Opinión

  • | 2005/10/30 00:00

    La economía política del terror

    La gripa aviar ha puesto nuevamente en acción los engranajes del terror, que tienen su motor central en Estados Unidos.

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Un virus de origen aviar que ha matado a 60 personas está creando angustia en el mundo. Se cree que podría superar a la pandemia de 1918-19, que cobró entre 20 millones y 100 millones de víctimas fatales, y cuyo origen fue también una gripa aviar. Solamente en Estados Unidos podrían morir 2 millones de personas.

La primera pieza del engranaje del terror que se ha puesto en marcha consiste en asustar con base en la incertidumbre. Nadie sabe en qué momento el temido virus H5N1 mutará para ser contagioso entre personas.

Desde diciembre de 2003, cuando fue identificado, solo ha sido transmitido directamente desde distintos tipos de aves infectadas a 117 personas, la mayoría de ellas en Vietnam, donde mucha gente está en contacto permanente con pollos, patos y otras aves. Aunque el virus ha llevado a sacrificar 140 millones de pájaros, la temida mutación podría no ocurrir nunca.

Para que la incertidumbre sea un aterrorizante efectivo, el riesgo debe ser amplificado. Puesto que 60 sobre 117 es casi 50%, la tasa de letalidad así calculada es alarmante (esto es incorrecto, porque no se sabe cuántas personas han superado la enfermedad sin dar aviso). Si en la peste de 1918-19 murieron 50 millones de personas (es mejor tomar una estimación intermedia para no dar fácilmente la apariencia de exageración), a menos que se tomen acciones inmediatas podrían morir varios cientos de millones, debido a la mayor población mundial y las posibilidades más rápidas de transmisión.

Lo que no se dice con igual frecuencia es que los virus que se transmiten entre individuos de una misma especie tienen poca posibilidad de sobrevivir ellos mismos cuando resultan demasiado letales para sus anfitriones. Tampoco se les recuerda a los atemorizados lectores de los diarios que la urbanización es un antídoto contra la gripa, porque las ciudades son un caldo continuo de nuevos virus en el cual todos vamos vacunándonos día tras día. La mortandad durante la pandemia de 1918-19 fue especialmente alta entre las poblaciones indígenas y rurales que carecían de estas defensas.

Debido a nuestra inclinación natural a temerles más a los riesgos desconocidos, por pequeños que sean, que a los conocidos que son mucho más fatales (¿quién podría salir a la calle si le pusiera la misma atención al riesgo que representan los carros?), está listo el escenario para apoyar las ideas más descabelladas.

Esa luminaria de nuestra generación, George Bush, ha propuesto por ejemplo poner en cuarentena a ciudades enteras en las que se detecte el virus. Parece haber aprendido poco de la tragedia de Katrina.

Otros más sagaces utilizan la plataforma del terror para lanzar al estrellato sus organizaciones filantrópicas o sus burocracias internacionales, que son siempre tan efectivas en atender los problemas de la humanidad. Pero los verdaderos visionarios ven en estas circunstancias el signo del dinero: por orden de los gobiernos europeos, la firma Roche está produciendo cientos de millones de dosis de Tamiflu, que protege y alivia la enfermedad. El gobierno de Estados Unidos ha ordenado varios millones de una vacuna producida por Webster que aún está en etapa experimental. En el Senado de Estados Unidos se ha propuesto gastar de inmediato US$4.000 millones, que siguiendo la práctica ya usual seguramente serán asignados a los seguidores y protegidos del gobierno.

Lo lamentable de la economía política del terror es que sus engranajes no están accionados por los objetivos de reducir las fuentes de riesgo y proteger a los más expuestos. No se sabe de medidas semejantes en los países pobres de Asia, y ni qué hablar de América Latina, y mucho menos de África. En ocasiones, las medidas preventivas aumentan el riesgo (¿alguien podría afirmar que el riesgo del terrorismo ha bajado gracias a la guerra antiterrorista de Estados Unidos?), y casi por regla son muy pocos los esfuerzos que se hacen para compensar a las víctimas inmediatas del problema, lo cual también agrava las cosas. En efecto, puesto que en Vietnam no hay dinero suficiente para pagar a los dueños de las aves que son sacrificadas, ellos prefieren venderlas barato o llevárselas a otros sitios con la esperanza de salvarlas.

No tardará tampoco en advertirse una caída en el turismo a esos países, e incluso en sus exportaciones, todo lo cual será un castigo adicional para los más afectados.

Aun si el virus se desata, lo más posible es que las muertes en Estados Unidos y en el resto del mundo desarrollado sean apenas una fracción minúscula de las que ocurrirán en las regiones más pobres de Asia y del resto del mundo. Una vez más, la economía política del terror demostrará haber funcionado correctamente. Estaremos listos entonces para que un nuevo temor ponga en acción los engranajes del terror.

Nota: El autor está vinculado al BID pero sus opiniones no comprometen a esta institución.
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