Javier Fernandez Riva

| 10/18/2002 12:00:00 AM

La miseria de la economía

Es lastimoso que un país con ingentes recursos desempleados insista en aplicar criterios de costo económico que solo tienen sentido bajo pleno empleo.

por Javier Fernández Riva

Veo en la prensa que Carlos Caballero, uno de los directores del Emisor, acude a una vieja y pobre definición de la economía como "el arte de manejar recursos escasos" para explicarnos por qué este país no puede aspirar a dedicar más recursos para recuperar el orden público a menos que sacrifique otros gastos, como la inversión social.



Precisamente porque quien afirma eso es un economista reputado y con importantes responsabilidades en política económica me parece que no debo dejar pasar sin comentarios algo que va a la almendra de la política aplicada y de la noción de costo económico. Cuando hay recursos desempleados es viable producir más seguridad y más de muchas otras cosas sin sacrificar lo que ya se estaba produciendo. La capacidad o la impotencia para explotar esa posibilidad da la medida de una política económica.



Hoy los recursos del país están desempleados y oxidándose, o reconcomiéndose, como le pasa al trabajo. En esas condiciones insistir en que es indispensable recortar la miserable inversión social para financiar más gasto en seguridad me trae la imagen del padre de familia que les prohíbe a sus hijos bañarse, para ahorrar agua, por incapacidad para soldar o cambiar la cañería agujereada por la que el líquido se fuga a borbotones.



La tierra no se está usando como debería porque la demanda agrícola es atendida por las producciones de otros países, apoyadas en enormes subsidios, y porque no hay seguridad para poder explotarla. En cuanto al capital, todas las encuestas muestran que las empresas consideran que su principal problema no es la capacidad de planta sino la falta de demanda. Además, si hubiera demanda los empresarios invertirían para ampliar su capacidad de producción.



¡Y el trabajo! Según el Dane, en agosto había en Colombia 3,12 millones de desempleados y 6,93 millones de subempleados. Mi "índice de rebusque", la suma del porcentaje de desempleados y del porcentaje de subempleados respecto a la población activa, estaba en 51,6%, el más alto de la historia, y subiendo. Si suponemos que dos subempleados hacen un empleo pleno, el equivalente de "desempleados plenos" sería 6,59 millones, o 33% de la población económicamente activa. Eso es más de lo que tenía Estados Unidos durante la Gran Depresión, o Alemania en el peor momento económico de los años 30, antes de que se pusieran en marcha los programas de empleo.



La necesidad de asignar recursos para la guerra, lejos de ser un inconveniente, es la mejor oportunidad concebible para reducir el desempleo. En la Alemania de Hitler el desempleo se redujo de 33% en febrero de 1932 a un porcentaje despreciable 6 años después. En Estados Unidos, donde el desempleo estaba en más de 14% en 1940, desapareció en los siguientes tres años. Y ello no ocurrió porque se ampliara el empleo improductivo; entre 1940 y 1943 el Producto Interno Bruto real de Estados Unidos creció a una tasa media de más de 17% anual, jamás superada en tiempos de paz.



Por supuesto, no hay soluciones mágicas. Para poder movilizar los recursos debe incurrirse en algunos costos, como sería renunciar a bajas adicionales de la inflación. Pero hay que decirlo de una vez, ahora que tantos insisten en la tontería de que "la inflación es el peor impuesto para los pobres". El desempleo, no la inflación, es el impuesto que pagan los pobres, pues ellos no tienen mucho dinero en efectivo o en cuenta corriente, ni muchas acreencias a tasa fija, que se desvaloricen con la inflación. Solo tienen su trabajo, y cuando no pueden venderlo quedan en la cochina miseria.



Lo menos que la comunidad puede pedir a quienes dirigen la economía es que, si no quieren o no pueden corregir sus problemas principales, el desempleo y la pobreza, al menos no pretendan presentarle su indiferencia o su impotencia como una virtud.
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