Opinión

  • | 1999/06/18 00:00

    La gran frustración

    La economía colombiana sigue en caída libre, pero es irresponsable pretender que un mayor ajuste fiscal, aislado, bastará para evitar el colapso.

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El preaviso que nos acaban de dar las agencias internacionales de riesgo Moody's y Standard and Poor's sobre la futura degradación formal del país, de manera que las inversiones en deuda externa colombiana sólo calificarían como especulativas, no sorprendió a nadie. La economía colombiana ya había sido degradada de facto en los mercados de capitales, como se confirma por la exigencia de mayores rendimientos sobre los bonos de deuda externa de la Nación que los que exigen a países como México, que formalmente todavía tiene una calificación de riesgo menos favorable que la colombiana.



Es una desgracia, claro, porque debido a eso estamos pagando sobre las nuevas emisiones de deuda externa dos o tres puntos porcentuales más que los que pagaríamos si los inversionistas del resto del mundo todavía conservaran su buena opinión tradicional sobre la calidad del manejo económico colombiano. Y si el país es degradado formalmente, ese costo se elevará todavía más. No nos digamos mentiras: para los inversionistas internacionales lo único rescatable de Colombia, con sus terribles lacras de violencia y narcotráfico, era su política económica.



Pero para unas autoridades económicas que, hasta hace pocas semanas, se mostraban complacientes con la recesión, insinuando que era un ajuste inevitable y conveniente después de los excesos de gasto del pasado, será al menos instructivo ver que las agencias internacionales no comparten esa complacencia.



Por ejemplo, el informe de Moody's señala que su decisión de "poner en revisión" la calificación de Colombia para posible degradación (el inicio de un proceso cuyo resultado sólo se modificará si las cosas mejoran dramáticamente en los próximos meses) fue tomada por su "creciente preocupación respecto a las implicaciones de la severa recesión que ha introducido complicaciones adicionales en el frente fiscal y ha llevado a un deterioro de la salud del sistema financiero". Los informes de las otras agencias contienen proposiciones similares.



Permítanme destacarlo. En esta ocasión, las calificadoras de riesgo no se han limitado a hablar, como era tradicional, de la necesidad de hacer un ajuste fiscal y ni siquiera han puesto ese elemento en el primer lugar de sus preocupaciones. Han mencionado la recesión como la fuente de las demás debilidades y han sugerido que temen un agravamiento de los problemas si la economía sigue en caída libre.



Parafraseando la impertinente exclamación de un asesor durante la segunda campaña presidencial de Carter, cuando su candidato preguntaba por qué las cosas iban tan mal, en este caso podríamos ser todavía más precisos: "Es la recesión, estúpido". La recesión, no las peculiaridades del manejo fiscal, o del manejo bancario, o la escasa productividad de las empresas colombianas, o cualquier otra deficiencia o insuficiencia particular, es la que explica que todo se esté pudriendo. Es insensato considerar a la recesión como parte de la solución.



Sí, ya sé que la mayoría de los lectores de Dinero son personas sensatas a las que no les pasaría por la mente considerar la recesión como un remedio de nada. Pero, por absurdo que parezca, ésa era la posición que hasta hace poco prevalecía entre la tecnocracia colombiana a cargo de la política económica o con influencia en ella.



Por ejemplo, en varios informes del Banco de la República del último año quedó consignada la peregrina idea de que la recesión inducida por las mortales tasas de interés de 1998 era una vía adecuada para corregir el desequilibrio externo. Y muchos de mis colegas presentaban hasta hace poco la reducción del gasto público, en medio de la recesión, como la panacea para todas nuestras dolencias económicas, así en el corto plazo esa contracción del gasto profundizara la recesión. Algunos, Dios los perdone, siguen en las mismas.



Ya sé que no se estila decir estas cosas y que hay que esforzarse por mantener el optimismo. Pero en este caso una hueca proposición optimista sería deshonesta. Las cosas siguen muy mal y la tendencia a mejorar no es clara. Todavía mantengo mi proyección optimista de una caída del PIB de cosa de 1,0% en 1999, pero sólo porque no he tenido tiempo de rehacer mis cálculos en forma integral y no acostumbro disparar proyecciones desde la cintura. La verdad es que yo también he puesto "en revisión" la economía colombiana, desde el punto de vista de sus perspectivas.



Mi mayor preocupación es que la crisis financiera nos tomó ventaja, que los problemas de demanda ya comenzaron a complicarse con problemas de oferta por las dificultades del sector financiero para financiar el crecimiento. Y que todo eso, más la incertidumbre relacionada con las negociaciones de paz, podría hacer que la caída de la inversión privada real sea este año de 30% o más, y no de 10%, como había previsto inicialmente. Cuando se consideran sus efectos "multiplicadores" sobre el resto de la economía, semejante desplome de la inversión real podría llevar a una caída del PIB, en el año completo, de más del 3,0%.



No creo que las cosas puedan resolverse a punta de gasto público y no tengo ningún desacuerdo de fondo con quienes creen que el exceso de gasto del gobierno entre 1992 y 1997 ocupa un lugar importante como causa de nuestras actuales dificultades. Pero la situación es demasiado grave para irme con rodeos. Es una insensatez pensar que un ajuste fiscal, aislado de una política general para la reactivación, hará nada distinto de empeorar las cosas.



Es imperdonable que hayamos echado por la borda siete décadas de experiencia y de teoría económica y que hoy estemos repitiendo las torpezas del tristemente célebre presidente estadounidense Herbert Hoover, cuando trató de elevar los impuestos y contraer el gasto al inicio de la Gran Depresión de los Treinta.



Hoy, después de aumentar los impuestos y de cortar hasta el hueso la inversión pública, la situación fiscal es mucho peor que la de 1998 debido a la recesión, incluyendo su impacto fiscal vía crisis financiera. Y las cosas seguirán cuesta abajo, mientras no se le otorgue una prioridad efectiva a la reactivación económica.
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