Javier Fernández Riva

| 4/11/2003 12:00:00 AM

La economía del estancamiento

La dificultad de Colombia de recuperar tasas aceptables de crecimiento tiene causas adicionales y más profundas que las secuelas de la recesión de 1998-1999.

por Javier Fernández Riva

La semana pasada el Dane presentó su cálculo revisado del crecimiento del Producto Interno Bruto real en 2002: 1,5%. "Producto Bruto" significa que no efectuamos deducciones por concepto de depreciación de los activos fijos ni por agotamiento de recursos como el petróleo. La práctica de todos los países de consignar el producto bruto se explica por la dificultad para calcular las deducciones adecuadas, pero no implica que tales deducciones no sean necesarias para saber si se crece o no lo suficiente para compensar, al menos, los activos usados en la producción. Mis propios cálculos sugieren que un crecimiento bruto tan modesto como el del 2002 implicó una caída del producto después de depreciación y agotamiento.

Pero aun trabajando con cifras brutas el producto per cápita disminuyó el año pasado, pues la población colombiana crece 1,7% anual. El Producto Bruto por habitante, que cayó a plomo en 1999, hoy es casi el mismo de 1992. Para los economistas de mi generación, que recordamos que este país estaba acostumbrado a que su producto per cápita aumentara al menos 20% por década, ese estancamiento es insólito y preocupante. Quizá nos preocuparíamos menos si pudiéramos considerarlo un accidente pasajero, pero no es así. El Plan de Desarrollo contempla un crecimiento del PIB de 2% para este año, esto es, casi nulo en términos per cápita, y una aceleración de tortuga en los años siguientes.

Siempre consideré inadmisible la pretensión de muchos funcionarios y ex funcionarios de que el pobre desempeño de la economía colombiana durante el último lustro fue consecuencia de una mítica crisis internacional, de los problemas de orden público y de la mala suerte, y tuvo poco qué ver con la política económica. Aquí, en Dinero, escribí en ese período decenas de artículos en los que señalé, a veces con alguna capacidad de anticipación, los inconvenientes que causarían acciones y omisiones de la política económica como la sobrevaluación del peso, el manejo desaprensivo de las tasas de interés, el recurso imprudente al endeudamiento externo para gastos locales y las políticas fiscales "procíclicas".

Pero que la política económica tenga responsabilidad en la situación actual no significa que siga siendo la principal causa del estancamiento. Confieso que, una vez el país adoptó el régimen de cambios flexible y abandonó las "metas monetarias", me sentí optimista. Durante meses pensé que la recuperación era cuestión de tiempo. Que no podía esperarse que Colombia corriera los 100 metros planos pocos días después de ser dada de alta del hospital. Sin embargo, el tiempo pasa y el país sigue abajo. Detrás del actual estancamiento hay algo más que las secuelas de la crisis de 1998-1999.

Sin pretender una lista exhaustiva de los posibles frenos al crecimiento voy a señalar cuatro que me parecen importantes.

El más obvio es la nueva orientación destructora de la guerrilla. El gobierno le achaca a la subversión gran culpa en el pobre desempeño económico y no le falta razón. La guerrilla ha estado con nosotros durante décadas, pero antes era como la lombriz solitaria, que debilitaba el organismo y retrasaba su desarrollo, sin atacar directamente al huésped. Hoy la cosa es diferente pues se propone causar el máximo daño para obligar al gobierno a negociar sin condiciones. Mi posición sobre ese problema, que compromete nuestras perspectivas de desarrollo de largo plazo, es que habría que rediseñar toda la política económica para poder canalizar los recursos necesarios para ganar la guerra, introduciendo instrumentos nuevos para garantizar el equilibrio macroeconómico, como en cualquier país que enfrenta una amenaza extrema. No lo hemos hecho, no vamos a hacerlo, y ahí iremos tirando y dejando pedazos de país en el camino.

Un segundo freno es la creciente carga de pagos al exterior: intereses y dividendos. El año pasado fueron US$2.729 millones, casi el doble de hace un lustro. Los pagos se dispararon porque durante años elevamos en forma imprudente los pasivos con el exterior para financiar gastos locales. Aunque esa filtración del ingreso nacional debilita el crecimiento, no considero realista una renegociación de la deuda externa, y me temo que, si se pretende avanzar por ese camino, acabaremos pagando mayores intereses. Hay que hacer todo lo posible para bajar los intereses de los nuevos créditos y garantizar, durante unos años, los créditos que sean indispensables para evitar pagos netos aplastantes, pero sin seguir por la vía absurda de endeudarse en el exterior para financiar gastos locales. La salida última es volver a crecer, para que la relación de pagos a factores del exterior sobre PIB se torne más manejable.

Un tercer freno es más discutible, y sé que la mención del mismo inducirá muchas críticas fáciles. Profesionalmente he llegado al convencimiento de que cada economía tiene cierto nivel de inflación mínima por debajo de la cual son más los problemas que los beneficios de reducirla, y sospecho que ese nivel para Colombia (en su actual etapa de desarrollo y con todas sus otras características, incluyendo las del orden público) no es muy inferior al actual. En el mundo se acepta desde hace muchos años que una inflación nula puede no ser eficiente, y en la actualidad Japón está considerando fijarse una meta mínima (además de una máxima) de inflación, para acabar con su recesión de 12 años. Pero, así como la "tasa natural de desempleo" puede ser muy diferente entre países, también puede serlo su tasa de inflación óptima. Bajar la inflación, como se hizo entre 1990 y 2002, implicó un sacrificio "transitorio" del crecimiento, pero ya se pagó. Sospecho que continuar bajándola tendrá un costo cada vez mayor.

Por último, quiero mencionar como un freno la reducción de la rentabilidad de las empresas asociada con la apertura económica a ultranza. El empresariado de cada país exige ciertos retornos sobre su capital, y no hay razones para pensar que tales retornos sean similares en un país maduro y tranquilo, como Suiza, y en otro como Colombia. Me parece que, así como Arauca y Chocó tendrían que ofrecer un retorno excepcional a las empresas para lograr atraerlas, o conformarse con ser economías marginales, Colombia debe poder ofrecer a los empresarios una tasa de retorno muy superior a la mundial si aspira a retener su capital y atraer el de firmas extranjeras. Y, aunque eso es anatema, creo que en ese objetivo una cierta protección todavía puede jugar un papel.

Mi impresión más general es que la política de equilibrio económico no basta para salir del estancamiento y que para superarlo Colombia requerirá una política de desarrollo mucho más activa que la actual. Mejor dicho, el estancamiento continuará.
Publicidad

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.