El aumento de la deuda externa de los últimos años con base en bonos, fue brillante desde el punto de vista técnico, pero lastimoso desde el económico.

| 11/15/2002 12:00:00 AM

La hora del ajuste

El cierre del crédito externo obligará al gobierno a limitar y orientar su gasto a lo que pueda financiar internamente sin disparar las tasas de interés.

por Javier Fernández Riva

A estas horas, la mayoría de los lectores de Dinero debe estar al tanto de uno de los problemas económicos sobre los que más tinta ha corrido este año: el cierre del mercado externo de capitales para Colombia, que le impide a la Nación colocar bonos en el mercado internacional, mantiene crispado al equipo económico y ha sido presentado como el argumento de urgencia para que el Congreso apruebe las reformas fiscales estructurales pues, de otra manera, el crédito externo seguirá cerrado.



Permítanme presentar una opinión diferente. Ese cierre del mercado de capitales es lo mejor que le ha ocurrido a Colombia desde la última bonanza cafetera, hace una eternidad. En realidad, aparte de algunos detallitos de los proyectos, lo único que me preocupa de las reformas estructurales en curso es que pudieran inducir una reapertura del crédito externo. Pero no creo que lo hagan, de manera que seguiré apoyándolas.



La colocación de bonos en el mercado internacional de capitales fue el instrumento que durante los 90 usaron la mayoría de los países latinoamericanos para mantener un gran déficit fiscal, una vez se volvió de mala presentación financiarlo con emisión, y cuando quedó claro que un intento de financiarlo en los raquíticos mercados locales dispararía las tasas de interés y quebraría a todo el mundo.



A diferencia de los créditos de entidades como el BID y el Banco Mundial, normalmente atados a proyectos, los fondos obtenidos mediante colocación de bonos internacionales carecían de condicionamientos o restricciones. La plata podía destinarse a tapar el déficit general, despilfarrarse en elefantes blancos o robarse, como ocurrió con buena parte del nuevo endeudamiento externo fácil de muchos países latinoamericanos.



La contrapartida de ese acceso al crédito externo fue el disparo de la deuda externa, que hoy pesa terriblemente sobre el ingreso nacional. A menudo esa modalidad de financiación del déficit también dio lugar a una artificial y transitoria abundancia de dólares que les hizo daño duradero a las exportaciones y la producción local.



Decir que no es racional que un país de capital escaso renuncie a obtener todo el financiamiento externo que pueda conseguir, porque "la productividad local de los recursos es mayor que la internacional", es como decir que, si los leones no fueran carnívoros, podrían llevarse divinamente con las cebras: cierto pero carente de valor práctico. Siempre que un gobierno cuente con recursos abundantes los usará mal, incluso si no se los roban. La prueba última de la productividad de un país es su crecimiento, y el período de menor crecimiento histórico de Colombia, de 1995 para acá, coincidió con el disparo de su deuda externa pública.



El aumento del endeudamiento externo del gobierno en los últimos años, con base en bonos, fue brillante cuando se mira desde el ángulo de los técnicos que estuvieron a cargo de esa tarea, y que no eran responsables de la política general. Pero evaluado en una perspectiva más amplia, es uno de los episodios más lastimosos de la historia económica colombiana: endeudamiento sin producción o inversión como contrapartida. Pauperización pura.



Sé que el gobierno intentará alargar la partida recurriendo a créditos de multilaterales, si es posible de "libre disponibilidad" pero, si no, para proyectos especialmente diseñados para lograr esos desembolsos, aunque no requieran dólares sino gastos en pesos. Pero esa "solución", que durante unos meses le permitirá seguir manteniendo un déficit excesivo y financiarlo en la forma más ineficiente posible, no puede durar mucho. Después de una década de esguinces el gobierno se está quedando sin opciones distintas a hacer las cosas bien.
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