativa al paradigma aparentemente fracasado. El intervencionismo podría estar de regreso. Pero, según un estudio del BID, que lleva adecuadamente por título "La política de las políticas públicas", esta búsqueda de la tierra prometida seguirá siendo en vano, ya que el impedimento más serio para el desarrollo es la forma como se hace la política, más que la escuela económica que se escoja seguir.

Una política económica puede ser técnicamente correcta, pero si carece de credibilidad o se pone en práctica de manera deficiente puede crear más distorsiones que una política subóptima, pero que cuenta con mejores posibilidades políticas de ser estable y de ser implementada con seriedad.

El estudio del BID muestra que, más allá del contenido o la orientación de las políticas, hay seis características claves de las políticas:

- Que sean estables, y por consiguiente puedan gozar de credibilidad. - Que sean adaptables, no en respuesta a los caprichos políticos o los cambios de gobierno, sino frente a los shocks que pueda sufrir la economía, y frente a la evidencia sobre su eficacia o inoperancia. - Que sean coherentes entre sí, de tal forma que sus efectos se refuercen. - Que sean puestas en práctica, y no se queden en meros formalismos legales. - Que respondan al interés público, no a los intereses de grupos privilegiados. - Que se ejecuten con un uso eficiente de los recursos públicos.

Si las políticas públicas se califican con estos criterios es más fácil entender por qué a unos países les va bien y a otros mal. Considérense estos casos. Siguiendo una receta de reformas neoliberales muy parecidas, Chile ha sido un éxito en las últimas dos décadas, mientras que Bolivia ha sido un fracaso. Con problemas de endeudamiento muy graves a finales de los 90, Brasil ha conseguido hacer los ajustes fiscales y mantener la estabilidad macro, mientras que Argentina tuvo que pasar por una crisis brutal para poder cambiar sus políticas. Venezuela y México, dos economías petroleras con problemas muy semejantes en los 80, son hoy el agua y el aceite (y sus presidentes también).

Estos contrastes solo pueden explicarse por las diferentes configuraciones de los sistemas políticos de estos países. La palabra clave aquí es "configuraciones", es decir, el conjunto de rasgos que identifican a un sistema político y que explican la calidad de las políticas públicas que produce.

Ninguna característica de los sistemas políticos, tomada aisladamente, sirve para explicar nada. Por ejemplo, tanto Chile como Bolivia tienen muchos partidos políticos, y tanto Venezuela como México tenían muy pocos partidos hasta hace solo unos años. O tanto Argentina como Brasil son sistemas federales con gobiernos provinciales (o "estaduales") muy fuertes, mientras que Bolivia y Chile son países diversos pero bastante centralizados.

Lo que importa es cómo interactúan entre sí estas y muchas otras dimensiones políticas en cada contexto. Por ejemplo, en Chile la política funciona bastante bien pues aunque hay muchos partidos, operan como dos coaliciones estables con horizontes de largo plazo, con un gobierno centralizado en el cual el presidente cuenta con mucho poder, pero enfrenta fuertes contrapesos en un Congreso con buenos procedimientos y capacidades, y en un sector judicial muy independiente. Que esta configuración funcione bien en Chile no significa que pueda ser trasplantada a ninguna otra parte. Cada país debe encontrar su fórmula, cosa que no se logra de la noche a la mañana.

El estudio del BID es un esfuerzo ambicioso para entender los éxitos y los fracasos de los países latinoamericanos en las últimas décadas, poniendo en el centro del escenario a los sistemas políticos.

Nota: El autor está vinculado al BID, pero esta columna no compromete a esta institución.
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