Opinión

  • | 2003/10/31 00:00

    La exclusión, factor de violencia

    La exclusión reina en nuestro medio y es, en mi concepto, una de las principales causas de la violencia actual.

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Nací en una familia liberal pero tuve una educación "mixta": mi abuelo paterno fue político liberal y mi abuela materna era de familia santandereana, conservadora. Ambos fueron figuras importantes para mí por la fuerza de su carácter y el compromiso con sus ideas. Si bien no recuerdo grandes discusiones en familia, sí se hablaba de uno y otro partido, de sus preferencias, de por quién y por qué votar. Lo importante: el valor que nos inculcaron siempre -que yo creía liberal- de aceptar a cada persona por lo que era, de respetar las ideas de cada cual, de permitirse entender a cada uno en su condición, sin distingos de partido, clase o rango. Esto iba acompañado de conceder una gran importancia a la educación como medio de desarrollo personal y de progreso social.

Este valor a la educación, que parece ser, entre otras, una de las razones que explica el avance de las mujeres en Colombia, era la esperanza de futuro para quienes no tenían tierras o abolengos. Era la "vacuna" contra la exclusión.

He dedicado mi vida al sector de la educación superior. Soy una convencida del papel de la educación en la definición del proyecto de vida de las personas. No voy a entrar ahora en la discusión sobre si las universidades cumplen o no este papel. El caso es que en Colombia si se es profesional se tienen más opciones que si no se cuenta con ese título. Igualmente si se alcanza un título de posgrado, se abren más puertas a la hora de buscar un empleo o de obtener un ascenso.

La parte triste de la historia es que "la vacuna" no sirvió o al menos no les sirvió a todos. La exclusión se mantiene y se ejerce de múltiples maneras. Ya quizá no es en nombre de un partido político, el cual ha perdido importancia en la definición de la identidad de una persona. Pero se mantiene la inclinación a esa exclusión, por la razón que sea. Es impresionante ver cómo los estudiantes terminan inventándose algún mecanismo para dejar a otros por fuera de su círculo. Lo mismo hacen en algunos clubes los hombres con las mujeres, o los del equipo de fútbol, los del barrio A o B, los que conocen a no sé quién. Otra forma de expresión de esto son los grupos de profesionales con su conocimiento, como los médicos y los psicólogos quienes ejercen el poder del conocimiento por medio del diagnóstico. Al calificar a alguien de enfermo no solo queda excluido de la normalidad sino, además, condenado al nombre: esquizofrénico, anoréxica, etc.

La exclusión reina en nuestro medio y es, en mi concepto, una de las principales causas de la violencia actual. Nada más agresivo y doloroso para una persona que encontrarse con que no fue suficiente el esfuerzo que hizo por prepararse y obtener los títulos del caso para acceder a un empleo, o a los puestos de toma de decisiones. Esto genera una desesperanza que va matando el compromiso y la motivación por participar en la definición del futuro propio o de otros, o una rabia que lleva a aliarse con quienes se encuentran en circunstancias semejantes para atacar a los que los han dejado de lado.

Y lo peor: ¡no nos damos cuenta! Ya es connatural a nosotros. Y es incluso bien visto. Excluir es parte de ascender. Los excluidos por su parte buscan forzar su inclusión, lo cual lleva a quienes los excluyen a construir tapias cada vez más altas y fuertes, a andar en carros blindados en los que ni siquiera los ven, con lo cual aíslan todo lo distinto a ellos mismos y refuerzan su pertenencia a lo exclusivo.

Tendríamos que vérnoslas todos en las mismas: las mismas calles, los mismos bares, las mismas universidades, para conocernos, intercambiar, desarrollar la confianza que nos permita compartir nuestras costumbres y nuestros valores de igual a igual. (Este ha sido uno de los sueños que arrancó a cumplirse con las tres últimas administraciones de alcaldes en Bogotá). Solo así se llega a una de las raíces de la violencia y "seremos todos uno", como dicen los sabios. Para lograrlo hay que partir del trabajo interior porque ahí logra uno ver que sí, que todos somos iguales.
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