Opinión

  • | 1999/08/13 00:00

    La nueva sociedad

    No crea lo que le dice su cuerpo. Tecnología y mercado anulan distancias y obligan a considerar mentiroso nuestro cuerpo.

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La AT&T está ampliando vertiginosamente el mercado de llamadas de celular en Estados Unidos, con una oferta muy sencilla: tarifa única para las llamadas de celular a cualquier lugar del territorio estadounidense. Ha obligado ya a sus competidores a ofrecer planes similares: cero costos por el roaming, cero por la larga distancia.



De seres espacio-centrados, vamos hacia seres tempo-centrados. Abolidas las restricciones que impone el espacio, reina la simultaneidad y cobran importancia creciente el hilo del tiempo, los ritmos, la productividad.



Los análisis del accidente de John F. Kennedy Jr. destacaron el papel que podría haber jugado una habilidad crucial, difícil de lograr para un piloto principiante como él: creerles más a los instrumentos que a su propio cuerpo.



Con gafas y otros mecanismos especiales capaces de producir sensaciones engañosas en el cuerpo, en las escuelas de aviación la gente es entrenada para que obedezca a los instrumentos y a su razón y no a su cuerpo. Por ejemplo, hay que explorar las consecuencias de un simple hecho: el cuerpo humano no siente velocidades, siente aceleraciones. Por esto, usted puede sentir que cae pero las agujas del altímetro mostrarle que usted sigue ascendiendo, aunque sea más lentamente.



Ambos hechos ilustran nuestra creciente dependencia de la tecnología y nuestra creciente tendencia a apoyarnos para casi todo en las certezas que ofrece el conocimiento racional de las ciencias y en las certezas que nacen de la interacción con la tecnología. La industria y la técnica van formando una nueva naturaleza para el ser humano y una nueva cáscara que lo envuelve y redefine.



Asombra cómo lo vinculante, lo socialmente ligante, lo que antes nos daba el rito, la tradición compartida, ahora comenzamos a recibirlo de esa infraestructura de la que crecientemente dependemos todos. Algo es claro: no nos quedaremos sin cuerpo social. Aunque éste se está transformando en una mente social. Mientras que, por un lado, el común denominador humanista occidental se debilita por la proliferación de reivindicaciones en torno a las identidades parciales, particulares, locales o regionales, por otro lado, aumenta la fuerza confluyente de la inevitable confianza en la tecnología. Confiar en la tecnología se vuelve condición de vida. Parece así que lo que tendencialmente nos une es cada vez más la tecnología y el tipo de actividad humana que la soporta: la discusión racional apoyada en escritura y gráficas y entreverada con la acción calculable. Debate, diseño y experimento.



A lo ancho y largo del mundo, una nueva mano invisible nos une y hace depender hasta nuestra vida de nuestra capacidad de confiar en ella.
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