Opinión

  • | 2003/09/19 00:00

    La economía de nuestros hijos

    Para que la economía despegue, hay que eliminar las taras profundas que impiden su desarrollo, como el problema fiscal y la inseguridad jurídica.

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Escribir sobre el futuro distante de la economía es usualmente un ejercicio estimulante. Permite soñar con el impacto de nuevas tecnologías, con la eliminación de la pobreza y con asuntos semejantes. El modelo de este tipo de trabajos es, por supuesto, el ensayo de Keynes sobre las posibilidades económicas de sus nietos, el mismo en el cual en 1930 pronosticó erróneamente que en 100 años se habría resuelto el llamado problema económico.

Por el contrario, escribir sobre lo que sucederá en un plazo de 10 ó 15 años puede ser difícil y frustrante, especialmente si el presente está abrumado por taras con capacidad de impedir el despegue del crecimiento económico.

Además de la indudable mejoría de la situación de seguridad, son escasos los hechos de hoy que estimulan la imaginación para que conciba escenarios de una gran mejoría para la vida nacional. Uno de ellos es, sin duda, la firma de un tratado bilateral con Estados Unidos, un cambio profundo, capaz de crear las condiciones para que en un plazo de 10 años se triplique la relación entre las exportaciones y el PIB -claro, siempre y cuando vaya acompañado de un plan agresivo de apertura a otros países-. Una estrategia de este tipo, armonizada con políticas de educación, tecnología e infraestructura, podría inducir una enorme modernización de la estructura productiva y, en consecuencia, un aumento sostenido de los niveles de vida de la población.

Si bien la inserción definitiva en el mundo es una de las claves para un futuro promisorio, también es cierto que el enquistamiento de algunas de las taras económicas existentes podría mantenernos sumidos en el atraso y la mediocridad. En esta materia, el lastre por excelencia es, sin duda, el caos fiscal, un problema profundo, cuya solución todavía no se vislumbra en el horizonte, y que puede arruinar cualquier proceso de recuperación. Mientras la deuda pública siga creciendo como una bola de nieve y, año tras año, los impuestos se sigan ajustando en forma desordenada y caótica, no se establecerá el clima de inversión requerido y aumentará la vulnerabilidad de la economía ante las impredecibles oscilaciones de los mercados de capitales.

Otra enorme debilidad de nuestra organización institucional es la inseguridad jurídica, una verdadera amenaza para el ejercicio de las actividades económicas. Esta tara se manifiesta en la animadversión generalizada por las reglas generales y estables, y en el rechazo a los organismos especializados, alejados del casuismo, distantes de las negociaciones, las excepciones y los privilegios. Por ello, todos los días afloran ataques a entidades como el Banco de la República y las comisiones de regulación, y se propone a cambio que predominen las decisiones arbitrarias de los burócratas (en un medio tan tropical como el nuestro, la firma de acuerdos comerciales internacionales trae la ventaja adicional de que las normas nacionales se amarran a estándares internacionales, lejos de la arbitrariedad y la sorpresa).

Ya que la conclusión es que la eliminación de las taras y debilidades del presente es la condición necesaria para lograr el despegue de la economía, y para terminar con tono optimista, es bueno recordar que esto es posible, que países como España liquidaron en pocas décadas una tradición centenaria de cierre al mundo, xenofobia, arbitrariedad, intervención y paternalismo, y decidieron resueltamente buscar la modernización económica y social. No nos quedará más remedio, en algún momento, que seguir los mismos pasos. De otra forma, nuestros hijos recibirán una economía muy parecida a la de hoy.
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