La guerrilla eterna

| 2/25/2000 12:00:00 AM

La guerrilla eterna

Un enfoque represivo contra la droga, complementado o no con medidas económicas y sociales, eternizará algún tipo de guerrilla. Pero Colombia no tiene alternativa.

por Javier Fernandez Riva

Mucho del éxito o el fracaso de las negociaciones de paz dependerá de lo que ocurra con la droga. A Estados Unidos, que hoy nos apoya, no le importaría que nos pudriéramos si no fuera porque eso le aumentaría los problemas para el control del narcotráfico. Por su parte la guerrilla ha adquirido una dependencia económica de la droga y cualquier precaria legitimidad política que hoy pueda pretender está relacionada con el apoyo de decenas de miles de colonos, raspachines, prostitutas y otros marginados que viven de la coca, y que ven a las Farc como defensoras de su fuente de subsistencia. Y el Gobierno sabe de sobra que las excelentes relaciones con Washington no durarían un día si diera alguna muestra de debilidad en su compromiso de reprimir la droga. Yo no sé si cuando la Secretaria de Estado Madeleine Albright dijo hace poco que la política de zanahoria y garrote respecto a Colombia estaba surtiendo efecto también tenía en mente a la guerrilla, pero estoy seguro de que sí estaba pensando en el Gobierno.





Mientras la droga no se legalice en Estados Unidos, este país tendrá que soportar el alto costo económico y social de la lucha contra el demonio.

Palo en el Gobierno de Samper y zanahoria en el de Pastrana. En la perspectiva del imperio todos son uno. Para evitar confusiones quiero decir de una vez que, como muchos economistas, entiendo que la única solución real del problema de la droga sería la legalización en los países consumidores, tratándola como lo que es: un consumo peligroso e indeseable, que debe ser prohibido a losmenores de edad y gravado con altos impuestos en los otros casos, para compensar los costos sociales que genera. Aunque muchos de los actuales costos, como la delincuencia asociada con el narcotráfico, desaparecerían si se legalizara el consumo. Una vez legalizada la droga toda la coca y la amapola requeridas como materia prima serían producidas en muchos países tropicales, como el te y el café, a precios que, malamente, cubrirían los costos de producción y que no dejarían rentas para sustentar ejércitos de ningún tipo. La fabricación en laboratorios primitivos y el transporte ilegal desde los países tropicales a la metrópolis desaparecerían, pues toda la droga que requiere el americano promedio sería producida en el norte, por multinacionales, usando materia prima importada pero con una gran eficiencia de escala y una calidad amparada por marcas reputadas. Colombia se ahorraría los altos costos de la represión, reviviría valores sociales más compatibles con el progreso de largo plazo y se concentraría en producir y vender cosas que no generen una renta ilegal. Sería pobre pero honesta. Solo lo segundo haría una diferencia con lo de hoy. Pero Estados Unidos tardará décadas en legalizar la droga.



Y si legalizáramos la droga en forma unilateral seríamos condenados al ostracismo mundial, desaparecería la inversión extranjera, las industrias legales colombianas no podrían vender en Estados Unidos y los colombianos, cuya imagen ya es deplorable, pasarían a ser considerados como la hez de la Tierra. Y también que, al arruinarse todas las actividades no vinculadas con el narcotráfico el poder económico y político quedaría en manos de los barones de la droga. Y si uno puede pensar en algo peor que una narcodemocracia es una narcodictadura. Por ello, tenemos que jugar con las reglas de juego que nos imponen y seguir reprimiendo el consumo, así sepamos de sobra que se trata de una política económicamente estúpida, socialmente costosa y condenada al fracaso. Tan estúpida, costosa e inútil como la prohibición del alcohol en Estados Unidos en "los años veinte". Solo que la deseconomía impuesta para tener en cuenta esta vez por cuenta de los prejuicios del americano promedio es pagada por un país tan pobre y sumido en problemas hasta el cogote. Ahora bien, estoy de acuerdo con Alfredo Molano y muchos otros comentaristas que han dicho que es insensato pensar que a punta de bala y glisofato, o como se llame el veneno de turno, vamos a acabar con la droga, o siquiera con su materia prima. Es cierto que, si inundáramos de ejército el Putumayo, los cultivos, y con ellos los raspachines, y los demás marginados que hoy malviven de la coca y la amapola se desplazarían a cualquier otra parte. Y que sería muy imprudente extender la guerra de la coca a todo el territorio nacional, porque la gente muerta de hambre está dispuesta a hacerse matar antes de que le arrebaten el último mendrugo. Un programa de erradicación de los cultivos ilícitos solo funcionará si tiene un fuerte componente económico y social, de tal manera que los cientos de miles de personas que hoy viven de esos cultivos y del procesamiento vean una alternativa real de subsistencia. Pero dicho eso, tengo que añadir que otro elemento indispensable para el manejo del problema es la represión. Mi principal desacuerdo con muchas personas sensatas y decentes, como Molano, que se oponen al enfoque represivo contra la droga, no es que el problema de la droga sea de tipo moral, sino que la represión es esencial para mantener bajo control cualquier crimen económico. Por razones de interés nacional Colombia no tiene alternativa a seguir considerando el narcotráfico como un crimen. Y la teoría económica del crimen es contundente al respecto: la represión juega un papel indispensable. No hay ningún nivel de gasto social, ni de apoyo a cultivos alternativos, que pueda tener ni siquiera éxito parcial si el gasto social no está acompañado de represión. Puede ser que, si se les ofrecen otras fuentes de ingresos, las personas que hoy se dedican a los cultivos prohibidos, inicialmente los abandonen, pero eso solo reduciría en forma transitoria la oferta de la materia prima y elevaría su precio. Y como el mercado de la droga puede soportar casi cualquier precio, el negocio acabaría atrayendo nuevos cultivadores y raspachines. Y también a los antiguos, así estuvieran recibiendo una pitanza oficial, pues todo el mundo, y no solo los yuppies, quiere mejorar sus ingresos. Es una desgracia, quién lo duda, pero las realidades hay que reconocerlas. Mientras la droga no se legalice en Estados Unidos este país tendrá que soportar el alto costo económico y social de la lucha contra el demonio creado por la insensatez y el natural egoísmo del Norte. Y una parte ineludible de ese costo será la represión, incluyendo la guerra contra los nuevos ejércitos que en el futuro se organicen para defender los cultivos y los laboratorios. Como quien dice, la futura disidencia de las Farc.



Mientras la droga no se legalice en Estados Unidos, este país tendrá que soportar el alto costo económico y social de la lucha contra el demonio.
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