Opinión

  • | 1997/03/01 00:00

    La exuberancia de Wall Street

    La mayor alza en la historia del Dow Jones genera dudas sobre su perdurabilidad y la volatilidad de los precios de las acciones.

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El crecimiento sin precedentes de los precios de acciones en Wall Street tiene desconcertados a analistas privados, funcionarios públicos y hasta a los mismos inversionistas. El índice Dow Jones de precios de las principales acciones estadounidenses hace poco quebró la barrera de los 7.000. Esto significa que el índice se ha más que triplicado durante el último decenio y ha registrado un crecimiento anual promedio del 13%. Con esta tasa, los inversionistas en estas acciones han obtenido rendimientos reales del 8% anual o más, sólo por cuenta de la apreciación de las acciones, o sea, sin considerar los dividendos.



Y, por supuesto, los inversionistas en muchos de los llamados fondos mutuos de crecimiento, que invierten en acciones con miras a obtener máxima capitalización, han obtenido rendimientos mucho mayores. Esta "exuberancia irracional" del mercado, como la caracterizó en diciembre pasado el presidente de la Reserva Federal Estadounidense, Alan Greenspan, representa un desafío para quienes tratan de explicarla, para los inversionistas que tienen que decidir si mantener sus inversiones en el mercado de acciones o trasladarse a instrumentos de renta fija, y para aquellos que se ocupan de las implicaciones de la política económica y financiera.



Quienes analizan lo que está ocurriendo con el mercado alcista más duradero de la historia se enfrentan a hechos como los que recientemente citó un analista del Washington Post: (i) durante los últimos seis años ninguna caída del índice Dow ha superado más del 10%, en tanto que la historia del índice desde 1900 registra caídas superiores a este tope cada 18 meses en promedio; (ii) los precios de las acciones en febrero fueron 21 veces superiores a los ingresos derivados de estas acciones, en tanto que los múltiplos correspondientes de hace sólo dos años y de comienzos de los años 80 fueron de 16 y 8 respectivamente; (iii) los rendimientos por dividendos en febrero registraron el nivel más bajo de la historia, en una época de vigorosas utilidades corporativas.



Todo esto, en resumen, significa que los precios de acciones han alcanzado niveles altos tanto en términos absolutos como en relación con el desempeño normal del mercado y con los ingresos de las empresas. Por ello, muchos se preguntan si no es hora de una nueva caída de precios que restablezca relaciones más normales con las utilidades y los dividendos.



Aunque abundan las explicaciones para el persistente mercado alcista, éstas se invocan para justificar lo ocurrido, en tanto que el considerable nivel de incertidumbre sobre el futuro de los precios de las acciones sigue igual. Las explicaciones cubren desde fenómenos demográficos (la creciente población que está invirtiendo para retiro) hasta fenómenos tecnológicos (la mayor productividad que permite el progreso de la tecnología, en particular en informática).



A mi modo de ver, el mercado alcista de acciones se explica por una combinación de dos factores. El desvío de recursos de instrumentos de renta fija hacia acciones y el aumento de las utilidades corporativas generados por la caída de las tasas de interés impulsaron los precios de las acciones. El buen desempeño de los precios de las acciones que se generó así impulsó a su vez unas mayores inversiones, que autoalimentaron el buen desempeño.



Pero este comportamiento no puede sobrevivir indefinidamente. En algún momento, los precios llegarán a un nivel que genere suficiente temor en los inversionistas como para detener el aumento de precios por un buen tiempo. Hasta ahora esto no ha ocurrido, porque los aumentos de precios han tenido un respaldo en la creciente productividad y globalización de las empresas. Este segundo factor también contribuye a la incertidumbre sobre el futuro del mercado. Las posibilidades de mejoras adicionales en tecnología y productividad hoy parecen no tener límites predecibles y los diferentes países cada vez se unificarán más en un solo mercado internacional que dinamice el comportamiento accionario.



La continua alza en los precios de las acciones también ha generado preocupación en las autoridades de política económica sobre cómo actuar en caso de un nuevo desplome o "corrección", como la que se inició el famoso "lunes negro" de octubre de 1987 y condujo a una baja total del 34% en el índice Dow. La preocupación fundamental es evitar el pánico que conduzca a una crisis de liquidez o, peor aún, a un fatal deterioro del capital del sistema financiero o a un descalabro del sistema de pagos. Y la pregunta es cómo intervenir en el mercado -si conviene intervenir, por ejemplo cerrando el mercado-, al advertir señales de una baja crónica.



Al tema se le ha asignado tal importancia que el gobierno estadounidense conformó un grupo de alto nivel para la formulación de políticas financieras después de la crisis de 1987, uno de cuyos encargos es tener a la Administración preparada con la información y las opciones para actuar en caso de una nueva crisis.



En 1987, bien sea por acción del gobierno o por acción de los especuladores que vieron nuevas oportunidades en los precios bajos, el mercado se recuperó rápidamente. Mucho menos afortunada fue la célebre crisis iniciada en 1929, la cual decimó los precios de las acciones en un período de tres años, como consecuencia de uno de los episodios más severos de restricción monetaria.



Hoy en día, la mejor calidad de la política económica estadounidense y la mayor vigilancia del sistema financiero probablemente generan más confianza en que las correcciones de precios no tendrán la magnitud suficiente para romper el funcionamiento de los mercados de acciones. Pero con la mayor internacionalización del mercado y la complejidad de los instrumentos de mercado, seguramente seguirán presentándose fluctuaciones de precios esporádicas de considerable tamaño.



*Economista, trabaja en el Banco Mundial. Los puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor.
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