Opinión

  • | 2008/11/21 00:00

    La ética del riesgo, una nueva ciencia

    ¿Quién debe pagar los platos rotos de la crisis? ¿Por qué todos pagamos por los malos negocios de unos pocos?

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Con mucho ahínco traté de no escribir de nuevo sobre la crisis financiera mundial. Pero parece que los acontecimientos son mucho más fuertes que mis intenciones de cambiar de tema.

La realidad es que la crisis, además de las devastadoras consecuencias que ha tenido, también ha servido de laboratorio viviente del capitalismo y los mercados de capitales, hoy globales, en condiciones extremas. Ha sido como el túnel de viento que nos permite ver la aerodinámica de los carros de fórmula uno o de los aviones.

Todo el sistema se ha puesto a prueba. Su capacidad de predicción, la regulación y supervisión que le sirven de marco, la capacidad de recuperarse por sus propios medios, el papel del Estado antes y después de la crisis, el rol de todos los actores y su comportamiento.

No puede haber nadie conforme con el sistema y su comportamiento bajo condiciones de presión máxima. Y es que los diseños de cualquier estructura física o social se deben hacer justamente para las pruebas de fuego, para las situaciones extremas, para que aguanten tifones y crisis de confianza. En términos generales, las reglas del mercado son bastante inútiles en los momentos de calma o normalidad.

A pesar de lo que afirmen los economistas, para quienes este también debe ser un interesante laboratorio para comprobar, o no, las teorías que han expuesto por años, nadie nos puede decir que este es un sistema económico deseable.

Daños colaterales

La magnitud del colapso es de tal tamaño que el plan de salvamento o bailout, como se denomina en inglés, y que solo en los Estados Unidos ha sido estimado en casi un millón de millones de dólares, muy probablemente sea el menor de los costos generados por la crisis.

En efecto, los costos sociales, esos que probablemente no serán nunca cuantificados, son con seguridad el más grave de los efectos de la crisis. ¿Cual será el costo de la recesión económica causada? ¿El de la pérdida de confianza? ¿El de la restricción en la liquidez? ¿El del desempleo creado? Quizás nunca lo sabremos, y probablemente es lo mejor, porque por un lado no debe haber calculadoras que contengan todos estos ceros, y por el otro tendríamos también que estimar el costo de la depresión colectiva que se generaría.

Sin embargo, una de las discusiones más interesantes que se han despertado a raíz de todos estos eventos, es la de cuál ha sido la distribución de los costos crisis. ¿A quién ha afectado? ¿Cómo lo ha hecho?

En este análisis de costos y consecuencias, es muy importante tratar de entender si quienes asumen los costos hoy en día fueron los mismos que causaron la crisis o, en otras palabras, si quienes tomaron riesgos tan grandes y perdieron, hicieron esta apuesta por cuenta de todos.

La percepción general es entonces que unos pocos, con el ánimo de generar riqueza para sí mismos y las entidades en que trabajaban, se tomaron unos riesgos gigantescos, mediante apuestas que perdieron estruendosamente.

Lo grave es que los que perdieron no fueron ellos. Perdió la humanidad entera, y sobre todo perdieron algunos que nunca hubieran sido beneficiarios de las grandes utilidades en caso de que ellas se hubieran generado.

En otras palabras, ellos asumieron el "riesgo" de enriquecerse inmensamente y el resto de los humanos nos quedamos con el riesgo de que sucediera lo que sucedió. Es decir, el riesgo de perder empleos, de caer en recesión, de perder la confianza, de que las empresas no tengan recursos con los cuales operar, para mencionar solo algunos.

¿Cuantos de nosotros sabíamos que estábamos asumiendo estos riesgos?

Siempre se puede argumentar que los negocios conllevan riesgos, lo cual es cierto, pero que los asuman quienes de pronto se ganan las utilidades y no el resto de los humanos.

Es entonces en este marco en el cual se ha iniciado una profunda discusión respecto del componente ético de la distribución de riesgos, ¿quién los toma? ¿Quién los asume? ¿Cómo le paga el que los toma a quien los asume? ¿O será que no le paga? ¿Cuál es el precio justo? Todas estas reflexiones han abierto un campo para los estudiosos de la teoría de riesgos y el componente ético de la misma.

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