Opinión

  • | 2005/09/02 00:00

    La inversión social (I)

    Por muchos considerada como la forma más moderna de Responsabilidad Social.

COMPARTIR

Una de las discusiones más importantes alrededor de la RSE, se da sobre su permanencia y viabilidad en el largo plazo. Se ha argumentado que se trata de una moda, de una tendencia pasajera o simplemente del embeleco de unos cuantos. Mucho hay que construir para que la RSE sea considerada como una necesidad general y no como la expresión del interés social de unos pocos. Pero si hubiera que apostar por alguna dimensión de la Responsabilidad Social en el largo plazo, esa sería la de la Inversión Social.



¿Qué es la inversión social?

Leo Voigt, director del Instituto Persona, Empresa y Sociedad, en un artículo publicado por el Instituto Argentino para la Responsabilidad Social Empresarial, IARSE, dice: "la inversión social es uso planificado, monitoreado y voluntario de recursos privados en proyectos sociales de interés público".

Se trata de la inversión privada de recursos en proyectos que apoyen el desarrollo sostenible. No como donaciones o aportes a fondo perdido, sino como capital semilla y en la estructuración de proyectos que busquen la rentabilidad económica y el desarrollo de comunidades o grupos poblacionales específicos.

En efecto, se trata de proyectos liderados por el sector privado, con ánimo de lucro (podría ser un lucro moderado), mediante los cuales se involucra a poblaciones especialmente vulnerables en procesos productivos, comerciales, educativos o laborales. En muchos casos, el objetivo puede ser organizar a microproductores alrededor de un mercado, darles acceso a canales comerciales u otorgarles microfinanciación. Ejemplos hay muchos, y la creatividad seguramente nos sorprenderá día a día en este campo.



Un ejemplo de altísimo impacto

Un conmovedor ejemplo de Inversión Social lo constituye el proyecto adelantado por SHEF (Organización sostenible para el cuidado de la salud) y CFWShops, en Kenia. Hace algunos años, SHEF se dedicó a estudiar los problemas estructurales que enfrentaba el sector de la salud en los países más pobres de África. Una de sus más dramáticas conclusiones es que si bien, desde su producción, el costo de las medicinas avanzadas es extremadamente alto para el poder adquisitivo de las poblaciones de estos países, la cadena de distribución también termina de sacarlos del alcance de más del 95% de las personas.

Con lo anterior en mente, se propusieron adelantar un proyecto que desintermediara casi totalmente algunos medicamentos básicos para tratar enfermedades, como la malaria, enfermedades respiratorias, amebiasis, tuberculosis y deshidrataciones severas, todas muy comunes y causantes de una gran cantidad de muertes en Kenia. Así, se diseñó una cadena de distribución que pasó de seis intermediarios, a solo dos. Por un lado, SHEF, organización con presencia internacional, se encargó de las relaciones con los principales laboratorios del mundo y, por el otro, se diseñó un sistema de microfranquicias de propiedad de los trabajadores de la salud de pequeños poblados, para que llegaran directamente a la población más vulnerable.

A finales de 2004, la organización tenía 45 microdroguerías y 23 microclínicas distribuidas por todo el país. Hoy, el número de pacientes atendidos superó el último año los 200.000. La meta con que cuentan para el próximo año es abrir otros 20 a 40 centros, tanto en Nairobi, como en las regiones rurales.

La operación general ha demostrado ser rentable hasta el punto de ser capaz de financiar crecimientos de más del 60% año a año. Sorprendentemente, las operaciones individuales de la microfranquicia requieren una inversión de menos de US$1.000 y proveen el sustento a dos o tres familias. Son 69 microempresas de la salud, con estándares internacionales dados por el sistema de franquicia. Por si fuera poco, a la fecha se han atendido más de 350.000 pacientes a costos razonables y no igualados por ninguna otra organización. Este modelo está siendo replicado por varios países africanos.

Colombia no es ajena a los buenos ejemplos de inversión social. Bien conocidos son los casos de la palma africana, del sector artesanal y un poco menos divulgados pero no menos importantes los del sector cacaotero o del cultivo de ají de exportación. Todos ellos merecen ser destacados.

No hay duda, la inversión social es una de las más inteligentes formas de hacer Responsabilidad Social Empresarial. Solo se necesita identificar las oportunidades y un poco de creatividad.



* Presidente Consejo Directivo Compartamos con Colombia, brucemacmaster@compartamos.org
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?